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Funeral del Rvdo. Manuel Gámez López, canónigo de la Catedral (Catedral de Málaga)

D. Manuel Gámez, en la Residencia Buen Samaritano.
Publicado: 19/10/2019: 994

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga durante la Misa exequial de D. Manuel Gámez López.

FUNERAL DEL RVDO. MANUEL GÁMEZ LÓPEZ, 

CANÓNIGO DE LA CATEDRAL 

(Catedral-Málaga, 19 octubre 2019) 

 

Lecturas: Rm 4,13.16-18; Sal 104,6-9.42-43; Lc 12,8-12. 

1.- La fe, esperanza cierta 

En la carta a los Romanos, que hemos escuchado, nos dice que Abrahán recibió la promesa de la descendencia gracias a la fe (cf. Rm 4,13). 

La promesa está asegurada por Dios para aquel que lo acoge en su propia vida y cree en él, porque es «Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe» (Rm 4,17). Esta es la fe que profesamos: la vida del ser humano no termina en este mundo; porque Dios es capaz de dar vida a quienes han pasado por la muerte temporal y concederles la vida eterna. Esto es lo que pedimos por nuestro hermano Manuel. 

En el bautismo recibimos el don de la fe, la esperanza en vida eterna y la caridad: virtudes teologales que Dios nos regala para darnos su vida divina; así comparte su divinidad con nosotros haciéndonos hijos adoptivos suyos. 

Nuestro hermano Manuel, sacerdote, inició su peregrinación cristiana en la fuente bautismal en la que, lavado del pecado original, recibió la imagen de Cristo en su alma y quedó marcado por el Espíritu Santo. Todo esto es pura gracia de Dios (cf. Rm 4,16). 

Su fe y su religiosidad le llevó a vivir y a promover la devoción al Santo Cristo del Calvario. Los cofrades de dicha Hermandad bien sabéis lo que él ha sido para la cofradía. Su deseo que es reposen sus cenizas en la Ermita del Calvario. 

Abrahán supo esperar y creer en la promesa, a pesar de tener las circunstancias en contra (cf. Rm 4,18). Necesitamos vivir de esperanza y fortalecer la fe, para poder ser testigos del Evangelio en esta sociedad, donde se quieren resultados a corto plazo y se buscan soluciones inmediatas. Nuestra fe nos anima a mirar más allá de esta vida temporal, contemplando la eterna. 

La fe y la esperanza cristianas nos dicen que nuestro hermano Manuel vive ahora en la eternidad con el Padre, en quien creyó, en unión con el Hijo y el Espíritu Santo, que lo redimieron y lo salvaron. 

Hoy rezamos por él, para que el Señor tenga piedad de las debilidades que cometió por fragilidad humana y lo acoja en su seno de inmortalidad, cuya semilla recibió en el bautismo. 

2.- Llamado por Dios para el servicio 

Don Manuel fue llamado por Dios a ejercer el ministerio sacerdotal; tarea que asumió con gozo y generosidad. El Señor le concedió unas facultades musicales, que él puso al servicio de la Iglesia como alabanza a Dios. 

Muchos de vosotros habéis recibido, a través de su ministerio sacerdotal, la gracia de Dios, sea en el bautismo, en el sacramento de la penitencia, en la unción de enfermos, y en la Eucaristía, que tantas veces celebró y presidió en esta misma Catedral; damos gracias a Dios por ello. Y todos hemos recibido una palabra, un ejemplo y, sobre todo, su obra musical que nos ha ayudado a cantar la gloria de Dios y alabarlo; esto perpetuará en nosotros a través de la música que él ha compuesto. ¡Gracias, D. Manuel, por vuestro ministerio y por vuestra obra musical! 

Al igual que Abrahán, nuestro hermano se fio de Dios y se puso en las manos de la providencia, que le llevó a cantar las alabanzas del creador del mundo y del salvador del género humano. La fe le llevó a aceptar la alianza de amor que Dios le ofreció. 

Agradecemos a Dios el don que para la Iglesia de Málaga ha sido la persona de D. Manuel y su servicio en esta Catedral. 

3.- La purificación de la fe 

La fe, como dice san Pedro, debe purificarse en el crisol al igual que el oro (cf. 1 Pe 1,7). El crisol de la fe es el amor y el sufrimiento. Por amor se aguanta todo, se perdona todo, se cree todo, se espera todo (cf. 1 Co 13,4-6). 

El ministerio sacerdotal ha sido para Don Manuel el instrumento de purificación de su fe, el crecimiento de su amor y el aumento de su esperanza cristiana. 

Nuestra vida y nuestro servicio eclesial, contemplado desde Dios, alcanza un sentido más profundo. De ese modo vamos purificando también nuestra imagen de Dios y nuestra relación con él, con la oración y la meditación de su Palabra. 

4.- El testimonio ante los hombres 

El evangelio de Lucas nos ha recordado las palabras de Jesús: «Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios» (Lc 12,8). Para ello es necesario tener valentía y profesar con ardor la fe y vivir el amor. 

Pero Jesús nos advierte del riesgo de negarle ante los hombres: «Pero si uno me niega ante los hombres, será negado ante los ángeles de Dios» (Lc 12,9). Por miedo, por cobardía, por comodidad, por el qué dirán tenemos la tentación de negarle ante los hombres. 

Por eso hemos de pedir al Señor su fuerza y su gracia, para ser fieles a la misión que nos ha confiado como misioneros de su Evangelio. En las diversas circunstancias de la vida siempre tendremos la asistencia del Espíritu Santo, que nos enseñará en aquel momento lo que tengamos que decir (cf. Lc 12,12). 

5.- La Jornada Mundial de Misiones 

Este domingo celebra la Iglesia la Jornada de las Misiones, cuyo lema coincide en este año con el título del Mes Extraordinario Misionero: Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo. 

Hemos recibido gratuitamente el don de la fe y estamos llamados a compartirla gratuitamente (cf. Mt 10,8), porque Dios quiere que todos los hombres se salven (cf. 1 Tm 2,4; 3,15). Somos miembros de una Iglesia misionera por vocación y estamos llamados a proclamar el Evangelio a toda creatura (cf. Mt 28,19-20). Ese fue el objetivo de la vida ministerial de nuestro querido D. Manuel. 

Imploramos a la Santísima Virgen, bajo las advocaciones de la Victoria y de Santa María del Monte Calvario, que nos acompañe en nuestro testimonio misionero para ser valientes testigos de la fe. Y pedimos a Dios misericordioso que acoja en su reino de paz y de inmortalidad a nuestro querido hermano Manuel, sacerdote. Amén.