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Celebración de la Pasión del Señor del Viernes Santo (Catedral-Málaga)

Celebración de la Pasión y Muerte del Señor en la Catedral el Viernes Santo // M. ZAMORA
Publicado: 19/04/2019: 275

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, Don Jesús Catalá, en la celebración de la Pasión del Señor del Viernes Santo en la Catedral de Málaga.

CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

DEL VIERNES SANTO

(Catedral-Málaga, 19 abril 2019)

Lecturas: Is 52,13 – 53,12; Sal 30,2.6.12-17.25; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1 – 19,42.

La cruz, manifestación de amor verdadero

1.- La liturgia de la Iglesia nos ofrece en este Viernes Santo la contemplación de Cristo, que muere en la cruz por todos nosotros. Nuestro Señor Jesucristo nos ha amado hasta el extremo (cf. Jn 13,1) y ha ofrecido su vida por amor a los hombres. El amor verdadero se manifiesta, en primer lugar, haciendo el bien al amado; y, de una manera más excelente sufriendo por el amado. Jesús pasó haciendo el bien toda su vida (cf. Hch 10,38). Jesús nos hace el bien; pero de modo especial, ha sufrido por nosotros porque nos ama. Estamos invitados a hacer lo que Él hizo: hacer el bien a los demás y también sufrir por ellos como expresión de amor auténtico.

Ambas formas contemplamos en Cristo crucificado, hecho esclavo por nuestra salvación y muerto por nuestro amor para darnos vida. Su amor extremo, mostrado en la cruz, es la fuerza que puede convertir nuestros corazones; porque solo el amor es capaz de transformar el mundo. Y Cristo lo ha transformado con su amor.

Jesús de Nazaret nos ha mostrado cómo nos ama, no solo sufriendo la muerte física, sino sobre todo con el dolor de su alma. El sufrimiento más atroz para Jesús, que le hizo exclamar en Getsemaní: «Me muero de tristeza» (Mc 14,34), fue la angustia de sentirse “convertido en pecado”, siendo el más inocente de todos los seres humanos. Por ello la liturgia del Viernes Santo pone en labios de Cristo crucificado las palabras de las Lamentaciones: «Vosotros, los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor como el dolor que me atormenta» (Lam 1, 12). Estas palabras también van dirigidas a nosotros y no solo a quienes estaban en el calvario.

¡Unámonos, queridos hermanos, al dolor de Cristo en su pasión y cruz, para purificar nuestro amor hacia Él y hacia los hermanos!

2.- En este año 2019 se cumplen ochocientos años del histórico encuentro entre dos personas, representantes de dos mundos, de dos formas de ver la vida, de dos religiones en la fe de un único Dios.

Francisco de Asís cruzó el frente de batalla entre el ejército cristiano y el musulmán en la zona de Damieta, en Egipto, porque deseaba hablar con el sultán Melek El Kamel para obtener la paz.

Por su actitud humilde, su unción de palabra, su ardiente amor a Dios y a las criaturas, el sultán quedó impresionado y le concedió la libertad, permitiéndole a él y a sus hermanos de religión, los franciscanos, hacerse presentes en los Santos Lugares de Tierra Santa, donde han permanecido de manera ininterrumpida en estos ochocientos años. Tiempo después, un Pontífice, concedió a los franciscanos ser los Custodios oficiales de los Santos Lugares en nombre de la Iglesia católica.

El reciente viaje a Marruecos del papa Francisco, a quien he podido acompañar, se enmarca en esta celebración. La Iglesia en Marruecos se considera como un puente: entre dos culturas, entre Oriente y Occidente, entre los continentes de África y Europa, entre las dos religiones cristianismo e islam. El Señor desde su cruz nos anima a ser puentes, a unir, a ser instrumentos de comunión.

Hoy nos pide la Iglesia una colecta por Tierra Santa, como gesto de fraternidad y solidaridad, para ayudar a nuestros hermanos desfavorecidos de aquellos lugares sagrados. Siguiendo el ejemplo del papa Francisco, recemos por los cristianos que viven perseguidos o en condiciones difíciles para su fe. Los cristianos de Oriente experimentan el martirio y sufren por la inestabilidad o por la ausencia de paz, que provoca un imparable éxodo.

En esta tarde de Viernes Santo, queridos fieles, adoremos a Cristo clavado en la cruz, que se entrega por toda la humanidad y nos invita a seguirle, tomando cada uno su propia cruz.

Junto a la Virgen María, que fue entregada como madre del discípulo amado y de todos nosotros, y que estuvo de pie junto a la cruz de su Hijo, contemplemos ahora el misterio de la muerte de Cristo y adoremos su cruz. Amén.