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Bendición de la capilla del Instituto Internacional San Telmo de la sede de Málaga (Málaga)

Publicado: 09/06/2016: 6513

Homilía pronunciada por el obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la bendición de la capilla del Instituto Internacional San Telmo de la sede de Málaga, el 9 de junio de 2016.

BENDICIÓN DE LA CAPILLA

DEL INSTITUTO INTERNACIONAL SAN TELMO

DE LA SEDE DE MÁLAGA

(Málaga, 9 junio 2016)

 

Lecturas: 1 Re 18,41-46; Sal 64,10-13; Jn 4,19-24.

 

1.- La providencia de Dios derrama lluvia abundante

En la primera lectura se nos presenta al profeta Elías que anuncia al rey de Israel, Ajab, una lluvia abundante (cf. 1 Re 18,41), después de una larga sequía de no pocos años.

El profeta había rezado para que el Señor enviase la lluvia. Y había ordenado a su criado que otease el horizonte, desde el Monte Carmelo, sobre el mar, en Palestina, para descubrir la llegada de la lluvia. Y «en unos instantes los cielos se oscurecieron por las nubes y el viento, y sobrevino una gran lluvia» (1 Re 18,45).

La lluvia era esperada con gran ansiedad por el pueblo de Israel. Finalmente llega el don tan preciado, que fecundará los campos y dará abundantes cosechas.

El Señor, a nosotros, también nos ofrece una lluvia copiosa de sus gracias. Gracias que nos fecundan, tanto material como espiritualmente.

Esta Capilla, en el corazón de la sede del Instituto internacional San Telmo, puede ser como esa gruta de Elías donde se refugió y desde la que oró para para que viniera la lluvia abundante.

Pedimos al Señor que esta Capilla, que hoy bendecimos, sea lugar de abundantes gracias. Aquí, no solamente se enseñan especialidades y materias afines, aquí se intenta proclamar y anunciar el Evangelio y la doctrina social de la Iglesia.

Podemos rezar con el Salmo: «La acequia de Dios va llena de agua, preparas los trigales; así preparas la tierra» (Sal 64,10). La acequia de Dios va llena de agua.

También pedimos que nos disponga el Señor como surcos abiertos, para que el agua empape, corra y pueda fecundar, pues de lo contrario se desparrama y no fecunda la tierra, ni la reblandece.

Si cae mucha agua en terreno muy seco el agua se pierde. Necesitamos abrir el corazón, esponjarlo, para que penetre el agua del Señor, su gracia, sus gracias; digamos del agua benefactora del Señor: «Riegas los surcos, igualas los terrones, tu llovizna los deja mullidos, bendices sus brotes» (Sal 64,11).

Esto es lo que pido esta tarde para el Instituto: que sea tierra fecunda, que el Señor la bendiga, que haga llover y bendiga los brotes, que iguale los terrones. Cada uno, ahora, que piense cómo se igualan terrones con gente internacional, cada uno de una cultura, lengua, religión o sin religión; ¿cómo se igualan esos terrones para que la tierra quede mullida por el agua?

He aquí una tarea muy importante. Pido al Señor, en esta bendición, por los frutos buenos de la institución.

Y para que suceda lo del Salmo: «Coronas el año con tus bienes, tus carriles rezuman abundancia» (Sal 64,12). He ahí el objetivo.

 

2. La oración de intercesión

Elías intercede por su pueblo, y la oración de intercesión también es, hoy, muy necesaria.

Elías intercede en un tiempo en que la reina Jezabel animaba la presencia de los profetas que seguían a Baal y renegaban del Dios verdadero. Los profetas falsos eran 450. Y estaban dedicados a extender sus anuncios de falsas profecías. Y frente a ellos había quedado, como profeta del Dios verdadero, solamente Elías. Elías, un hombre de carácter, que predica la verdadera fe en medio de aquella pléyade de falsos profetas, adoradores de los ídolos de los baales.

Pensad en la serie de baales que tiene nuestra sociedad. También hoy se adoran ídolos baales y no al verdadero Dios. Que esta Capilla, que ahora bendecimos, sea lugar de oración de alabanza y de petición, de agradecimiento y de perdón, de confianza y de intercesión. Que sea, como la cueva del profeta Elías en el monte Carmelo, donde fueron a vivir siglos después algunos eremitas, a partir del siglo XII, de los cuales nació la orden carmelitana, ligada a la tradición de san Elías.

Cuando este profeta ordenó a su criado que vigilase la llegada de la lluvia, después de otear varias veces, a la séptima dijo el criado: «Aparece una nubecilla como la palma de una mano que sube del mar» (1 Re 18,44). La imagen de la nubecilla sobre el mar fue asociada a la Virgen María, cuya devoción se extendería bajo la advocación de “Virgen del Monte Carmelo” o “Virgen del Carmen”.

La devoción de la virgen del Carmen proviene de esa nubecilla que el criado de Elías vio, y que después, san Simón, con los primeros eremitas pusieron en el centro de su espiritualidad bajo la advocación de la Virgen del Monte Carmelo.

Ella es nuestra abogada e intercesora en cualquier situación. A ella debemos acudir en este valle de lágrimas, para recibir consuelo y apoyo en nuestro desvalimiento.

Aquí vemos, presidiendo el nicho del frontis del altar, la imagen de la Virgen del inmaculado Corazón de María, cuya fiesta se celebró el sábado pasado. Ante ella podemos decir que esa nubecilla que trae la lluvia copiosa, es ella. Ella es la que intercede por todos nosotros, la que intercede por el Instituto y por lo que aquí se está haciendo. Con lo cual hay que hacerlo bien, en sintonía con la Iglesia, con el Evangelio y con lo que significa Jesús para nosotros.

 

3.- La adoración a Dios en espíritu y en verdad

Finalmente, si la lectura que hemos leído es la que tocaba hoy, jueves de la X semana, el Evangelio, sin embargo, es el de la Samaritana, el diálogo de Jesús con la samaritana.

En este diálogo la mujer reconoce que Jesús es un profeta (cf. Jn 4,19), por todo lo que le ha dicho sobre su vida, sin conocerla previamente.

Y ella le plantea el tema del templo, tan discutido entre samaritanos y judíos: ¿dónde hay que adorar? Esa era su gran pregunta: ¿en el monte de Jerusalén o en Garizín? Los judíos decían en un sitio y los samaritanos en otro. «Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén» (Jn 4,20).

Jesús deja las discusiones estériles y le habla de la verdadera adoración a Dios: «Se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así» (Jn 4,23). ¿Qué es adorar en espíritu y verdad? ¿Hay que adorarlo en el monte o en el templo de Jerusalén, en el monte Garizín o en el oratorio de la Capilla?

Cristo rebasa los límites de todo. Nosotros le dedicamos lugares, que es lo que estamos haciendo. Lugares sagrados y es bueno, porque por nuestra constitución humana necesitamos espacios. Aquí hay espacios para clases, para encuentros, para reuniones, para trabajo, para esparcimiento. Me alegra que también haya un espacio sagrado.

Ahora bien, esta Capilla que hoy bendecimos, es y debe ser un lugar sagrado donde se adore a Dios en espíritu y verdad; es decir, según el hijo de Dios, según Jesucristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida, y según el Espíritu Santo en la medida que nos dejamos llevar por sus mociones, por sus inspiraciones.

Esto es lo que decíamos antes de la lluvia: si la lluvia cae sobre la piedra o un terreno duro, resbala. Si la lluvia de la Palabra de Dios, Cristo, o la lluvia de las gracias del Espíritu, que nos invitan a adorar a Dios en espíritu y verdad, caen sobre nuestro espíritu endurecido y no estamos abiertos, como la tierra buena, nos resbalarán.

Esta Capilla que hoy bendecimos, debe ser un lugar sagrado, un lugar donde se adore a Dios en espíritu y verdad, es decir, según el Hijo de Dios, Jesucristo, y según la moción del Espíritu Santo, porque «los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad» (Jn 4,24)

Por eso, vamos a pedirle al Señor que aquí, pero no solamente aquí, aquí como lugar sagrado, pero en nuestra vida, en las actividades que hagamos cualesquiera sean ellas, permitamos que la Palabra, Cristo, y las gracias del Espíritu penetren en nosotros, para adorar al Dios verdadero, al Dios de Jesucristo, en espíritu y verdad. Esa va a ser también hoy nuestra oración.

El ser humano busca continuamente la verdad y Jesús es la Verdad. Vosotros enseñáis verdades científicas, objetivas, comprobables más o menos. Algunos postulados indican que no se demuestra todo; aceptamos incluso en matemáticas postulados. Partimos de aquí como la verdad revelada. Enseñáis verdades científicas. En medio de ellas debéis dejar caer la Verdad.

Jesús es el manantial de agua viva. ¡Ojalá nosotros bebamos de esa agua y seamos valientes testigos de Jesús! Como le dijo a la samaritana: «yo te daré un agua viva que salta hasta la vida eterna» (Jn 4, 14).

Acerquémonos al manantial, ayudemos a otros a que se acerquen, para que desde el manantial de la ciencia puedan saltar al manantial de la vida eterna. Os lo ofrezco como tarea; ya la teníais, ya lo estabais asumiendo, pero ahora os la entrego a partir de esta bendición del oratorio como tarea renovada.

Pues, ojalá nosotros seamos también buenos testigos de Jesús, anunciadores de la palabra y bebamos de esta agua del manantial

Le pedimos a la Virgen del Inmaculado Corazón de María que nos acompañe en esta tarea de profundizar, descubrir a Cristo, y ayudar a otros a que se acerquen a este manantial. Que así sea.

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