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Fiesta de las hermandades de Gloria (Catedral de Málaga)

Publicado: 20/10/2019: 978

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga en la Eucaristía con las hermandades y congregaciones de Gloria de Málaga, en la Catedral de Málaga el 20 de octubre de la 2019.

FIESTA DE LAS HERMANDADES DE GLORIA
(Catedral-Málaga, 20 octubre 2019)


 Lecturas: Ex 17, 8-13; Sal 120; 2 Tm 3, 14-4, 2; Lc 18, 1-8.

(Domingo Ordinario XXIX-C)
 
1.- Celebración de la fiesta de las Hermandades de Gloria
Las Hermandades de Gloria habéis venido hoy a la Catedral para celebrar vuestra fiesta, acompañando la imagen del “Simpecado” de la Real, Ilustre y Venerable Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Málaga-La Caleta. ¡Bienvenidos todos a este encuentro con el Señor resucitado! Las Hermandades de Gloria tenéis como fin principal ser testigos de la gloria y de la resurrección del Señor; sois Hermandades de alegría y de luz.
Vuestra celebración anual se une a la Jornada Mundial de las Misiones, que hoy celebra la Iglesia universal y que nos invita a dar testimonio de nuestra fe.  
Nos encontramos en el Mes Misionero Extraordinario, que el papa Francisco ha tenido a bien regalarnos. Vuestra fe, recibida en el bautismo, debe ser luz en nuestra sociedad; vuestro testimonio debe proclamar la Buena Nueva; vuestra fraternidad debe ser aliciente para que otros vivan el amor de Cristo y entre los hermanos.  
 
2.- Celebración del Domingo de las Misiones (DOMUND)
El lema de la Jornada Mundial de la Misiones coincide en este año con el título del Mes Extraordinario Misionero: Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo.  
    El papa Francisco nos recuerda en su Mensaje que “la celebración de este mes nos ayudará en primer lugar a volver a encontrar el sentido misionero de nuestra adhesión de fe a Jesucristo, fe que hemos recibido gratuitamente como un don en el bautismo” (Mensaje para la Jornada Mundial de Misiones 2019, Vaticano, 9 junio 2019).  
    Al recibir gratuitamente el don de la fe estamos llamados a compartirla gratuitamente (cf. Mt 10,8); porque Dios quiere que todos los hombres se salven (cf. 1 Tm 2,4; 3,15).
    Somos miembros de una Iglesia misionera por vocación. Todo cristiano y, por tanto, todo cofrade está llamado a proclamar el Evangelio a toda creatura (cf. Mt 28, 19-20).  
Somos bautizados en Cristo y enviados a los hermanos, para anunciar la Buena Nueva de la salvación. Seamos fieles a esta hermosa misión que el Señor nos confía.  
Esta Jornada Mundial de las Misiones está dirigida tradicionalmente a las personas que no conocen a Cristo: misión “ad gentes”. Pero también nos invita a todos los bautizados a asumir la misión evangelizadora. Por ser bautizados somos enviados a anunciar a Cristo. En las cofradías hay que seguir anunciando a Jesucristo, porque algunos hermanos tienen ideas vagas de la verdadera imagen de Dios y de la Iglesia, de los sacramentos y de la doctrina de la Iglesia.  
Es muy importante la formación dentro de las mismas hermandades. Llevamos bastante tiempo animando a la formación cristiana para profundizar en la persona y en el mensaje de Jesucristo.  
 
3.- La oración de intercesión
Nos narra hoy el libro del Éxodo que, cuando Amalec atacó al pueblo de Israel (cf. Ex 17, 8), Moisés ordenó a Josué que escogiera unos cuantos hombres para hacer frente al atacante. Y sucedió que «mientras Moisés tenía en alto las manos, vencía Israel; mientras las tenía bajadas, vencía Amalec» (Ex 17, 11).  
El contexto de este episodio es la marcha del pueblo de Dios por el desierto, con las consiguientes murmuraciones de Israel contra Dios a causa de la sed, del hambre, del calor, de los peligros VARIOS Y DE LA guerra.  
Israel suele murmurar contra su Dios. Tal vez nos sucede a nosotros lo mismo: murmuramos contra Dios, porque las cosas no salen como deseamos, porque no nos concede lo que le pedimos, porque queremos soluciones inmediatas a nuestros problemas, porque nos cuesta aceptar el sufrimiento y las penalidades de la vida, y porque la salvación eterna la vemos muy lejos. Nuestra sociedad tiene la característica de querer ser muy práctica y eficaz, porque lo quiere todo y de manera inmediata.
Nuestra oración a Dios suele ser muy pedigüeña, para alcanzar nuestros deseos y cubrir nuestras necesidades, en vez de ponernos en manos del Señor para aceptar su voluntad, suceda lo que nos suceda. La Virgen se puso en manos de Dios; y no le pidió que le concediera alcanzar sus propios planes, sino que renunció a su plan propio para ponerse en manos de Dios.  
En la parábola del evangelio la viuda acude a un juez injusto, que no la defiende de sus adversarios (cf. Lc 18, 3). Sin embargo, por la insistencia de la mujer, el juez la atiende (cf. Lc 18, 5). De este modo el Señor nos enseña a orar sin desfallecer (cf. Lc 18, 1).
Debemos tener muy presente la oración en nuestra vida, tanto la de petición como la de acción de gracias, de alabanza, de adoración a Dios y de veneración a la Virgen y a los santos.
 
4.- Llamados a vivir en la tierra prometida
Al igual que los israelitas estamos llamados a vivir en la tierra prometida. Ellos caminaron por el desierto, soportando las penalidades propias de una tierra inhóspita y los ataques de sus enemigos.  
El Rocío es “camino”: se va al Rocío, se camina hacia el Rocío, hasta llegar a la Ermita para rezar ante la imagen de la Virgen. Este es un signo de nuestra vida de caminantes en el desierto. No son las marismas y los ríos los que hay que cruzar; hay que superar obstáculos en esta vida y nos espera la Virgen a la otra orilla; pero no la orilla de un río, sino la orilla de la muerte temporal. Y a veces olvidamos que hemos de pasar por la muerte temporal.  
Para llegar a la tierra de libertad es necesario vencer muchos obstáculos. Amalec representa un obstáculo para el pueblo en su camino hacia la tierra prometida. La oración hace actuar la mano poderosa de Dios. Es necesario fiarse del Señor y serle fiel, porque Dios dirige nuestro camino y nos asegura la victoria final. Hemos de pedirle a la Virgen del Rocío que nos acompañe en el camino hasta la victoria final y la libertad plena.
Cuando el pueblo israelita era infiel a su Dios, éste le retiraba su ayuda y vencía el enemigo. Y, al contrario, cuando el pueblo obedecía, el Señor luchaba por ellos y ganaba las batallas (cf. Ex 17, 13).
    Nosotros atravesamos también el desierto de la vida terrena con la esperanza de llegar a la tierra prometida, nuestra verdadera patria. Pero a veces da la impresión de que deseamos quedarnos en esta tierra y que no nos cautiva la idea de la vida eterna. Como decía el papa Juan XXIII con mucho gracejo: nos quejamos de esta vida como un valle de lágrimas, pero preferimos llorar y quedarnos aquí.  
 
5.- Conocer las Sagradas Escrituras
San Pablo exhorta a su discípulo Timoteo a permanecer en lo que había aprendido y creído (2 Tm 3, 14), recordándole la importancia de las Sagradas Escrituras, que ofrecen sabiduría y conducen a la salvación por medio de la fe en Jesucristo (cf. 2 Tm 3, 15).  
La Escritura, al ser inspirada por Dios, es la luz para el camino, «es también útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia» (2 Tm 3, 16), de manera que el fiel cristiano esté preparado para toda obra buena (cf. 2 Tm 3, 17). La Sagrada Escritura contiene la sabiduría de Dios necesaria para realizar el camino y orientar la vida del ser humano hacia su destino final.  
    Al igual que a Timoteo, san Pablo nos exhorta a conocer la Escritura Sagrada, que es conocer a Cristo y nos anima a ser testigos valientes: «Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina» (2 Tm 4, 2).
Queridos cofrades y fieles todos, leed, meditad y rezad la Sagrada Escritura, para asimilarla y hacerla vida propia. Solo de ese modo podréis ser testigos fidedignos y eficaces en la misión que se nos confía. Tengo la impresión de que leemos poco la Biblia; por eso os animo a leerla asiduamente, a meditarla y a rezarla; a conocerla cada día más, porque eso significa conocer y amar más a Cristo.
Felicitamos a la Agrupación de Hermandades y Cofradías de Gloria en esta fiesta y pedimos a María Santísima, bajo la advocación de Muestra Señora del Rocío, que nos acompañe en el camino de la vida, en nuestro testimonio misionero y que nos ayude a ser valientes testigos de la fe. Amén.