NoticiaDiario de un confinamiento

Antonio Guerrero: «¿No es la resurrección volver a la vida?»

Antonio J. Guerrero
Publicado: 19/05/2020: 1988

ANTONIO GUERREO CLAVIJO

Antonio José Guerrero Clavijo es periodista, director de El Sol de Antequera y corresponsal de Diario Sur en su tierra. Hermano mayor de Santa Eufemia, patrona de Antequera, forma parte de la comunidad parroquial de Santiago. Premio Cardenal Herrera Oria de la Diócesis de Málaga. Feliz padre de Eufemia, su hija de 5 años.

La resurrección es el eje de nuestra fe, de nuestra vida de católicos. En más de una ocasión reflexionamos sobre cómo será y cómo la viviremos. La vida se tiene que vivir desde ya, desde el momento en el que naces, porque no sabes cuándo te llegará la muerte. A mí me ha rozado ya una vez, pero me ha dado una segunda oportunidad. Ante ello, ahora que estamos en fase 1 de la pandemia del coronavirus, podemos decir que estamos viviendo una resurrección plena.

Como periodista me ha tocado compartir las experiencias del coronavirus, como así lo empezamos a conocer, aunque ahora lo denominemos como COVID-19. Inicio estas palabras el martes 19, tras haber estado el día previo, el lunes 18, recorriendo todos los templos de Antequera en el primer día de reapertura al público, además de las calles con sus comercios y edificios museísticos. Tenía medio asumido que "ir a Misa" era cosa de mayores y qué pasaría el día en el que ya no estén; o que somos muchos los que creemos y pocos los practicantes. Pues el lunes, en Antequera, me cambió la mala imagen.

Contraste al ver ganas de salir, júbilo y alegría en calles y plazas, con el orden, organización y lleno en los templos, las religiosas ordenando y cantando, y las personas de parroquia coordinando. Cierto es lo de la limitación de aforo, pero no he visto lugar estos dos meses mejor señalizado que una iglesia; orden y respeto a las normas que señalan; y convencimiento de necesitar volver a participar de una Eucaristía. Y, ojo, pocos mayores, hacen bien en quedarse más tiempo en casa por precaución. Los templos, en Antequera, con jóvenes, adultos y familias con niños incluidos.

Al abrir los lugares sagrados, se sentía lo mismo que cuando vas a ver a tus padres y abuelos tras un largo tiempo: ¡las imágenes tenían ganas de ser queridas! Es lo que esa atmósfera entre el bien y el mal, la que no sabemos si anda o no volando el dichoso virus, transmitía a los fieles que se ponían bajo las imágenes devocionales. Contraste con la suerte de quienes hemos podido acudir a los templos estos meses, para comprobar que todo está bien, o compartir la Misa a las personas encerradas en casa.

¿No es la resurrección volver a la vida? Pues, los cristianos hemos vuelto a la vida en comunidad, con restricciones, pero hemos salido de nuestras catacumbas. No hace falta morir para empezar a vivir la nueva vida. Si empiezas aquí, mejor lo llevarás allá arriba, siempre arriba, en el pórtico del cielo, que en Antequera es denomina Portichuelo, donde se venera a la Virgen del Socorro.

Pese a llevar mascarillas los fieles, me encontré a muchas familias de quienes he podido compartir sus historias estas semanas. Allí estaba el joven que ha perdido a uno de sus padres, a sus abuelos, pero quería reencontrarse con ellos físicamente y lo hizo en el altar. A los hijos que han insistido en cómo llevarle a sus padres las celebraciones religiosas de estos días. Me encontré con la nueva familia, la que tuvo una hija en el inicio del confinamiento. Estaban los cofrades, emocionados en el banco más próximo a su imagen. Y fuera del templo, me tropecé con hijos de Dios, que cómo no, fueron antes a ver a sus padres, y luego al Padre. "¡Lo que he pasado sin verles durante tanto tiempo".

Llevar mascarilla, doble en mi caso, te protege de que te vean llorar. La emoción me pudo de nuevo porque recordé lo que fue tomar el Cuerpo de Cristo en clandestinidad, a puerta cerrada en una de las grabaciones de la Misa en la época de la pandemia. ¿Qué padecerán los cristianos perseguidos?, me pregunté en varias ocasiones.

Fue el momento de recorrer las experiencias vividas y mis lágrimas caían de nuevo cuando me llamó el sanitario y me dijo lo de: "Acaba de subir al cielo, he ayudado a tantos enfermos, y no he podido con mi padre, pero ya está descansando y protegiéndonos". A lo que le pude decir para consolar: "Seguro que le habrán dicho: ¿tú eres el padre de ese ángel de la guarda que tenemos allá abajo?".

Llegaba a otro templo y vi a una mujer arrodillada sin poder, para dar gracias a su imagen venerada. Recuerdo un hermano que me dijo: "He pasado por la puerta de la iglesia de mi Cristo, y no he llorado, pero sí lo he hecho al pasar por la de mis padres, y llevo dos meses sin poder abrazarlos". Y al ver a un Niño Jesús me acordé de tantos nuevos padres: "Es un rayo de esperanza que nazca un hijo y más en estos tiempos, donde el hospital estaba en silencio, solo se escuchaba el llanto de mi niña". O qué decir de este matrimonio mayor que superó, juntos, el virus: "No le tenemos miedo a la muerte porque hemos vivido tanto y disfrutado de nuestros hijos y nietos, que estamos preparados cuando el Señor nos llame".

Entre plaza y plaza, una joven, María, que como otros muchos niños, no ha podido recibir su primera comunión. En la conversación con sus padres y amigos, surge: "Ella lo lleva bien, ha recibido muestras de cariño, pero sabe que lo importante no es la primera, será la segunda, la tercera... Mientras, que estemos todos bien de salud". Y para terminar, la mujer que ha tenido a su esposo ¡62 días en la UCI! y que va y te dice sobre los sanitarios: "Como creyente, ellos han sido instrumento de Dios; y como profesionales, se han dejado la piel por él y por todas las personas que lo necesitan. ¡Han luchado junto con él!".

Pero te queda esa espinita del amigo que te dijo: "Estaba malo, lo llevamos al Hospital, no nos dejaron entrar y nos llamaron de madrugada que había fallecido. Ni lo hemos podido ver y solo podemos estar tres en su entierro". Siempre habrá estado María, a la vera de la cruz de tantas familias y, ese sacerdote, que ha llevado en su oración y consuelo la esperanza de la resurrección sin importarle ponerse en riesgo. Son experiencias de la Antequera de puertas cerradas, donde hemos podido dar testimonios de esperanza en reportajes diferentes, distintos, donde no hay números de estadísticas de cada día, sino personas con nombre y apellidos, que son los que viven para resucitar en el pan nuestra de cada día. Y como le dijo Santa Eufemia al Infante don Fernando en 1410: "No temáis, y que no salga el sol por Antequera y que sea lo que Dios quiera" porque siempre sale el sol...

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