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Clausura del Año Jubilar Mercedario (Monasterio de la Merced-Málaga)

Clausura del Año Jubilar Mercedario en el monasterio de La Merced, en el barrio del Molinillo (Málaga) // A. PÉREZ SÁNCHEZ
Publicado: 10/02/2019: 853

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, Jesús Catalá, en la Eucaristía de Clausura del Año Jubilar Mercedario, en el Monasterio de la Merced de Málaga, el 10 de febrero de 2019

CLAUSURA DEL AÑO JUBILAR MERCEDARIO

(Monasterio de la Merced-Málaga, 10 febrero 2019)

Lecturas: Is 6,1-8; Sal 137,1-8; 1 Co 15,1-11; Lc 5,1-11.

(Domingo Ordinario V-C)

1.- Clausuramos hoy el Año Jubilar de la Orden Mercedaria con motivo del octavo Centenario de la fundación de la misma por parte del Papa Gregorio IX.

Damos gracias a Dios por este año de misericordia y de amor, derramado sobre todas las instituciones eclesiales mercedarias y por los buenos frutos espirituales de la presencia de este carisma en la Iglesia; y de modo particular de la presencia en nuestra Diócesis de este Monasterio de la Orden. Queridas hermanas, muchas gracias por vuestra oración y por el carisma que encarnáis.

San Pedro Nolasco, fundador de la Orden, fue un regalo de Dios para la Iglesia. Él descubrió a Cristo a través de las personas esclavas y de la pérdida de la fe que muchos cristianos sufrían a causa de los musulmanes.

Hoy seguís haciendo presente su carisma, queridas hermanas, en el claustro monástico, donde ejercéis la redención de tantos cautivos de cuerpo y de alma, atrapados entre las cadenas del mal. Por vuestra oración el Señor libera a tantas personas necesitadas del perdón y de la misericordia de Dios; todos lo necesitamos.

2.- Las lecturas de este domingo nos ofrecen la actitud de algunos personajes bíblicos ante la llamada de Dios en sus vidas.

En primer lugar, el profeta Isaías, quien al contemplar la visión del trono de Dios teme una desgracia y exclama: «¡Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!» (Is 6,5).

Pero el poder del Señor supera toda debilidad humana. El ángel purificador con una brasa en la mano asegura al profeta el perdón: «He aquí que esto ha tocado tus labios: se ha retirado tu culpa, tu pecado está expiado» (Is 6,7). El Señor también nos purifica del pecado, a través del sacramento de la penitencia y de la eucaristía.

El profeta, tocado por el Señor, descubre en la realidad la urgencia de la Palabra transformadora de Dios y se siente invitado a ser testigo de esa Palabra. Cuando el profeta escucha la voz del Señor, al preguntar a quién enviará de su parte, responde: «Heme aquí: envíame» (Is 6,8).

Los cristianos reconocemos que somos pecadores y que no somos capaces de dar testimonio con nuestras propias fuerzas; pero el Señor nos purifica y nos capacita para anunciar su Reino de amor y de paz.

3.- En el evangelio de hoy aparece Simón Pedro, quien, después de haber estado pescando toda la noche sin coger nada, se fía del Maestro y echa de nuevo las redes (cf. Lc 5,5). Su gesto de confianza trae un buen fruto, pescando «gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse» (Lc 5,6). Pedro es capaz de fiarse más del Maestro que de su pericia como pescador. Podría haberle respondido a Jesús que el pescador avezado era él; sin embargo, humildemente se fía del Maestro. ¡Cuántas veces nos fiamos más de nuestros conocimientos técnicos, de nuestros saberes, de nuestros medios!

Ante este hecho Pedro queda sorprendido, sobrecogido, lleno de asombro y de estupor y cae de rodillas ante Jesús, diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador» (Lc 5,8).

San Pedro confiesa su falta de fe y su debilidad, como confesará su pecado de haber renegado de Cristo, su Maestro, en la noche de la pasión, cuando el gallo cantó por segunda vez (cf. Mc 14,72).

4.- Todos somos pecadores, pero redimidos y salvados por Cristo. Al igual que el apóstol Pedro podemos exclamar ante Jesús: «Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador» (Lc 5,8). A pesar de nuestros pecados y traiciones al Señor, él nos llama para ser testigos de su amor y de su Evangelio; nos llama para hacernos “pescadores de hombres” (cf. Lc 5,10). Los apóstoles «llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron» (Lc 5,11).

Hagamos como ellos y sigamos a Cristo. ¡Dejemos nuestras barcas y redes y fiémonos más del Señor! Él nos llama a ser testigos y discípulos suyos, aunque sea difícil serlo en nuestra sociedad, que rechaza a Dios.

Lo característico de la vocación no es lo que se deja, sino el encuentro con el Señor que permite relativizar todo lo demás. A eso mismo estamos llamados cada uno de nosotros. Hoy podríamos escribir nuestro relato vocacional: cómo nos llama él y cómo le respondemos; recordar nuestra experiencia con el Señor resucitado y dar un nuevo empuje a nuestra misión como discípulos.

5.- Hoy recorre la Jornada de “Manos Unidas”, institución eclesial sin ánimo de lucro que trabaja desde hace sesenta años para paliar y erradicar el hambre en el mundo. Nació de la iniciativa de unas mujeres de Acción Católica. Es una llamada más a unas necesidades que tiene nuestro mundo y que los políticos no resuelven. Cada vez hay más diferencia entre ricos y pobres: los ricos son más ricos y los pobres son más pobres. Cada vez hay más gente sin cubrir sus necesidades básicas: comida, ropa, techo, salud. Esto no debe doler el alma. San Pedro Nolasco, hace ochocientos años, respondió a la necesidad concreta de la liberación de cautivos. Nosotros tenemos hoy el gran reto del hambre en el mundo. Parecería que la política y la técnica iban a resolver estos problemas, pero no los resuelven.

Pedimos a la Santísima Virgen, bajo la advocación de la Merced, que, terminado el Año Jubilar, siga protegiendo con solicitud maternal a la Orden Mercedaria y a las realidades eclesiales que se amparan bajo esta advocación. Están presentes en esta celebración las hermanas “Mercedarias de la Caridad”, que son de vida activa. Y suplicamos de modo especial por esta comunidad monástica, para que se mantenga gozosa y fiel al carisma recibido. Amén.