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Ordenación de presbíteros (Catedral-Málaga)

Cuatro nuevos sacerdotes ordenados por el Obispo de Málaga // A. BENZAQUÉN
Publicado: 24/06/2017: 1748

Homilía del Obispo de Málaga, Jesús Catalá, en la ordenación de presbíteros que tuvo lugar el 24 de junio, en la Catedral de Málaga.

ORDENACIÓN DE PRESBÍTEROS
(Catedral-Málaga, 24 junio 2017)

Lecturas: Is 49,1-6; Sal 138,1-3.13-15; Hch 13,22-26; Lc 1,57-66.80.

Llamados a ser luz de las naciones

1.- Llamados por Dios

En el texto del Isaías, que ha sido proclamado, el profeta explica el origen de su vocación: «El Señor me llamó desde el vientre materno, de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre» (Is 49,1). Ha sido el Señor quien lo ha llamado a desempeñar el ministerio profético.

Cada uno de los fieles cristianos es llamado por Dios, desde el bautismo, para desempeñar la misión que Él quiera confiarnos. Los laicos sois llamados a transformar las estructuras del mundo desde dentro, en el ámbito de la familia, el trabajo, la economía, la política, lo social (cf. Concilio Vaticano II, Ad gentes, 3; 9-14); otros sois llamados a la vida de especial consagración (cf. Juan Pablo II, Vita consecrata, 30), viviendo los consejos evangélicos (Ibid., 20-12); y otros somos llamados a ejercer el ministerio sacerdotal, representando a Jesucristo, Sacerdote, Cabeza y Pastor (cf. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 16).

La carta a los Hebreos nos recuerda que nadie puede arrogarse el ejercicio del sacerdocio ministerial, si no es llamado por Dios (cf. Hb 5,4). ¡Que nadie se atreva a asumir esta misión, si Dios no le llama! «Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino que la recibió de aquel que le dijo: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy» (Hb 5,5).

La adopción filial, recibida en el bautismo, es el fundamento de toda vocación cristiana y de la nueva llamada al ministerio pastoral. Si no somos hijos en Jesucristo, el Hijo de Dios, y no vivimos esta filiación no podemos asumir la misión de profetas y pastores.

2.- Vivir al estilo de Jesús

Para ejercer de modo adecuado y fecundo el ministerio es necesario hacerlo al estilo de Jesús: “Cuanto más imitemos el estilo de Jesús, -nos dice el papa Francisco- mejor haremos nuestro trabajo de pastores. Este es el criterio fundamental”. El Papa se pregunta cómo era el estilo de Jesús como pastor; y responde: “Siempre en camino. Si nosotros imaginamos cómo era el horario de la jornada de Jesús, leyendo los Evangelios podemos decir que la mayor parte del tiempo lo pasaba en la calle. Esto quiere decir cercanía a la gente, cercanía a los problemas… Después, por la noche, muchas veces se escondía para rezar, para estar con el Padre. Y estas dos cosas, esta forma de ver a Jesús, en la calle y en oración, ayuda mucho a nuestra vida cotidiana” (Encuentro con sacerdotes y consagrados. Catedral-Génova, 27 mayo 2017).

Jesús realiza su ministerio en clave de “encuentro”: encuentro personal con Dios-Padre y encuentro con las personas (enfermos, endemoniados, pecadores, gente marginada, leprosos, pobres en general). Sin relación con Dios y con el prójimo, nada tiene sentido en la vida de un sacerdote (cf. Ibid.). Ambas deben ser equilibradamente vividas en el sacerdote.

3.- La mirada del sacerdote

La mirada del sacerdote debe ser limpia y estar puesta en la doble dirección: contemplando a Dios-Trino, para ofrecerle el culto espiritual; y contemplando a los hombres para atender sus necesidades, como dice la carta a los Hebreos: «Todo sumo sacerdote, escogido de entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados» (Hb 5,1).

El sacerdote puede comprender a los pecadores; podemos comprenderos, porque nosotros mismos estamos también sujetos al pecado (cf. Hb 5,2). Entre los mismos sacerdotes debe haber comprensión y fraternidad. A veces nos extralimitamos en los comentarios acerca de otros hermanos sacerdotes, viendo la paja en su ojo, pero sin darnos cuenta de la viga que hay en el nuestro (cf. Mt 7,3-4).

A veces somos muy exigentes con los demás y tal vez muy poco exigentes con nosotros mismos. Es necesario acogernos mutuamente y aceptarnos fraternalmente tal como somos; aunque ayudándonos, naturalmente, unos a otros a ser mejores y a servir mejor al Señor y a los hermanos.

Queridos ordenandos de presbítero: Francisco-Javier, Miguel, Carlos-Samuel y José-Miguel; y querido candidato al diaconado: Miguel. Supongo que no sois ningún dechado de virtudes. No sé qué imagen tendréis de vosotros mismos, pero vistos por los demás no creo que os vean como un gran dechado de virtudes; ni estáis a la altura de recibir hoy un ministerio tan grande como el que Dios os quiere confiar. ¿Sois conscientes de eso? Pues no os preocupéis; los demás tampoco somos dignos de este don; nadie es merecedor de esta misión, que nos sobrepasa a todos. Como dice san Pablo: «Llevamos este tesoro en vasijas de barro» (2 Co 4, 7). Por eso damos gracias a Dios que, en su infinita misericordia, nos llama a desempeñar el ministerio de su Hijo, sumo sacerdote y pastor.

Poneos en las manos del Señor y dejad que el Espíritu vaya transformando vuestra vida, hasta convertiros en verdaderos pastores, según el corazón de Cristo (cf. Jr 3,15), no según vuestro corazón; capaces de “amar a la gente con un corazón nuevo, grande y puro, con auténtica renuncia de sí mismo, con entrega total, continua y fiel, y a la vez con una especie de «celo» divino (cf. 2 Co 11,2)” (Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 22).

El Señor os ha enriquecido con dotes humanas y espirituales. ¡Ofreced a la Iglesia lo mejor de vosotros! ¡Enriqueced con vuestra aportación, creatividad, ilusión y entrega generosa al Presbiterio malacitano y a la Iglesia entera!

4.- Ser luz de las naciones

El profeta Isaías, después de decirnos que la llamada al ministerio viene de Dios, sigue explicándonos la finalidad de esta llamada: «Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba» (Is 49,2).

Somos instrumentos en manos del Espíritu; y se nos exhorta a ser instrumentos “dóciles”. La flecha no va donde quiere; el Señor debe coger de su aljaba la flecha y dirigirla donde él quiera. Su Palabra debe ir dirigida al destinario que él quiera. Hemos de ser manejables, moldeables, obedientes al Espíritu. No nos corresponde hacer la voluntad propia, sino la voluntad de Dios; no nos toca dirigir a nuestro antojo la orquesta, sino ponernos a la escucha del Maestro, para ejecutar sus órdenes hasta que salga una bella sinfonía; no debemos guiar a nuestro capricho, queridos presbíteros, la comunidad cristiana, confiada a nuestro cuidado, sino transitar los caminos que la Iglesia nos propone; no es tarea nuestra inventar criterios pastorales, sino sintonizar con los que hemos acordado por consenso y la diócesis asume; los curas no somos dueños de la liturgia; no inventemos ritos y gestos que no existen en la liturgia, que no son de la Iglesia, sino invenciones nuestras. ¡Mucho cuidado al celebrar la liturgia, que es de la Iglesia y no mía!

De este modo nuestro ministerio podrá ser fecundo y alcanzar el horizonte que Dios tiene previsto: «Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra» (Is 49,6). Estamos llamados a ser, queridos presbíteros y diáconos, “luz de las naciones”. Estáis llamados a ser, queridos candidatos al diaconado y al presbiterado, Luz de las naciones, para que la Luz de Cristo llegue a todos los hombres; y no pretendáis iluminar con vuestra luz pobre, humana y pequeña.

5.- La solemnidad litúrgica de san Juan Bautista nos invita a contemplar al Precursor, que es la voz que grita en el desierto (cf. Mt 3,2).

Estamos llamados a prestar nuestra voz a Cristo, para pregonar su Palabra y anunciar su Reino. ¡Sed voceros del Señor! ¡Proclamad su Palabra de vida! ¡Anunciad su Buena Nueva de salvación!

Pero hagamos como el Bautista: saber presentar al Salvador y retirarse discretamente, par que Él crezca y el heraldo desaparezca. Eso vale para todos los fieles, para todos los sacerdotes y para todos los obispos. Hemos de anunciar al Señor, para que sea conocido y amado, retirándonos discretamente para que la gente no se confunda y quiera amar al pregonero sin amar al Señor.

Le pedimos a la Santísima Virgen María, en la memoria de su Inmaculado Corazón, que os acompañe en vuestro nuevo ministerio y que todos podamos ser buenos transmisores y heraldos de la Luz de Cristo. Amén.

 

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