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Colación de los Ministerios de Acólito y Lector (parroquia del Sagrado Corazón-Melilla)

Publicado: 30/06/2016: 2415

Homilía pronunciada por el obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la colación de los Ministerios de Acólito y Lector, en la parroquia del Sagrado Corazón, el 30 de junio de 2016.

COLACIÓN DE LOS MINISTERIOS DE ACÓLITO Y LECTOR

(Parroquia del Sagrado Corazón, 30 junio 2016)

 

Lecturas: Am 7,10-17; Sal 18,8-11; Mt 9,1-8.

 

1.- El Señor nos concede celebrar esta tarde el misterio de su muerte y resurrección uniéndonos a ese gesto de amor que Él mismo hace por nosotros y por toda la humanidad. Participar en esta Eucaristía implica, para cada uno de nosotros, hacer el mismo gesto que Jesús hizo, que es entregar la vida. Eso lo pide a todo cristiano, porque no es sólo propio de los ministros o de los sacerdotes.

Queremos dar gracias a Dios, en esta acción de gracias, por tantas cosas que el Señor nos regala en su Iglesia: por el ministerio sacerdotal, representado aquí por varios sacerdotes, uno de ellos recién ordenado, hijo de Melilla, Fran; y el Señor también nos quiere regalar esta tarde el don del ministerio laical, de acólito y lector, que conferirá a nuestro hermano Fernando, para el servicio de la Iglesia.

 

2.- Hemos escuchado el texto del libro de Amós, un profeta simpático que le tocó ejercer de profeta de una manera difícil. Amós era un pastor y un cultivador de higueras, de higos, sicomoros –los que habéis estado en Palestina habréis podido comprobar que sus frutos tienen la forma de los higos, pero son mucho más pequeños, en forma de bolitas–.

Un día el Señor llama a Amós y este responde textualmente: «Yo no soy profeta ni hijo de profeta. Yo era un pastor y un cultivador de sicomoros. Pero el Señor me arrancó de mi rebaño y me dijo: Ve, profetiza a mi pueblo Israel» (Am 7,14-15). Amós lo que hace es cumplir lo que Dios le pide en esa vocación profética. Y lo que profetiza, lo que habla en nombre del Señor, no gusta ni a los profetas oficiales, reales, ni al pueblo, ni al rey, porque anuncia muerte, destrucción y deportación.

 

3.- Pero no lo anuncia por una simple venganza de Dios, sino porque el pueblo se ha vendido, se ha prostituido, ha abandonado a Dios y se ha puesto a vivir como viven los pueblos de alrededor, adorando a los dioses falsos y no siguiendo al Dios verdadero; eso tiene sus consecuencias.

Cuando el pueblo de Israel, o el pueblo cristiano, no sigue las enseñanzas de Dios y cae en las costumbres, sobre todo cuando son contrarias a la ley de Dios, el mismo pueblo se envilece, pierde la luminosidad de ser pueblo de Dios y deja de guiarse por los mandamientos del Señor, como veremos después en el salmo.

 

4.- Por tanto, la predicación de este profeta, que el Señor ha sacado de pastorear el rebaño, se enfrenta con un profeta oficial, un profeta nombrado por el rey, en un santuario de Betel, santuario oficial del rey. Este profeta, llamado Amasías, va a quejarse, en primer lugar, a Jeroboán, el rey, y dice: «Amós está conspirando contra ti en medio de Israel. El país no puede ya soportar sus palabras» (Am 7,10), porque anuncia muerte, destrucción y deportación (cf. Am 7,11). Se queja al rey y se encara con el mismo Amós: «Vidente: vete, huye al territorio de Judá. Allí podrás ganarte el pan, y allí profetizarás. Pero en Betel no vuelvas a profetizar, porque es el santuario del rey y la casa del reino» (Am 7,12-13).

Pero resulta que lo que se cumple es la palabra del verdadero profeta Amós. No se cumplen las falsas profecías del falso profeta de bienestar, de paz, de no ataques a otros países vecinos; se cumple la palabra de Dios, la palabra de su profeta verdadero; y realmente hay destrucción en la ciudad, hay persecución y hay deportación.

 

5.- ¿Qué nos puede pasar hoy? Esto va para todos, fieles cristianos laicos y sacerdotes. Hay profetas de venturas en nuestra sociedad, hay medios de comunicación, hay políticos, hay señores, que anuncian venturas, felicidad, bienestar, el paraíso en la tierra: “si tienes esto serás feliz”, “si compras lo otro serás feliz”, “si vives así serás feliz”… profetas de venturas.

Pero esas profecías, como las de Amasías, no se cumplen porque, cuando la gente va detrás, buscando la felicidad en esos sitios o en esas cosas, eso no da la felicidad. “Vive como quieras”, “satisface tus deseos”… Eso no da felicidad. Eso puede dar gusto en un momento, pero deja al hombre más vacío que antes.

Y, ¿qué nos toca hacer a los cristianos? Lo que hizo Amós: “Mirad paisanos, si hacéis eso no encontraréis la felicidad, vais a quedar vacíos por dentro. Os estáis destruyendo en vida y no alcanzáis la felicidad. Os estáis apartando de la verdadera vida de Dios, del Dios verdadero”.

Nos podrán decir que estamos en la luna, que somos carcamales, que estamos anticuados porque no vamos a la moda o las modas, que eso que predica la Iglesia no se estila: ¿Cómo que hablar de un matrimonio entre varón y mujer? ¡Eso ya pasó! ¿Cómo que hablar de…? ¡Eso ya pasó! Pero, ¿dónde está la verdadera felicidad? En el anuncio y la vivencia de la Palabra de Dios.

A ti, Fernando, esta tarde se te confiere el ministerio de lector. No vas a leer tus poesías, ni tus escritos, sino que vas a proclamar la Palabra, proclamarla en la Asamblea; pues, que sea la Palabra de Dios. Que quien la escuche, pueda seguir esa Palabra. Es un ministerio de servicio a la Palabra, como lector, y de servicio del altar, como acólito.

 

6.- Hemos escuchado en el Salmo 18 que la Palabra de Dios, o los mandamientos de Dios, tienen muchas cosas buenas. Pero, en este texto, nos hablan sobre todo de tres cosas. Los mandamientos de Dios (la Palabra de Dios que leerás y que se proclamará aquí), en primer lugar, instruyen, educan, enseñan, ayudan a discernir lo que sí da la felicidad verdadera y lo que no. «La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye a los ignorantes» (Sal 18,8).

En segundo lugar, esa Palabra alegra el corazón del hombre. «Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos» (Sal 18,9).

Y, en tercer lugar, los mandamientos del Señor, sus Palabras «son verdaderos y enteramente justos» (Sal 18,10), como la palabra de Amós respecto a la del falso profeta Amasías. La palabra de Amós se cumplió, la de Amasías no se cumplió. «El temor del Señor es puro y eternamente estable (Sal 18,10); los mandamientos del Señor son más preciosos que el oro, más que el oro fino; más dulces que la miel de un panal que destila» (Sal 18,11).

Esa es la gran riqueza y el gran tesoro que el lector está llamado a proclamar a la Asamblea. Pero, antes, tienes que leerla tú, tienes que enriquecerte tú, tienes que tomar de esas riquezas, de esas vetas de oro, de esa miel que destila. Esto va para todos, pero de forma especial, a partir de ahora, para Fernando por el ministerio de lector y acólito que hoy va a recibir.

 

7.- Y finalmente, el Señor en el Evangelio hace dos cosas: cura y perdona los pecados. El Señor siempre hace las dos cosas, no perdona sólo. La enfermedad es una consecuencia del pecado. El Señor perdona el pecado y quita la consecuencia del pecado. Las enfermedades y la muerte temporal es consecuencia del pecado de Adán y del pecado propio.

Dice el Evangelio que subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad. «Le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: «¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son perdonados» (Mt 9,2).

Inicialmente no lo cura; llevan a un paralítico para que lo cure, no para que le perdone los pecados. Y es eso precisamente lo que hace Jesús en primer lugar, le perdona los pecados. Y eso escandaliza a los escribas y fariseos. Dijeron: «Éste blasfema» (Mt 9,3). ¿Quién puede perdonar los pecados sino es Dios? Pues claro que puede perdonar los pecados, porque es Dios.

Sin embargo, Jesús da la vuelta a la argumentación y les pregunta: «¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y echa a andar?» (Mt 9,5). Respecto a perdonar los pecados no saben bien si está o no perdonado, porque el otro queda igual, pero si levanta al paralítico sí que se lo creerán.

Y dice Jesús: «Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados —entonces dice al paralítico—: Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa» (Mt 9,6). Y así fue, «se puso en pie y se fue a su casa» (Mt 9,7). Y todos los allí presentes se quedaron atónitos. «Al ver esto, la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad» (Mt 9,8).

 

8.- ¿Qué tenemos que pedir al Señor cada uno de nosotros en primer lugar? Podríamos pedir que nos cure de nuestros males, que nos cure la salud física, que se cure mi mujer, mi hijo, mi marido, mi padre; o que, en primer lugar, nos perdone los pecados, porque es una sanación interior, íntima, radical, mucho mejor que la sanación física. Pero, ¿qué solemos pedirle antes?

Pidámosle que nos perdone los pecados, que nos cure y nos sane por dentro, que nos dé el alimento del pan de la Eucaristía y de su Palabra que nos transformarán en Él, nos resucitarán por dentro. Y después, si Dios quiere, que también nos cure de las enfermedades físicas, pero eso ya no es tan importante. A veces, hemos invertido el orden y la importancia de los hechos. Jesús es muy claro en su actuación: primero perdona, después cura físicamente, porque el perdón ya es una cura, ya es una sanación interior.

Vamos a proseguir la Eucaristía. Pedimos ahora de forma especial por nuestro hermano Fernando que recibirá los dos ministerios de acólito y lector.

Y pedimos también al Señor que nos haga profetas suyos, testigos como Amós, de sus palabras verdaderas; que nos sane por dentro, en primer lugar, y, después, como dice el Padrenuestro: “hágase tú voluntad”.

Pedimos a la Virgen de la Victoria, nuestra Patrona, que nos ayude a vivir así porque Ella así lo vivió. Amén.

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