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Funeral del Rvdo. Francisco Echamendi Aristu (Parroquia de la Encarnación-Marbella)

Publicado: 02/02/2017: 1616

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, Jesús Catalá, en el funeral del Rvdo. Francisco Echamendi Aristu, el 2 de febrero de 2017, en la parroquia de la Encarnación de Marbella.

FUNERAL DEL RVDO. FRANCISCO ECHAMENDI ARISTU
(Parroquia de la Encarnación-Marbella, 2 febrero 2017)

Lecturas: Ml 3,1-4; Sal 23,7-10; Hb 2,14-18; Lc 2,22-40.

1.- En la fiesta litúrgica de la Presentación del Señor acogemos al «Mensajero de la alianza en quien os regocijáis» (Ml 3, 1). Jesucristo ha venido al mundo, asumiendo nuestra naturaleza humana para elevarla a la condición divina.

El profeta Malaquías pregunta «¿Quién resistirá el día de su llegada? ¿Quién se mantendrá en pie ante su mirada?» (Ml 3, 2). Solo la misericordia de Dios nos permitirá contemplar su rostro y resistir su luz deslumbrante.

Celebramos las exequias de nuestro hermano Francisco, sacerdote. Le pedimos al Señor que lo acoja en su presencia y le permita contemplar su bondadoso y amoroso rostro.  Que le permita con una nueva mirada poder resistir la luz divina resplandeciente, que nuestros ojos no pueden contemplar aquí y ahora. En este mundo sólo se puede aceptar esa luz por la fe, pero nuestro hermano Francisco ha rebasado el tiempo, ha entrado en la eternidad y ahora es capaz de contemplar cara a cara lo que nosotros no podemos contemplar.

2.- Unido a Jesucristo en el bautismo, nuestro hermano Francisco inició su peregrinación en este mundo. La luz de Cristo iluminó su camino de fe y de esperanza, que acaba de concluir.

Dios quiso reservárselo de modo especial para Él y lo consagró con la ordenación sacerdotal. Su vida, como hemos escuchado, estuvo plenamente al servicio de la Iglesia en las diversas tareas que se le encomendaron. Damos gracias a Dios por el don de su persona, de su ministerio sacerdotal y de su gran actividad desarrollada a lo largo de su vida.

Ahora el Altísimo lo ha llamado a su presencia, para que goce de su eterna compañía. Para ello es necesario que su alma quede purificada, como dice el profeta Malaquías, como por fuego de fundidor –como se refinan los metales– y por una lejía potente de lavandero (cf. Ml 3, 2). El Señor lo ha refinado en este mundo y lo ha acrisolado, para que goce eternamente de su Amor y de su Paz.

Pedimos hoy al Señor para nuestro hermano Francisco, para que una vez transformado, transfigurado, acrisolado, pueda estar en la presencia permanente de Dios. Nadie puede estar en esa presencia si antes no pasa por la muerte y es acrisolado como el oro.

3.- Nuestro hermano Francisco ha sido sacerdote. En el Evangelio hemos escuchado que el anciano Simeón, cuando los padres de Jesús lo llevaron en brazos al Templo, percibió que ese niño era Aquel que él había estado siempre anhelando su venida y su llegada.

Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz: Porque mis ojos han visto a tu Salvador a quien has presentado ante todos los pueblos: “luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”» (Lc 2,29-32).

Esta es la oración que imagino que D. Francisco últimamente hacía en su interior: “Ahora, Señor, ya puedes llevarme: he visto tu Salvación, he visto tu luz, he disfrutado de tu amor. He recibido tu perdón y tu misericordia, me has permitido hacer tantas cosas. ¡Llévame ya a tu Paz! Ahora ya puedes llevarme porque he visto tu salvación”.

¿Estamos nosotros dispuestos a rezar esta oración? ¿Le pediríamos al Señor que nos dejara irnos en su paz, por haber visto su salvación? ¿Hemos experimentado su amor y su perdón? Podríamos reconocer que nos ama; que ha dado su vida por nosotros y que ha resucitado; que hemos disfrutado y saboreado su amor. O, por el contrario, ¿aún estamos verdes y necesitamos más tiempo para madurar esta actitud?

4.- La carta a los Hebreos, que es un escrito sacerdotal precioso, presenta a Cristo como el sacerdote que no sólo ofrece sacrificios de animales, como se hacía en el Antiguo Testamento por parte de los sacerdotes de entonces, sino que Él ofrece su propia vida; y se ofrece una vez para siempre en la cruz. Jesús «tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar los pecados del pueblo» (Hb 2, 17).

A Jesucristo, Sumo y único sacerdote en la historia, fue unido, vinculado, injertado nuestro hermano Francisco; y no sólo desde el bautismo, sino de modo especial desde su ordenación sacerdotal en el año 1952. ¡Muchos años de ejercicio ministerial!

Muchos de vosotros habéis disfrutado del ministerio sacerdotal de D. Francisco. Imagino que a unos os habrá bautizado, a otros os habrá dado la comunión repetidas veces, os habrá dado el perdón de Dios, os habrá asistido en las celebraciones matrimoniales. D. Francisco ha regalado su tiempo y su vida por vosotros.

Hoy, además de una celebración de petición al Señor para que lo lleve a su presencia y goce de su Luz inmarcesible, también es un día de acción de gracias. La diócesis de Málaga, con el Obispo a la cabeza, agradece a Dios la presencia y el regalo que ha sido D. Francisco Echamendi para todos; tanto para la diócesis como para la Iglesia universal, porque en su tarea ministerial ejerció cargos que no se circunscribieron sólo a la diócesis de Málaga, aunque se ordenó y estuvo siempre incardinado aquí. Como sabéis ejerció su ministerio en distintas parroquias de nuestra diócesis y, sobre todo, en esta hermosísima parroquia y en esta ciudad bella de mar, como reza su nombre.

Marbella se une a la acción de gracias a Dios. Nos unimos todos: diócesis, sacerdotes y los que habéis disfrutado de su sacerdocio. Muchos campos son los que él ha trabajado. Está presente el presidente de la Fundación Victoria y veo varios directores de colegios diocesanos. D. Francisco participó en gran obra educativa de la Diócesis, que es importantísima y ojalá se nos permita seguir haciéndola con libertad; deseamos que los padres puedan elegir la educación que desean para sus hijos, puesto que es un derecho constitucional.

Agradecemos, pues, esa gran tarea que nuestro hermano Francisco ha hecho entre nosotros y le damos gracias a Dios por todo ello.

Y también agradecemos a su hermana María Jesús y a toda su familia, por habernos confiado a D. Francisco, al que hemos acogido como un hermano.

¡Que la Virgen lo acompañe ahora al encuentro definitivo con la Luz eterna, que ya no le deslumbrará a quien ha atravesado el umbral de la muerte temporal! Que así sea.

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