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Entrega del Padrenuestro a una comunidad neo-catecumenal (Parroquia de La Purísima-Málaga)

Publicado: 23/04/2016: 1694

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga D. Jesús Catalá en la entrega del Padrenuestro a una comunidad neo-cateciumenal de la parroquia de La Purísima (Málaga) el 23 de abril de 2016.

ENTREGA DEL PADRENUESTRO
A UNA COMUNIDAD NEO-CATECUMENAL
DE LA PARROQUIA DE LA PURÍSIMA
(Málaga, 23 abril 2016)


Lecturas: Rm 8, 1-9; Mt 6, 5-15.

1.- La ley condena y el Espíritu vivifica.
El texto que hemos escuchado de san Pablo a los romanos es muy denso, haría falta estar una semana en silencio meditándolo pues hay mucho trigo bueno. Pablo hace como binomios; contrasta, en primer lugar, ley y gracia.
La ley no salva, nos hace conscientes del pecado, pero no salva. ¿Conocéis alguna ley que salve? En todo caso, al que no la cumple lo condenan.
La ley, por tanto, condena. La ley es para que tomemos conciencia de lo que se ha hecho mal. Mientras que la gracia, el don, justifica el pecado, perdona, redime, limpia, quita lo malo. Nos dice san Pablo: «No hay, pues, condena alguna para los que están en Cristo Jesús» (Rm 8, 1), porque el único que salva es Cristo Jesús, no hay más salvadores.
Esta semana los obispos españoles hemos estado reunidos en Madrid y hemos aprobado un documento muy bueno sobre Jesucristo Salvador del hombre y Redentor del mundo. Se está ultimando para la publicación y ya tendréis ocasión de poder leerlo y estudiarlo. Es un documento denso que está pensado para aquellos que hablan de Jesucristo sólo como Dios o sólo como hombre. Las herejías cristológicas vienen desde los primeros siglos de la Iglesia. Ya en el siglo III y IV se fueron purificando las maneras de ver a Jesús; y lo que hoy existe es repetición de lo que, en esos siglos anteriores, aconteció. Unos consideraron que Jesús fue adoptado como Hijo de Dios, pero no era Hijo; otros decían que era hombre, pero no era Dios; otros que era Dios pero que no era hombre. Y así siempre seguirá habiendo gente, fieles cristianos, que querrán hacer su teoría sobre Jesús. En este tema no hay que hacer teorías, hay que aceptar lo que Jesús es.
El Espíritu de vida en Cristo es el que nos libera de la ley del pecado, gracias al bautismo. No perdamos de vista que lo que estamos haciendo es un memorial, un recuerdo del bautismo que recibimos. En el fondo de la celebración de hoy, la entrega del Padrenuestro, está el revivir el bautismo. No vais a ser bautizados, ni rebautizados, porque no hace falta. Cuando uno se bautizó, aunque hayan pasado cuarenta o cincuenta años, ya está bautizado. Lo importante no es ahora pensar lo que nos parezca, sino ser conscientes de lo que el Señor nos regaló en el bautismo.
Estos gestos, estos ritos, desde que empezó el Camino Neocatecumenal, han ido perfeccionándose. Muchos obispos hemos hablado a los responsables porque daba la impresión al principio, hace ya muchas décadas, durante los años 80, como si fuera que hoy os bautizarais, y no es así. Esto es un redescubrimiento del bautismo.
Os hago una pregunta. La mayoría sois casados, pensad en el día de vuestra boda y los que no estáis casados podéis pensar en algún día en el que comenzasteis un proyecto importante. Ese día, ¿eráis realmente conscientes, como hoy, de lo que hicisteis en ese momento? La experiencia de esos años posteriores, ¿os ha hecho ser más conscientes de la verdad, del don de la gracia, de lo que significa y de lo que ha significado el matrimonio para vosotros? Os casasteis una vez, después es cuando habéis vivido lo que significa el matrimonio y la entrega mutua.
Pues bien, nos bautizaron una vez, única vez en la vida, y después somos conscientes y profundizamos en esa verdad, en esa gracia, en el don, en la riqueza que significa todo esto. Ojalá seamos conscientes del abismo de generosidad, de la profundidad, de esta llamada del Señor.
Ese es el rito de hoy, caer en la cuenta, ser más conscientes, profundizar en el significado de lo que el bautismo nos regaló: la paternidad de Dios para nosotros.

2.- Vivir según el Espíritu en contraposición a la carne.
El otro binomio del que Pablo habla es la contraposición entre carne y Espíritu. Las obras de la carne es lo que va en contra de Dios. Iría en el sentido de la ley; es lo que nos aparta de Dios; son las obras del diablo, las tentaciones del diablo, el mal en nosotros. Estas obras tienen sus consecuencias. Pablo las enumera en otro texto: el egoísmo, la fornicación, el odio, los rencores… (cf. Gal 5, 19-20). Todo aquello que daña al hombre desde dentro.
En contraposición, las obras del Espíritu, los frutos del Espíritu son otros: paz, paciencia, longanimidad, mansedumbre… (cf. Gal 5, 22-23). Y los dones del Espíritu: la alegría, la paz, la fortaleza, la ciencia, el temor de Dios… Esta contraposición entre carne y Espíritu está muy marcada a partir del bautismo. Cuando Dios nos regala el bautismo ya no quiere que estemos en la ley, sino que vivamos la gracia. Ya no quiere que hagamos las obras de la carne, sino las del Espíritu.
Según san Pablo: «pues los que viven según la carne desean las cosas de la carne; en cambio, los que viven según el Espíritu, desean las cosas del Espíritu. El deseo de la carne es muerte; en cambio el deseo del Espíritu, vida y paz» (Rm 8, 5-6); y continúa diciendo: «Por ello, el deseo de la carne es hostil a Dios, pues no se somete a la ley de Dios; ni puede someterse» (Rm 8, 7). Si somos carnales somos hostiles a Dios. El mundo, –usamos aquí el término mundo en contraposición a la vida de Dios–, es hostil a Dios y hostil también a los cristianos.
Sigue advirtiéndonos Pablo: «Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo» (Rm 8, 9).
En el bautismo recibimos la imagen de Cristo y somos marcados con la figura de Cristo. El término que utiliza el texto griego es “sfragís” (σφραγίς); este término no significa foto, ni pintura, sino la imagen de Cristo que queda como un sello del Espíritu, marcado a fuego. La imagen de Cristo queda marcada en nosotros a fuego, esculpida sobre piedra, sobre bronce, a fuego de Espíritu. Esa imagen no se borra jamás. Es la imagen que Dios nos regala de su Hijo para que seamos uno con Él, para que tengamos los mismos sentimientos que Él, para que actuemos como Él, para que recemos en Él, para que Cristo sea el centro de nuestra vida.
Esa imagen, imaginad que está grabada en piedra, si alguien la va martilleando podría difuminarla y borrarla. Esa imagen, a golpe de pecado, se difumina, pero no desaparece jamás. Puede quedar esa imagen de Cristo en nosotros difuminada por nuestro pecado, pero, después, con el perdón, vuelve a resplandecer la imagen que Dios ha marcado en nuestro corazón, imborrable y que ha cambiado nuestra vida de forma radical.
Hoy, con la entrega del Padrenuestro, es momento para dar gracias a Dios porque Jesús, en el bautismo, me ha cambiado de forma radical. He dejado de ser un leguleyo, un hombre de ley, y he pasado a ser un hombre agraciado, por la gracia. He pasado de ser un hombre de deseos de carne a un ser con deseos de Espíritu. He pasado a ser un hijo de Dios. Dios nos ha adoptado como hijos en el Hijo.
Somos hijos en el Hijo. No podemos pretender ser como el Hijo. El Hijo es el Hijo, esencial, único, unigénito. Los demás somos adoptados como hijos en el Hijo por el bautismo.
Y gracias al sacramento del bautismo, que es el origen de nuestra vida de gracia, podemos rezar el Padrenuestro, podemos cantar el Padrenuestro; podemos sentirnos, porque lo somos de veras, hijos de Dios.

3.- Orar al Padre del cielo.
La oración del Padrenuestro, en el texto del Evangelio de Mateo que se nos ha proclamado, nos muestra varias características sobre cómo debemos rezar:
- Sin ostentación: «Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa» (Mt 6, 5). Hemos de orar sin ostentación, sin orgullo, con sencillez, con humildad, como aquellos dos que entraron al templo, el fariseo y el publicano. El que oró con ostentación salió igual que entró. El que entró con humildad y rezó con humildad salió perdonado (cf. Lc 18, 9-14).
- En secreto: «Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará» (Mt 6, 6). Eso no quiere decir que no recemos en comunidad. En secreto es de hijo a Padre, en la intimidad, rezando con la Palabra de Dios, porque el Padre quiere que usemos las palabras que Él nos ha revelado. Por eso rezamos con los Salmos y con el Padrenuestro, que es la oración que resume todo. San Cipriano, que tiene un tratado sobre el Padrenuestro, dice que ahí está todo contenido. Es la oración dominical del Señor; dominical, “dominus”, del Señor, es la esencia de la oración. Y la podemos rezar en secreto, y también en comunidad, en la Iglesia.
- Sin muchas palabras: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso» (Mt 6, 7). El Padrenuestro tiene pocas palabras.
- Con confianza: «No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis» (Mt 6, 8). Lo que vamos a pedir ya nos lo ha concedido, porque el Padre sabe, de antemano, lo que necesitamos. Cuando vuestros hijos pequeños se os acercan a vosotros ya sabe la mamá que tiene hambre, ya le está preparando la comida, o el vestido, o la limpieza, porque sabe lo que le hace falta. Si vosotros lo sabéis, ¡cómo no lo va a saber vuestro Padre del cielo!
El Señor nos prepara con estas actitudes para después enseñarnos el Padrenuestro, sin ostentación, en secreto, sin muchas palabras y con confianza.

4.- La oración del Padrenuestro.
La oración del Padrenuestro basta. Rezando sólo el Padrenuestro no haría falta que rezáramos más peticiones. ¡Cuántas veces presentamos al Señor nuestras intenciones y necesidades! ¡Pero si eso el Señor ya lo sabe!
Rezando el Padrenuestro lo rezamos todo, ahí está dicho todo. Además, nos predispone a aceptar su voluntad. A veces, cuando hacemos una serie de peticiones y luego rezamos el Padrenuestro, incurrimos en una contradicción: primero pedimos por lo que nos interesa y después nos toca decir: “hágase tu voluntad”.
Como somos débiles el Señor nos comprende y permite que lo hagamos. Pero os invito a que en las peticiones que hacemos nos limitemos a describir las situaciones y las necesidades de los enfermos, de los refugiados, de las familias… y, en el fondo, que nuestra oración termine diciendo: «santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo» (Mt 6, 9-10). Sobre todo, ese “hágase tu voluntad” que tanto nos cuesta.
Os animo a que profundicéis en esta oración dominical, única, preciosa, que lo condensa todo.
Un día se acercó una viejecita muy mayor a un obispo durante una Visita Pastoral; le dijo que estaba preocupada porque empezaba a rezar el Padrenuestro y cuando decía Padre le entraba una gran sensación en su interior que le hacía llorar pensando que Dios era su Padre y todo lo que eso supone. Contaba esta señora que ya no podía continuar rezando el Padrenuestro, a lo que el obispo le respondió que continuara rezando así; con decir Padre muchas veces basta, Él ya sabe lo que cada uno necesita.
Vamos a continuar la celebración dando gracias a Dios por el bautismo, de donde arranca y nace todo; es el regalo inmenso que Jesús Redentor, Salvador, nos hace perdonándonos el pecado original, los pecados personales y haciéndonos hijos de Dios. Gracias al bautismo hoy todos podemos decirle Padrenuestro. Lo cantaremos, lo rezaremos con una gran profundidad, y si a alguien se le hace un nudo en la garganta hoy y no puede seguir cantando, que no se preocupe, que sólo diga Padre. Que así sea.   

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