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Rito de admisión al Ministerio Sacerdotal (Seminario-Málaga)

Publicado: 12/05/2016: 1687

RITO DE ADMISIÓN AL MINISTERIO SACERDOTAL
(Seminario-Málaga, 12 mayo 2016)



Lectura: Jn 17, 20-26.

1.- Vivir la comunión y la fraternidad
Acabamos de escuchar el texto del Evangelio de san Juan, que nos ofrece la liturgia hoy. En él, Jesús se dirige el Padre en la llamada oración sacerdotal. Y le pide que seamos fundamentalmente uno en ellos: «para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21). Este es el núcleo de la oración: que seamos uno.
Para esta petición, el evangelista pone en boca de Jesús dos motivos. El primero: que sean uno «para que el mundo crea» (Jn 17, 21). Cuando no somos uno, hacemos más difícil la fe de los demás. Los papas últimos han hablado mucho de la división entre los cristianos como barrera para que las personas crean.
Por tanto, objetivo primero, para que el mundo crea y acepte a Cristo como enviado del Padre, que seamos uno.
Y el segundo motivo que Jesús repite es este: «para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí» (Jn 17, 23). Unidad y comunión, para que sepan, para que conozcan. Bien sabéis, sobre todo los biblistas, que en Juan los términos: creer, conocer y amar son casi sinónimos. Por eso, ser uno, vivir la comunión y el amor, tiene la consecuencia de la fe –la creencia– y del conocimiento.
¿En qué consiste la vida eterna? En que te conozcan a Ti y a tu enviado Jesucristo (cf. Jn 17,3). Fijaos si es importante la comunión, el ser uno.
El presbiterio, y naturalmente la Iglesia, tiene en la Trinidad el modelo de vida de comunión. Tendríamos que trabajar, para parecernos un poquito más a la Trinidad, en la vida de comunión interna todos los miembros del presbiterio: diáconos y presbíteros.
El martes pasado en la reunión de arciprestes, un arcipreste nos comentaba que en su arciprestazgo habían llegado a un acuerdo en los criterios pastorales, pues, aunque entre ellos pudieran disentir, al menos, para que la gente no se escandalizara porque, de una parroquia a otra, se hacían las cosas de forma diferente. Y les decía que no era esa la mejor motivación, lo ideal sería que todos asimilemos los criterios pastorales que nos damos entre todos; asimilarlos y hacerlos nuestros. Pero que éste puede ser un primer paso: respetar los criterios pastorales, al menos para vivir en armonía, en sintonía y de cara al bien que podamos hacer a los fieles.

2.- Gozar de la gloria eterna
En segundo lugar, en la oración de Jesús, además de pedir la comunión, la unión y la unidad, Él pide que podamos gozar de la gloria eterna: «Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste» (Jn 17, 24). Jesús nos ha dado a conocer al Padre y dice que se lo ha dado a conocer a los discípulos, para que el amor que tiene el Padre viva también en nosotros y en los discípulos (cf, Jn 17, 26).
Estamos llamados no sólo vivir la gloria, sino a anunciarla a los demás. El otro día, les decía a los seminaristas que si el Señor dice que la vida eterna consiste en que conozcan al Padre y a su enviado Jesús, los que anunciamos al Padre, al Hijo y al Espíritu, estamos regalando, anunciando la vida eterna. Si la vida eterna es eso, su anuncio ya es el anuncio de la vida eterna.
De ahí, el valor que san Juan de Ávila da al sacerdocio con una visión sublime de lo que es ser sacerdote.

3.- Testigos y anunciadores de la Palabra
Jesús, en la oración sacerdotal dice que no sólo ruega por los discípulos, que en ese momento estaban con él, sino también por esos otros que creerán a raíz del testimonio de los primeros. «No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos» (Jn 17, 20). Y nos ha puesto ante el tema del testimonio. Los Apóstoles y los discípulos primeros nos transmitieron la fe. Pertenecemos a esa cadena de testigos y anunciadores de la Palabra de Dios.
A Pablo de Tarso, ya convertido, el Señor le dijo: «¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio en Jerusalén de lo que a mí se refiere, tienes que darlo en Roma». (Hch 23, 11). Siento esta mañana que el Señor, Jesús Sacramentado, igual que a Pablo de Tarso, nos dice a todos: “¡Ánimo! Deseo que deis testimonio de mi”. Si no es en Jerusalén, en Málaga. Y dentro de Málaga donde el Señor nos envíe y nos mande, o fuera de Málaga; la Iglesia es Universal.
Pero nos invita y Jesús nos dice: “ánimo, tenéis que dar testimonio de mi”. Y un testimonio es el de la comunión, el de la unidad del presbiterio y de la Iglesia.

4.- Fiesta de san Juan de Ávila
Termino con una cita de san Juan de Ávila, en el día que celebramos su fiesta, y en la que expone dos ideas complementarias:
Primera: somos intercesores ante Dios; y segunda: somos sagrarios de Jesucristo.
Respecto a la primera, ser intercesores ante Dios. Nos dice el santo: “No se puede explicar con palabras la santidad que se requiere para abrir y cerrar el cielo, ejercitar oficio de ángeles, y con la lengua; y al llamado de ella, venir el Hacedor de todas las cosas, y ser el hombre hecho abogado por todo el mundo universo, como lo fue Cristo en la Cruz”. Creo que estamos aún lejos de este ideal, pero el Señor nos concede representarle sacramentalmente y decir al penitente que se arrodilla delante de nosotros: “yo te perdono”. Y decir: “esto es mi Cuerpo”, como Cristo en la última cena que adelanta el sacrificio de la cruz.
Y respecto a ser sagrarios de Jesucristo, san Juan de Ávila escribe: “Somos sagrario del Hijo de Dios, que lo que la Virgen soberana trajo en el vientre nueve meses, lo encerramos nosotros cada día en nuestro pecho, y que en la misa nos ponemos en el altar en persona de Cristo a hacer el oficio del mismo Redentor, y hacémonos intercesores entre Dios y los hombres para ofrecer sacrificio; oficio que no tienen los ángeles”.
    Se lo pedimos a la Santísima Virgen María, Sagrario del Hijo de Dios, incluso de la carne del Hijo; y a san Juan de Ávila, gran maestro y modelo de espiritualidad sacerdotal para nosotros, pidámosle que nos ayude a vivir esta dimensión sacerdotal de intercesores y sagrarios de Jesucristo. Que así sea.

 

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