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Renovación Carismática del Sur de España (Casa Diocesana-Málaga)

Publicado: 27/02/2016: 6154

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá en la Eucaristía con la Renovación Carismática del Sur de España celebrada en Casa Diocesana-Málaga el 27 de febrero de 2016.

RENOVACIÓN CARISMÁTICA
DEL SUR DE ESPAÑA
(Casa Diocesana-Málaga, 27 febrero 2016)



Lecturas: Ex 3, 1-8.13-15; Sal 102, 1-8.11; 1 Co 10, 1-6.10-12; Lc 13, 1-9.
(Domingo Cuaresma III–C)

1.- Las lecturas de la liturgia de hoy nos presentan dos acontecimientos, dos hechos a través de los cuales la Palabra nos quiere decir muchas cosas. El primer signo, el primer acontecimiento, –los dos son tomados de la naturaleza–, es el de la zarza ardiente.
Moisés va al Monte Horeb y se encuentra con esa zarza que ardía sin consumirse (cf. Ex 3,1-2). El Señor le pide que se descalce porque es terreno sagrado (cf. Ex 3,5).
Para Moisés esto es algo admirable, es algo que está por encima de la naturaleza. Lo normal es que una zarza arda, se queme y desaparezca. Aquí el Señor está queriéndonos hablar del tema de la luz, del amor.
La zarza ardiente es una llama, es fuego. Es fuego que purifica, que quema lo que no sirve, que da calor, que da luz. El Señor está pidiéndonos que seamos transmisores de esa luz, de esa llama que no se extingue. La Palabra de Dios es luz que no se apaga. El amor de Dios es llama de fuego que no se apaga y que necesita brillar en las tinieblas.

2.- Os habéis reunido de las distintas diócesis de Andalucía, que creo que coincide con las dos provincias Eclesiásticas, Granada y Sevilla. Hay otro grupo que está en el norte, en Burgos, haciendo más o menos lo mismo, pero en otro ámbito un poco más frío; hoy tenemos bastante frío aquí, aunque no es lo normal, bien lo sabéis los que vivís aquí.
Participáis de este Encuentro Nacional de formación de Centinelas. Sabéis mucho mejor que un servidor qué es ser centinelas, cuál es la misión del centinela y qué espera el centinela. ¿Qué espera el centinela: la noche, la aurora, el amanecer, la luz? ¿Para qué? En primer lugar, para disfrutar de ella y, también, para recibir vida.

3.- Imagino que habréis ido muchas veces de jornadas de campamento y habréis comprobado que, cuando se realizan las actividades en la noche yendo con las linternas con los chavales, esas noches cerradas que hay a veces, cualquier arbusto que se mueva por el viento nos parece un fantasma. Nos asustamos todos y, dependiendo de la imaginación de cada uno, se le pone forma de toro o de serpiente a esos arbustos o piedras; la imaginación de cada uno es libre.
Y, ¿por qué? Porque, con nuestras pobres linternas, esa luz que llevamos deforma las cosas; las cosas no se ven, no se aprecian en su objetividad. Al día siguiente, cuando sale el sol, vamos al mismo sitio y nos damos cuenta que aquello raro, que vimos la noche anterior, era un matorral, o un arbusto, o una piedra. Pero, en la oscuridad de la noche, había hasta formas diabólicas que se descubren a la luz del día que no existen.

4.- ¿Cuál es la gran diferencia entre ir con la linterna, caminando y buscando las cosas en la vida y viendo las cosas y el sentido de la vida, y ser iluminados por la luz de Dios? Es decir, el cambio de la luz de tu linterna al cambio de la luz del Sol. Es un cambio espectacular. La luz del Sol me permite ver las cosas como son, apreciarlas en su valor, amarlas, conocerlas mejor, quererlas. La luz de mi linterna me distorsiona la realidad.
El papa Francisco, en su encíclica Lumen fidei, escribe: “El hombre ha renunciado a la búsqueda de una luz grande, de una verdad grande, y se ha contentado con pequeñas luces que alumbran el instante fugaz, pero que son incapaces de abrir el camino. Cuando falta la luz, todo se vuelve confuso, es imposible distinguir el bien del mal, la senda que lleva a la meta de aquella otra que nos hace dar vueltas y vueltas, sin una dirección fija” (n.3).

5.- El Centinela tiene la experiencia de vivir en la noche, porque noche es el camino de esta vida y noche es esa oscuridad en la que viven tantos jóvenes contemporáneos nuestros. Noche, noche cerrada en la que no dan una, en la que se dan cada trastazo, como miopes, porque no ven el camino. El Centinela, sin embargo, ha experimentado la noche y sabe qué es la noche y lo que significa para sus coetáneos, paisanos, contemporáneos, compañeros de clase, del trabajo… pero tiene una esperanza: la llegada de la aurora, la llegada de la luz, la llegada de un nuevo día, la llegada del Sol. Es Cristo que ilumina mi vida, la vida de los demás y la realidad: familia, sociedad, política, economía, trabajo… La luz de Cristo lo ilumina todo.
Tenemos una gran tarea, tenéis como Centinelas una gran tarea. Hay que acompañar, cogidos de la mano, a otros que no tienen esa esperanza, que no ven la luz de Cristo. Y podemos dar gracias, porque nosotros sí que la hemos visto. Nuestros ojos han sido iluminados por esa luz.

6.- Moisés descubrió la presencia de Dios en esa zarza: “es un lugar sagrado, descálzate” (cf. Ex 3,5). Vivimos en un lugar sagrado; la vida es sagrada; hay que respetarla; hay que respetar la naturaleza, hay que respetar las personas y hay que respetar las cosas porque es terreno sagrado. Y eso nos lo dice el mismo Dios. Eso no es un raciocinio de la mente humana. Si fuera raciocinio de la mente humana todos tendrían claro qué es lo que hay que hacer. Pero muchos no ven, van a tientas, tropezando.
Tenéis una misión muy hermosa: acompañar con esa luz, aunque sea de noche, como dice el poema de san Juan de la Cruz. Pero, aunque es de noche yo siento la presencia de Cristo. No en el sentido de sentir de sentimiento, yo vivo la presencia de Cristo, Cristo está en mí iluminando mi camino. Es una tarea preciosa.
Contemplemos esa zarza ardiente que no se quema, ese corazón de Cristo que ama como el fuego, pero que lo va purificando todo: Que purifica nuestros sentimientos, nuestra imaginación, nuestras limitaciones… lo purifica todo. Quita los fantasmas que nos hemos creado nosotros.
Ese es el primer signo. El Señor, con el ejemplo de la zarza, la luz, la noche, la aurora, nos invita a reflexionar combinando todo eso.

7.- A Moisés, ¿qué le dice Dios en la zarza? El Señor le dijo: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos» (Ex 3,7). El Señor ha visto la opresión de su pueblo, ha visto que están mal y quiere enviarte a ti para que lo liberes con la fuerza de Dios.
    El Centinela, con la luz de Cristo, ilumina su propia vida e ilumina al otro. Pero esa luz, al mismo tiempo que ilumina, es liberación. ¿Cuántas vendas de los ojos de los jóvenes y de la sociedad en general describiríamos ahora entre todos? ¡Cuántas cegueras hay! ¡Y las tenemos también nosotros! Por eso hay que pedir al Señor que nos las quite.
¡Cuántas vendas, ataduras, cadenas, sufren las personas que conviven con nosotros! Y el Señor te envía para que liberes a esas personas de sus cadenas, para que les quites las vendas de sus ojos y se haga luz en su interior para que puedan ver de otra manera la vida, el matrimonio, el amor, el trabajo, es decir, todo; aquí no queda ningún campo sin iluminar, también la política, queridos jóvenes. Porque hay que transformar la sociedad con la acción social y política; y también la economía… ¡Cuántas vendas! Hay mucho que hacer.

8.- Tomando esta Palabra del Señor os invito, y me invito a mí mismo, a que vivamos así. Llenémonos de la luz del Señor y dejémonos que nos ilumine, y ayudemos a otros a que queden iluminados por la luz de Cristo, purificados por el fuego de su llama y de su amor, y desatadas esas cadenas que atan cada vez más, porque, cada vez, hay menos personas que quieren vivir según el Evangelio. Si la mayoría quisiera vivirlo y todos hiciéramos el esfuerzo, estoy convencido de que nuestra sociedad iría mejor. Aparece tanta porquería porque no hay intención de vivir según el Evangelio, según Jesucristo.
Pedimos al Señor que ilumine nuestro camino, el personal de cada uno de nosotros, que nos haga auténticos Centinelas, que, aunque camine a oscuras perciba al Señor. Sé que está conmigo, Él es mi fuerza, es mi misericordia. Dios me ama hasta la entrega de su vida. Eso hay que vivirlo porque si no, luego, no se puede dar testimonio.

9.- Estamos en el Año de la Misericordia y hemos cantado en el Salmo: «El Señor es compasivo y misericordioso». Vuestro trabajo va en esta línea de la misericordia, bajo el lema: “Misericordiosos como el Padre”.
La palabra misericordia, en su raíz latina (misereor-cor) significa un corazón que tiene entrañas, un corazón que se compadece, un corazón que se acerca a la miseria del otro, un corazón que cuida del necesitado, un corazón sufriente por el otro. Eso es misericordia, que es lo que ha hecho Dios con nosotros.

10.- La segunda imagen, que la tomamos del Evangelio, es la de la higuera. Los exegetas, los biblistas, creo que no han sabido aún explicarnos todo el significado de la higuera. Según los exegetas, Jesús fue a la higuera a coger higos en primavera, no era enero y febrero. Salid a ver una higuera y ved qué frutos puede dar ahora. Los higos y las brevas, en esta zona y en la zona donde vivió Jesús, en Palestina, suelen venir en verano. Si vas en mayo verás muchas hojas, pero nada más.
Entonces, maldecir a la higuera por no tener higos, en la época que no tiene por qué tener higos, tiene su gracia, ¿verdad? Por eso digo que algo más hay ahí, como el fuego, como la zarza, que tendrán que descubrir los exegetas. Que la zarza arda y no se consuma no es normal. Hay un fenómeno sobrenatural, hay algo especial. Pues con la higuera ocurre lo mismo.
Esta imagen de la higuera nos lleva a reflexionar sobre la conversión y la necesidad de dar frutos.

11.- El Señor tiene paciencia con nosotros. Hay un texto que dice: “La paciencia de Dios juzgarla como salvación”. El Señor es paciente y compasivo, pero es muy paciente con nosotros. Mientras estamos en el camino de la vida, tiene mucha paciencia, muchísima, infinita. Nos espera, aguanta… No se cansa de esperarnos, como el padre al hijo pródigo, o más bien, al hijo perdido. El padre misericordioso, todos los días, otea el horizonte esperando nuestro regreso.
Dios quiere que regresemos a Él para que luego demos fruto. Y ese fruto no es un fruto natural. No era época de higos. Ese fruto lo permite el Espíritu Santo y nos hace capaces de dar fruto aun cuando no sea época de fruto. El fruto viene dado por la fuerza del Espíritu.

12.- Eso que dicen de primero ser bueno y convertirse, para luego dar testimonio, no es del todo cierto. Por supuesto, hay que tener una fe primero para dar testimonio, pero si fuera así yo me tendría que callar ahora. Y cuando ordenaron de sacerdote a vuestro presbítero, me imagino que le habría pasado lo mismo, pues te toca, por misión, decir algo que te sobrepasa. Yo no estoy convertido del todo. Todavía me falta. Esta mañana me confesé. Hemos estado de retiro en la iglesia de los jesuitas. Estamos en conversión continua. Si yo tengo que hablar cuando me convierta, entonces no podría decir nada.
Ese fruto es algo que nos sobrepasa. Y aun siendo miserables y pecadores, donde aparentemente no habría ningún fruto, siendo higueras secas, el Señor permite que, a través de nuestra vida, a través de nuestro testimonio, de nuestra acción, de nuestra oración, de nuestra fe, haya fruto abundante. Hay que dejarse llevar por el Espíritu para que Él dé el fruto en mí y si Él lo desea a través también de mí, como instrumento suyo.

13.- Está el texto complicado de los galileos, en el que algunos contaron lo que había ocurrido a algunos de sus paisanos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios (cf. Lc 13,1). Y eso llevó a la gente a pensar que, como eran malos, el Señor los había castigado.
Y también otros recordaban cómo la torre de Siloé se derrumbó matando a dieciocho personas que estaban abajo. Eso igualmente llevó a pensar a la gente que les ocurrió porque eran malos.
¿Cuántas veces nosotros pensamos lo mismo? ¿Cuántas veces piensa la gente así? Pero el Señor nos dice: eso no es así, «no, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo» (Lc 13,3). Si no cambiamos, no sólo perdemos la vida temporal, lo perdemos todo, que es perder la vida eterna.
Tenemos que purificar la imagen que tenemos de Dios. Recordad lo que decíamos de los fantasmas de la noche, pues también, a veces, nos inventamos cada imagen de Dios que no concuerda para nada con las Escrituras, ni con lo que Jesús nos ha revelado. Hemos de cambiar la imagen de Dios.

14.- Vamos a proseguir la celebración y a pedir al Señor que nos ayude a vivir esta Cuaresma y este hermosísimo Año de la Misericordia. A vosotros que os ayude en la misión que os confía; por eso os ha llamado, por eso estáis aquí, por eso pertenecéis a la Renovación Carismática Católica en España. Algo está queriendo deciros el Señor y el Espíritu para que seáis dóciles instrumentos en sus manos.
Hay un texto de un autor espiritual que habla sobre la guitarra y el virtuoso de la guitarra. Con una guitarra buena, uno puede pensar que puede salir un concierto fantástico, pero la mejor guitarra del mundo, tocada por un inexperto, puede hasta romper sus cuerdas.
Una guitarra normalita, como nosotros, tocada por los dedos de Dios, que es el Espíritu, ofrece una sinfonía preciosa. Hay que dejar que el Espíritu nos toque y saque la sinfonía que Él quiere sacar de este instrumento normalito.
Seguimos dando gracias al Señor por su gran amor, por su misericordia, por la luz de la fe que nos ha regalado y nos ilumina en nuestro caminar día a día. Él también espera que esas higueras secas den algún fruto.
Se lo pedimos a la Virgen que sí que supo dejarse acariciar por el Espíritu. Que así sea.

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