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Funeral del Rvdo.D. Antonio Estrada (Pizarra)

Publicado: 04/03/2012: 3442

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la Eucaristía celebrada con motivo del funeral del Rvdo.D. Antonio Estrada en Pizarra el 4 de marzo de 2012

FUNERAL DEL RVDO. ANTONIO ESTRADA GONZÁLEZ

(Pizarra, 4 marzo 2012)

Lecturas: Gn 22, 1-2.9-13.15-18; Sal 115; Rm 8, 31b-34; Mc 9, 2-10.

(Domingo segundo de Cuaresma-B)

1.- En este segundo domingo de Cuaresma la primera lectura nos presenta la figura de Abraham. A Abraham le pidió el Señor, desde el comienzo del diálogo que entabla con él, que saliera de su tierra: «Levántate, sal de esta tierra y ve a la tierra que yo te mostraré» (Gn 31, 13b). Y Abraham, obedeciendo al Señor, se marchó dejando su tierra. Después, ya en otra tierra, el Señor lo vuelve a llamar dos veces. Hemos escuchado en la primera lectura cómo el Señor lo llama: «Abraham, Abraham», y Abraham le responde: «Heme aquí» (Gn 22, 1).

La primera llamada nos ha contado cómo se dirige Abraham con su hijo al monte para sacrificar lo que más quería, a su hijo: «Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moria y ofrécele allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga» (Gn 22, 2).

Y en la segunda llamada Dios premia a Abraham su fe y su amor: «Por mí mismo juro, oráculo del Señor, que por haber hecho esto, por no haberme negado tu hijo, tu único, yo te colmaré de bendiciones y acrecentaré tu descendencia» (Gn 22, 16-17).

2.- El Señor se dirige a cada uno de nosotros en este camino cuaresmal, en este camino hacia la Pascua, y nos llama y nos pide a cada uno que seamos capaces de ofrecerle lo que Él nos pide, lo que Él desea. ¡Que echemos a un lado las cosas que nos distraen y nos impiden atención del Señor! ¡Que seamos capaces de ofrecerle lo mejor de nosotros mismos!

Dentro del marco de estas exequias que celebramos para nuestro hermano Antonio, sacerdote, podemos afirmar que él ha vivido al estilo de Abraham. El Señor lo llamó: “sal de tu tierra, sal de Pizarra porque quiero llevarte adonde Yo quiero”. Las circunstancias históricas hicieron que saliera de su tierra y ni siquiera se quedara en la provincia de Málaga, ni en la diócesis, se marchó a otra diócesis lejana de aquí. Y allí, como hemos escuchado en la semblanza, estuvo más de veinte años ejerciendo el ministerio sacerdotal que le había pedido el Señor. Volvió el Señor a llamarle: “sal de esta tierra”, y lo hizo volver a sus orígenes.

Fundamentalmente el gran tiempo de su ministerio fue en La Cala del Moral. Supongo que aquí entre los presentes, aparte de los sacerdotes, los presentes fieles sois tanto de Pizarra como de la Cala, pues son los dos lugares de donde salió y hacia donde llegó en su ministerio. Después regresó aquí ya por enfermedad y he visto el cariño de sus paisanos que le han nombrado hijo predilecto y que lo quieren.

3.- Él es ejemplo para nosotros. Antonio, nuestro hermano sacerdote, no pudo regalarle a Dios como hizo Abraham a un hijo suyo, pero lo regaló lo que más quería, su vida, la ofreció al Señor, la consagró al Señor. Así ha vivido desde su ordenación en el 59 hasta hoy.

Y hoy le llama el Señor precisamente en una liturgia que la Iglesia nos propone como materia de consideración: la transfiguración. El Señor se llevó a los apóstoles más íntimos, a sus discípulos Pedro, Juan y Santiago, a un monte elevado, que por tradición llamamos el Tabor. Y allí delante de ellos se transfigura y aparece Él en su divinidad, con un rostro deslumbrante, con un vestido refulgente. Es una manera de hacerle caer en la cuenta de quién es Él, porque Él va a pasar del Tabor al Calvario. Jesucristo tiene que pasar por la muerte y se lo advierte. Incluso llega a decirles: “no digáis nada hasta que todo pase, hasta que Yo resucite de entre los muertos” (cf. Mc 9,9). Pero ellos no entendieron qué quiso decirles Jesús; lo entendieron después.

                Nos dice la voz del Padre: «Este es mi Hijo amado, escuchadle» (Mc 9,7). Jesús es el amado del Padre, que nos invita a escucharle y a seguirle del Tabor al Calvario. Y solamente acompañándole del Tabor al Calvario podremos resucitar con Jesús en la Pascua.

4.- Pedro vive esta experiencia profunda de unión con Jesús en la que les comunica Jesús el misterio de su identidad divina y el misterio de su amor. Por eso se siente amado y exclama: “¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas. Quedémonos contigo. No quiero perder tu presencia” (cf. Mc 9,5) Esa también ha sido una característica de Antonio, la amistad íntima a través de la oración y de la entrega con el Señor, la oración por vosotros sus paisanos y feligreses. El sacerdote puede seguir ejerciendo el ministerio por mucho tiempo si no reza y si no tiene como amigo del alma a Jesús.

Pedro lo sabía y Pedro y por eso quería contar la presencia y la cercanía de Jesús. Y Antonio ha vivido esa cercanía y esa presencia para trasmitírosla. «Este es mi Hijo amado, escuchadle» (Mc 9,7). Tuvo que escuchar la palabra escrita del Hijo amado, la palabra que el Espíritu dictaba en su corazón, para poder trasmitirla y predicarla; de lo contrario no podría haberla transmitido. Él ha escuchado la Palabra, ha escuchado al Hijo amado de Dios y os lo ha comunicado y os ha animado a escucharla.

5.- El camino cuaresmal, - toda la vida cristiana es cuaresma-, quiere enseñarnos a gustar las cosas de Dios, el insondable misterio del corazón de Cristo, hasta quedarnos fascinados por su belleza, hasta quedar transformados por su bondad. Sin este atractivo no entenderíamos nada del largo camino penitencial, del camino bautismal, un camino que empezamos el día de nuestro bautismo. De estas realidades nos sirve de recordatorio el Cirio Pascual, que simboliza la luz de la fe, un camino que termina cuando lleguemos al final de nuestra vida terrena. Y el camino cuaresmal que comenzamos el Miércoles de Ceniza culminará en la Pascua.

Hemos de recorrer ese camino para poder llegar a la divinización, a la iluminación plena. Hemos de continuar en este tiempo la oración, la conversión, la petición de perdón, el trato personal con el Señor, el cuidado de los hermanos más necesitados. He aquí las tres características fundamentales de Cuaresma: la oración, el ayuno y la penitencia, la compasión, la caridad y la limosna.

6.- La entrega de Cristo en la cruz, como oblación amorosa, es plenamente coherente con la transfiguración. Cristo quiso que sus más allegados lo pudieran contemplar en su luz trasfigurante para después poder tener fuerza y poder verle bajo el peso de la cruz, lacerado y azotado. Y solamente a través de la pasión y muerte Cristo se llega a la resurrección. Este es el camino, nos guste o no, de todo cristiano. El Señor se dirige en distintas ocasiones a Dios Padre de la misma manera. El mismo que en el río Jordán y en el monte Tabor escuchó las palabras: «Éste es mi hijo amado» (Mt 3, 17; Mc 9, 7), es el que en la noche oscura de Getsemaní dirá: «Padre, que no se haga lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres» (Mc 14, 36); en lo alto de la cruz exclamará: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46).

Toda la vida de Jesús ha sido un mirar, un contemplar y un escuchar al Padre para poner por obra su voluntad. Y ese es el camino que el Maestro Jesús nos invita a seguirle, cada uno de nosotros, para así poder contemplarle trasfigurado y para aceptar también los sufrimientos, la dureza de la vida, la pasión y la muerte, y al final poder gozarle.

7.- Nuestro hermano Antonio, después de esta iluminación de fe en el bautismo, después de su fidelidad en el camino del ministerio sacerdotal, ha podido contemplar vislumbrando la luz de Cristo a través de la palabra, de la fe, a través de las tres virtudes teologales y a través de la celebración eucarística. Esa luz es la que ha intentado trasmitir a sus feligreses. Pero esa trasfiguración que ocurre en el tiempo de nuestra vida, a través de la cual podemos vislumbrar mediante la fe y el amor ese rostro resplandeciente de Jesús, esa palabra que nos ilumina, ese amor que nos caldea por dentro y nos anima a amar al mismo Dios y a los hermanos, todo eso necesita una purificación. No se puede pasar de esta vida sin sufrimiento, sin dolor y sin muerte hasta la trasfiguración final, hasta la resurrección.

Él acaba de pasar por ella, el Señor le ha abierto las puertas, la antesala de la vida eterna que es la muerte. Él ha dejado ya este mundo. Ahora ya no contempla al Señor a través del velo de la fe, como nosotros; ahora su corazón no queda iluminado solamente por el amor cercano de un Jesús que se relaciona con él a través de los signos sacramentales; ahora su corazón vibra en directo de Dios; ahora sus ojos lo contemplan cara a cara, ya no es una simple trasfiguración en el monte Tabor; ahora ya ha atravesado la muerte; ahora ya está en el ámbito de la resurrección. Esa es nuestra fe y eso debe animarnos también a nosotros a vivir esta cuaresma con mayor profundidad, sabiendo que necesitamos pasar por el sufrimiento, por las pruebas, por el dolor; por eso Jesús se llevó a sus discípulos al Tabor para que vieran lo que vieron y que les diera fuerza para soportar lo que tuvieron que soportar después: persecuciones, sufrimientos, penas y hasta la muerte. De ese camino no nos escapamos nadie. Además, es la única forma de poder encontrarnos de modo definitivo con el Señor. La resurrección será siempre pasando por la muerte.

8.- Ahora le pedimos al Señor que acoja a nuestro hermano Antonio, sacerdote; que le regale lo que siempre anheló; lo que siempre quiso y siempre predicó: la luz plena, la paz verdadera, la felicidad duradera, la amistad auténtica, la libertad de todas las ataduras que tenemos en este mundo, que se lo conceda. Este es el objetivo de esta Eucaristía: pedir por él para que el Señor le acoja.

Quiero agradecerle a él esa dedicación que ha tenido a la Iglesia, a la diócesis de Sigüenza-Guadalajara y a la diócesis de Málaga, agradeciéndole, se lo he dicho en alguna otra ocasión cuando he podido encontrarme con él, pero quiero hacerlo ahora delante de vosotros como testigo, agradecerle esa entrega generosa, esa virtud chispeante, esa alegría que tenía, ese humor a pesar de haber tenido que bregar mucho durante su ministerio. ¡Gracias Antonio!

Y aunque ya lo ha dicho antes D. Rafael, párroco de La Cala, quiero agradeceros, queridos sobrinos y sobrinas en nombre del Presbiterio de Málaga, a cuya la cabeza estoy yo, y eso lo hago no sólo como deber sino como expresión de mi más sincero agradecimiento que sale desde el fondo de mi corazón. En diversas ocasiones hemos tenido encuentros personales y os he agradecido el cuidado que habéis tenido de vuestro tío; pero quiero volver a agradeceros hoy por este trato de cariño que le habéis dado a vuestro tío y por la manera en que os habéis dedicado a cuidarlo.

Y a todos vosotros, paisanos, que le queríais y que habéis manifestado el amor que le teníais con símbolos, y a los fieles de La Cala, que me hacéis recordar la primera Eucaristía que celebré en La Cala, que tuvo lugar precisamente como un acto de homenaje a él, pude constatar cómo os brotaba del corazón el cariño que le teníais a D. Antonio. Gracias por quererle y ahora de nuevo gracias por rezar por él.

Que la Virgen, a la que él tenía tanta devoción desde siempre, ahora le acompañe de la mano y lo lleve ante la presencia del Todopoderoso, de la Luz indeficiente, de la felicidad eterna. Que así sea.

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