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Sagrada Familia y Jornada de la Familia (Catedral-Málaga)

Publicado: 26/12/2010: 1502

SAGRADA FAMILIA

Y JORNADA DE LA FAMILIA

(Catedral-Málaga, 26 diciembre 2010)

La familia, esperanza de la humanidad

1. La Palabra de Dios, que nos acompaña en este domingo, dentro de la octava de Navidad, está colmada de referencias a las relaciones familiares entre los esposos y entre padres e hijos. Todo ser humano está llamado a vivir una relación interpersonal, tomando como modelo las relaciones divinas intratrinitarias. El misterio divino, revelado en Jesucristo, nos ofrece el ejemplo de cómo deberemos tratarnos unos a otros. Sin embargo, la persona que sólo vive para sí misma se autodestruye (cf. Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada de la Paz 2011, La libertad religiosa, camino para la paz, 2).

En estos días navideños celebramos, de manera especial, la revelación del amor de Dios, manifestado en su Hijo unigénito Jesús, quien nos enseña a lo largo de su vida a llamar a Dios “Padre Nuestro”; ésta es la preciosa oración llamada “dominical” o del Señor, que nos acomuna a todos como hijos adoptivos del mismo Padre celestial.

El nacimiento del Mesías instaura un modo de vida nuevo para el hombre. La humanidad redimida forma un solo cuerpo con Cristo, como Cabeza de la misma; y todos los creyentes somos constituidos familia de Dios, hijos de Dios por adopción.

2. La carta de San Pablo a los Colosenses ofrece las claves de nuestras relaciones interpersonales, vertebradas en el amor, ceñidor de la unidad. El apóstol describe las distintas virtudes necesarias para la convivencia: «Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia» (Col 3,12).

En el bautismo hemos sido revestidos de Cristo. Este traje nuevo se caracteriza por algunas prendas especiales: mansedumbre, humildad, compasión, paciencia, perdón, gratitud, solidaridad, corrección fraterna. Al hacernos hijos de Dios, el Espíritu Santo nos convierte en nuevas creaturas y nos dota de unas gracias sobrenaturales, con las cuales afrontamos los avatares de la vida de relación, tanto con Dios como con los demás. Ser misericordiosos, o tener compasión del prójimo no es algo espontáneo en el hombre, dañado por el pecado; es, más bien, fruto de la vida divina en nosotros.

3. San Pablo sigue ahondando más aún y nos exhorta a revestirnos no sólo con las prendas que hemos enumerado antes, sino de amor, que es la virtud teologal más importante: «Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección» (Col 3,14). Es el mismo traje con el que Jesucristo se revistió para acercarse a la humanidad; Él se hizo hombre por amor y ofreció su vida por amor; más aún Jesucristo es la manifestación plena del Amor de Dios.

El amor es la medida de toda relación humana, como respuesta al amor de Dios. Cuando se respeta al otro, la relación adquiere la expresión más digna y hermosa. El tipo de relación entre María y José, entre ellos y Jesús es modelo para todo cristiano; y este mismo estilo debe ser el distintivo entre los esposos, entre los padres y los hijos. La liturgia navideña conmemora y celebra la Familia de Nazaret como modelo de familia cristiana.

Y el tipo de relación entre Jesús y su Padre-Dios, entre el Maestro por excelencia y sus discípulos es también una referencia permanente para los cristianos, llamados a formar la familia de los hijos de Dios.

4. Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia, con el lema “La familia, esperanza de la humanidad”. El papa Benedicto XVI, en su reciente visita a Santiago de Compostela y a Barcelona, nos ha transmitido un mensaje iluminador: Jesucristo, “en el silencio del hogar de Nazaret, nos ha enseñado sin palabras, la dignidad y el valor primordial del matrimonio y la familia, esperanza de la humanidad” (Benedicto XVI, Ángelus ante el templo expiatorio de la Sagrada Familia (7.XI.2010).

Benedicto XVI ha insistido en la relación necesaria que existe entre verdad y libertad (cf. Benedicto XVI, Discurso en el aeropuerto de Santiago de Compostela (6.XI.2010); Id., Palabras en la visita a la catedral de Santiago de Compostela (6.XI.2010); Id., Fides et ratio, 90). Y esta vinculación constituye una de las principales razones por las que la familia es esperanza para la humanidad. Dios es la plenitud y la meta del ser humano y por eso el “cimiento y cúspide de nuestra libertad” (Benedicto XVI, Homilía con ocasión del Año Santo compostelano en la Eucaristía celebrada en la Plaza del Obradoiro, 6.XI.2010).

¿Por qué mucha gente no entiende lo que significa la familia? Porque no busca verdad de la familia; verdad ésta, que es objetiva y puede ser hallada por quien busca con sinceridad. Todo hombre puede hallar la verdad de la familia; porque desde la revelación de Jesucristo se han iluminado todas las realidades humanas.

5. El papa Juan Pablo II enseñó, proféticamente hace treinta años, que “el futuro de la humanidad se fragua en la familia” (Juan Pablo II, Familiaris consortio, 86). Por ello resulta indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar los valores y exigencias de la familia: “Deben amar de manera particular a la familia (…). Amar a la familia significa saber estimar sus valores y posibilidades, promoviéndolos siempre. Amar a la familia significa individuar los peligros y males que la amenazan, para poder superarlos. Amar a la familia significa esforzarse por crear un ambiente que favorezca su desarrollo. Finalmente, una forma eminente de amor es dar a la familia cristiana de hoy, con frecuencia tentada por el desánimo y angustiada por las dificultades crecientes, razones de confianza en sí misma, en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión que Dios le ha confiado” (Ibid.).

6. Diversas circunstancias en nuestra sociedad, queridas familias, perturban gravemente las dos instituciones, más importantes para el crecimiento armónico de la persona humana, como son el matrimonio y la familia. Los Obispos españoles, en el año 2001, reflexionamos sobre este tema y publicamos al respecto un documento iluminador, titulado La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad.

Aunque las encuestas demuestran que la familia es una institución altamente valorada de modo privado por las personas, existe un rechazo manifiesto en su aceptación pública: “De tal manera que se llegan a considerar normales en una ‘situación democrática’ distintas realidades que perturban seriamente la institución familiar y el respeto a la vida humana” (Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad [27.IV.2001], 11). Entre otras, se enumeran: el divorcio, el pretendido “matrimonio” entre parejas de hecho y entre personas homosexuales, la trágica aceptación social del aborto, la eutanasia, la esterilización, la clonación “terapéutica”, y un largo etcétera.

En este escenario social resulta más necesario y urgente sostener, sin ambages ni rebajas, la verdadera institución familiar y el respeto a la vida humana en todas sus fases, desde la concepción hasta la muerte natural. De otro modo, la familia no puede ser fuente de esperanza para la humanidad.

Ya sabemos que la Iglesia no legisla en la sociedad y no hace falta que nadie nos lo recuerde; ni tampoco la Iglesia, como tal, pretende legislar; otra cosa distinta es que los cristianos, en cuanto ciudadanos, transformen las estructuras sociales y políticas, como exhorta a hacerlo el Concilio Vaticano II (cf. Apostolican actuositatem, 7). Pero nadie puede acallar la voz crítica de la Iglesia, aunque moleste, cuando predica la verdad y el sentido genuino, verdadero, de las cosas referidas al hombre; esto no es una queja ni una lamentación. La sociedad tiene su autonomía propia, como siempre lo ha defendido el cristianismo, desde sus orígenes: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»  (Mt 22,21). Pero el cristiano, viva en la sociedad en que viva (imperio romano, época medieval, edad moderna o contemporánea) está llamado a iluminar y transformar esa sociedad con la luz del Evangelio.

Estimados cristianos, debemos seguir siendo luz en medio de la tiniebla; debemos seguir proclamando la grandeza del hombre, creado a imagen de Dios (cf. Gn 1,26), y la sacralidad de la vida humana, cuyo dueño es sólo el Creador; nadie tiene derecho a manipularla, maltratarla o aniquilarla.

7. La Sagrada Familia, compuesta por María, José y Jesús, tuvieron que pasar sus penalidades, como hemos podido escuchar en el Evangelio de hoy. Pero unidos por el amor, superaron todas las dificultades, tuvieron renunciar a sus planes y emigrar (cf. Mt 2,13-15) por salvar la vida de su Hijo Jesús. ¡Qué gran ejemplo de amor paternal nos ofrecen en sus vidas! Pedimos a la Virgen María y a San José que intercedan por todas las familias, para que sean hogares de amor.

Damos hoy gracias a Dios por tantos padres, que saben dar lo mejor de sí mismos, para que sus hijos crezcan armónicamente; que les educan en la fe cristiana; que renuncian a sus propios planes, para dar vida a sus hijos; que no escatiman esfuerzos en la educación de su prole; que promueven un ambiente de paz en el hogar, para que sus hijos se desarrollen con libertad. ¡Gracias, queridas familias, por propiciar este ambiente y por ser testigos del amor de Dios en vuestro hogar y en la sociedad!

A todos vosotros y a todas las familias les deseo la bendición, que hemos cantado en el Salmo responsorial: «Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa» (Sal 127, 3). ¡Qué estampa tan preciosa!

Y a todos los fieles os deseo también las palabras del salmo: «Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida» (Sal 127, 4-5). ¡Que el Señor os conceda gozar de los buenos frutos, que nos ha traído con su venida al mundo, haciéndose uno de nosotros! Amén.

 

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