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Firma de documentos por parte de los diáconos (Seminario-Málaga)

Publicado: 07/06/2016: 3375

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga D. Jesús Catalá en la firma de documentos por parte de los diáconos, en el Seminario de Málaga, el 7 de junio de 2016.

FIRMA DE DOCUMENTOS
POR PARTE DE LOS DIÁCONOS
(Seminario-Málaga, 7 junio 2016)


Lecturas: 1 Re 17,7-16; Sal 4,2-8; Mt 5,13-16.

1.- La primera lectura del primer libro de los Reyes, que nos presenta al profeta Elías que recibe la Palabra del Señor, nos sugiere el tema de la providencia. La providencia de Dios es muy grande y, a veces, nos falta una dosis de confianza en el Señor y de aceptar su providencia. Todos tenemos y tendremos la tentación de pensar que hacemos las cosas, los proyectos pastorales, los programas, los cambios… Pero hay que ponerse ante el Señor, siendo realistas, y pensar que lo está haciendo Él.
Cuando expresamos lo que pensamos y decimos: «Señor ayúdame». En realidad, el Señor no te ayuda, lo hace Él. En todo caso le ayudas tú. ¿Me explico? La tentación es «yo hago», «yo proyecto», «yo transformo», «yo convierto», «yo predico» … Pero es el Señor el que lo hace todo en su Espíritu, por mediación de Jesucristo en el Espíritu; siempre la Trinidad.
Y a nosotros nos corresponde ponernos como instrumento de esa providencia de Dios, de la actuación o de la obra de Dios.

2.- El profeta Elías recibió la Palabra del Señor para que se retirara al torrente Querit, donde podría beber y comer, gracias a la providencia de Dios. –En el año 1981 me fui con un profesor mío de Sagrada Escritura a Palestina y nos bañamos en el torrente Querit–. Faltó la lluvia y el torrente se secó; y el Señor le dijo: «Levántate, vete a Sarepta de Sidón y establécete, pues he ordenado a una mujer viuda de allí que te suministre alimento» (1 Re 17,9).
En el torrente Querit le suministraba alimento unos cuervos, en Sarepta una viuda. Las mediaciones de las que se sirve el Señor no son grandes empresas ni reyes. Unos cuervos, por una parte, y una viuda que va a morir porque no tenía más, por otra parte.

3.- Elías, obediente, va a Sarepta donde encontró una mujer viuda que recogía leña, con muy pocos recursos para vivir ella y su hijo. Elías le pidió agua y pan (cf. 1 Re 17,10-11). Pero la viuda respondió: «Vive el Señor, tu Dios, que no me queda pan cocido; solo un puñado de harina en la orza y un poco de aceite en la alcuza. Estoy recogiendo un par de palos, entraré y prepararé el pan para mí y mi hijo, lo comeremos y luego moriremos» (1 Re 17,12).
Pero Elías le dijo: «No temas. Entra y haz como has dicho, pero antes prepárame con la harina una pequeña torta y tráemela. Para ti y tu hijo la harás después» (1 Re 17,13).
Porque así dice el Señor, Dios de Israel: «La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará hasta el día en que el Señor conceda lluvias sobre la tierra» (1 Re 17,14).
Ella obró según la palabra de Elías y comieron él, ella y su familia; y por mucho tiempo la orza de harina no se vació ni la alcuza de aceite se agotó, según la palabra del Señor por boca de Elías (cf. 1 Re 17,15-16).

4.- Aquí concluye la lectura de hoy, pero siguiendo el libro Primero de los Reyes, Elías de Sarepta, perseguido por la reina Jezabel se refugia en el monte Carmelo. Allí pasan tres años sin lluvia. Se entiende que probablemente la orza de harina y la alcuza estaría funcionado, al menos por esos tres años. El texto dice «por mucho tiempo».
Tras este periodo de sequía el Señor oyó la oración de Elías y volvió a llover y eso ocurrió cuando estaba en el monte Carmelo. Entonces, le dijo al rey Ajab que enganchara el carro, pues se acercaban lluvias torrenciales (cf. 1 Re 18, 1-2).
Ese es el trayecto. Elías va obedeciendo al Señor que le socorre con su providencia. Tres lugares: Querit, Sarepta y, al final, termina en el monte Carmelo.
Nuestra vida puede ser eso. Nos manda Dios a los lugares que Él quiere. Me vino la palabra de Dios y me dijo: «Vete a Málaga». Y, entonces, te fías del Señor. Aquí en Málaga no estáis a pan y agua, pero la providencia del Señor está funcionando. Y después, el Señor os enviará a donde sea. Hemos de confiar en la providencia del Señor porque es Él quien nos lleva. Es Él el que hace las cosas, es Él el que obra la salvación. Él no me ayuda, yo me dispongo y me pongo en sus manos.

5.- Queridos diáconos, sois servidores ya para servir al Señor en lo que os pida, para servir al Señor y a los hermanos.
Servidores con confianza y alegría en el Señor, hemos rezado con el Salmo. «Sabedlo: el Señor hizo milagros en mi favor, y el Señor me escuchará cuando lo invoque» (Sal 4,4).
Aún en las pruebas y en las dificultades, el Señor escucha a sus fieles cuando le invocan: «Escúchame cuando te invoco, Dios de mi justicia; tú que en el aprieto me diste anchura, ten piedad de mí y escucha mi oración» (Sal 4,2).
En el estribillo de repetición decíamos: «Haz brillar tu rostro Señor sobre tu siervo». La luz nuestra es la del reflejo del rostro del Señor.

6.- El Evangelio nos ha recordado: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente» (Mt 5,13).
Con una pizca de sal es suficiente, apenas un poco. Dadles un pelín de sabor a nuestra sociedad, con el fermento del Evangelio es suficiente, con un poco.
«Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa» (Mt 5,14-15).
Pero esa luz no es propia nuestra. Nosotros no somos de luz propia. Por eso, que brille la luz del rostro de Dios sobre nosotros. Somos la luz que se refleja en nosotros, pero que proviene de Dios. En este caso, del rostro de Cristo que revela quién es Dios Padre, Dios Trino.
Vamos a pedirle que nos ilumine con su luz y que nosotros reflectemos la luz de Cristo, la suya, no la nuestra.
«Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16).

7.- Los diáconos os comprometéis hoy en obediencia, castidad y dedicación al servicio de la Iglesia.
Este compromiso lo vais a realizar firmando encima del altar, pues esa va ser vuestra ofrenda esta tarde. No va a haber ofrendas de flores, pan o vino, sino que vais a ofreceros vosotros como ofrendas. Y lo haréis simbólicamente firmando los documentos que os pide la Iglesia para el compromiso de cara al presbiterado.
Vamos a pedirle al Señor que os ilumine, que os haga instrumentos suyos y que penséis que no os va a ayudar el Señor. Hemos de cambiar la oración. Vamos a servir al Señor en lo que nos pida. No le decimos al Señor que nos ayude a realizar una cosa concreta, pues a lo mejor el Señor quiere que hagamos otra cosa. De modo que es mejor decirle: «Ayúdame a servirte mejor».
Se lo pedimos a la Virgen, nuestra Madre, y además nuestro modelo de todo, de obediencia, de escucha, de servicio, de humildad, de diaconía, de tantas cosas.
La piedad mariana es esencial al cristiano y más si cabe al sacerdote. Que así sea.

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