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Misa del Alba de la Cofradía del Cautivo (Parroquia San Pablo-Málaga)

Misa del Alba // J.C. MILLÁN
Publicado: 24/03/2018: 1894

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, Jesús Catalá, el 24 de marzo de 2018, en la Misa del Alba de la Cofradía del Cautivo.

MISA DEL ALBA DE LA COFRADÍA DEL CAUTIVO
(Parroquia San Pablo-Málaga, 24 marzo 2018)

Lecturas: Ez 37, 21-28; Sal (Jr 31, 10-13); Jn 11, 45-57.

Dimensión humana de la redención

1.- La Cofradía del Cautivo nos invita a celebrar esta Misa del Alba, acompañando la imagen que inicia su traslado en preparación para la procesión del próximo lunes santo.

Jesús Cautivo, el Redentor del ser humano, “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 22); porque el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado, donde la verdad del ser humano encuentra en Cristo su explicación más profunda, su fuente y su cima. El que quiera saber quién es, qué es, a qué está destinado, cuál es el sentido de su vida, debe contemplar a Jesús Cautivo; no hay otra manera de saber lo que es, en verdad, el ser humano y su explicación más profunda; no existen otras referencias verdaderas y objetivas para la persona humana.

En esto consiste la dimensión humana del misterio de la Redención; en ella el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad, la libertad y el valor propios de su humanidad, tan deshumanizada muchas veces por el mismo hombre. En el misterio de la Redención el ser humano es ratificado en su valor y creado de nuevo; es re-creado y vuelve a tomar la imagen originaria que salió de las manos del Señor y Dios creador. 

Cristo Cautivo, a pesar de estar maniatado y humillado, es imagen de Dios invisible (cf. Col 1,15); es el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina. La imagen deformada que contemplamos es fruto del pecado humano, de nuestro pecado. Pero en él, la naturaleza humana ha sido asumida y elevada a su dignidad sin igual (cf. Gaudium et spes, 22). No estamos ya en lo profundo de la miseria humana, porque hemos sido sacados de ella y elevados a la máxima dignidad.

Todo ser humano tiene la misma dignidad: la de ser hijo de Dios y hermano entre hermanos. Como recuerda el apóstol Pablo: «Ya no es judío ni griego: ya no es esclavo ni libre; no es ni hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gál 3,28). Pero, atención, tener la misma dignidad no significa que no exista la diversidad y la complementariedad entre las personas; somos iguales ante Dios, creados a su imagen y semejanza, pero nos ha creado diferentes, como narra el libro del Génesis (cf. Gen 1,26-17).

2.- Si la persona humana quiere comprenderse a sí misma hasta el fondo, no tiene más remedio que aceptar la realidad de su vida, su pecado, sus miedos, su inquietud, sus dudas, su debilidad, e incluso su muerte temporal; esta es la verdadera manera de aceptarnos como somos. Sin embargo, mucha gente se rebela ante el dolor, el sufrimiento y la muerte temporal; pero esa es la verdad de nuestra vida y nos lo ha enseñado el Señor que ha pasado por ello. Él no ha rehuido el dolor ni la muerte temporal. Sin embargo, nuestra sociedad valora a las personas con otros criterios: materiales, superficiales e incluso aparentes. Pero no valen esos criterios para valorar lo que es la persona humana.

Cristo Cautivo me ama como soy y se entregó por mí para reconciliarme con Dios (cf. Gal 2,20). Asumió plenamente mi naturaleza humana, menos el pecado (cf. Heb 4,15). Con su Encarnación se apropió y asimiló la cruda realidad del ser humano y lo redimió sacándolo de la execrable situación en la que se encontraba. El profeta Ezequiel anuncia al pueblo creyente una liberación y una purificación: «No volverán a contaminarse con sus ídolos, sus acciones detestables y todas sus transgresiones. Los liberaré de los lugares donde habitaban y en los cuales pecaron. Los purificaré, ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios» (Ez 37, 23).

Jesús Cautivo nos invita a una relación de amor y de amistar; el Cautivo te dice hoy, querido cofrade y fiel devoto: Sal de la situación detestable de pecado en que puedas encontrarte; renueva por dentro todo tu ser con mi gracia; que tu corazón deje de rechazar a tu hermano; cambia en amor las injurias de los demás; vive con mayor plenitud tu ser hijo de Dios.

El Cautivo, Cordero inocente, entregó libremente su vida por ti para darte la salvación y liberarte de la esclavitud del diablo y del pecado; no sigas atado a tus cadenas que te amarran a tu propio egoísmo; el Cautivo ha sido atado para desatarte.

3.- La imagen del Cautivo, que contemplamos, ha sido este año restaurada de unas patologías que sufría, fruto de actuaciones anteriores no acertadas y del deterioro del paso del tiempo. Felicitamos a la Cofradía por esta obra buena que ha realizado con la imagen. Una intervención importante ha sido la de liberar la imagen de unos hierros incrustados en su interior, que se pusieron para darle mayor estabilidad y firmeza a la imagen, pero que se han revelado con el tiempo como nocivos para la estructura. La Cofradía puede explicaros mucho mejor lo estoy diciendo. El hierro, colocado internamente, estaba dañando la madera con los vaivenes y movimientos que tienen lugar sobre todo durante las procesiones.

Esta patología la podemos encontrar también, análogamente, en nuestras cofradías y hermandades. A veces penetra dentro de una hermandad algún elemento ajeno a la naturaleza de la misma, que daña su identidad desde el interior; esto puede ocurrir en cualquier tipo de comunidad o asociación. Pueden infiltrarse los perniciosos hierros duros y rígidos: abuso de poder, falta de sentido eclesial y falta de comunión con los pastores de la Iglesia, crítica de la jerarquía como si el cofrade no perteneciera a la Iglesia, la manipulación, la mentira, la búsqueda de reconocimiento individual, uso de la cofradía como instrumento, plataforma o dominio personal. Podríamos seguir poniendo ejemplos, pero no es necesario, porque todos conocéis más ejemplos de los que pueda enumerar ahora.

Toda cofradía, sin embargo, debe ser de “buena madera”; es decir, debe buscar la finalidad propia como institución eclesial que es, y ser fiel al objetivo de su creación y constitución. Con el paso del tiempo, con el descuido y la dejadez de los responsables y con la debilidad propia de la naturaleza humana, entran hierros duros y rígidos, que van destrozando el buen y noble material de la madera cofrade. Queridos fieles, para ello no hay otra solución, aunque sea dolorosa, que extirpar estos elementos extraños a la hermandad y sacarlos fuera.

4.- Existían en la imagen del Cautivo otras patologías menos graves, pero que era necesario reparar: el desgaste o rotura de algunos elementos, la pérdida de pintura o colores, el deterioro externo de la imagen; y otros desperfectos que la Cofradía podría explicar mejor.

Similarmente existen en las cofradías este tipo de patologías que, no siendo graves, dañan la imagen y la vida cofrade. Para resolverlo hay que re-modelar los equipos, sustituir elementos, repintar, pulir, limar tensiones internas, dorar lo más hermoso. De este modo, puede quedar una imagen hermosa, tal como salió de las manos de su creador; como salió bella la imagen del ser humano de las manos de Dios-Creador, y el pecado la ensució y la deformó. Pero Jesús Cautivo ha venido precisamente a redimirnos, a renovarnos, a regenerarnos. Y también quiere que se regeneren las cofradías. Él es el mejor artista que puede reparar la imagen del ser humano por ser su autor; y Él es el mejor médico que puede curar esas patologías.

Cada cofrade, sobre todo los hermanos que detentan responsabilidades en el seno de las hermandades, sabéis perfectamente lo que debéis hacer. Os animo a todos a arrimar el hombro y a asumir corresponsablemente las tareas, para resolver estos problemas y reconstruir la fraternidad y la “buena madera cofrade”. ¡Que no se corrompa la buena madera cofrade! Porque nuestra sociedad paganizada necesita de vuestro testimonio.

Pedimos a Jesús Cautivo que cure nuestras heridas, perdone nuestros pecados y purifique con el fuego de su amor lo que daña la verdadera fraternidad. ¡Y que María Santísima de la Trinidad coronada nos cobije a todos bajo su manto maternal! Amén.


 

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