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Dedicación del altar del Colegio de Sierra Blanca (Málaga)

Publicado: 08/03/2012: 3137

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la Eucaristía dedicada al altar del Colegio Sierra Blanca de Málaga el 8 de marzo de 2012.

DEDICACIÓN DEL ALTAR

DEL COLEGIO SIERRA BLANCA

(Málaga, 8 marzo 2012)

Lecturas: Jr 17, 5-10; 1 Pe 2, 5-6; Lc 16, 19-31.

1.- Hemos proclamado las lecturas de hoy, jueves de la segunda Semana de Cuaresma, respetando este tiempo fuerte litúrgicamente hablando. Tanto en la lectura de Jeremías como en el Evangelio hay una contraposición entre dos estilos de vida. Son dos personajes en el primer caso y dos personajes en el caso del Evangelio. Cada uno expresa con su actitud formas distintas de situarse ante Dios.

En Jeremías leemos: «Así dice el Señor: Maldito quien confía en un hombre y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor» (Jr 17, 5). “Maldito”, esto es fuerte, “maldito aquel que confía en el hombre, en sí mismo, y no confía en el Señor”. En cambio, «Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza» (Jr 17, 7). Dos formas distintas de situarse ante la vida y ante Dios. ¿Cuáles son las consecuencias de situarse frente a cada una de ellas?

Aquel que confía en sí mismo, en el hombre, en sus cosas y no confía en Dios, será, la imagen es increíble, «como cardo en la estepa, que nunca recibe la lluvia; habitará en un árido desierto, tierra salobre e inhóspita» (Jr 17, 6). Así es el que confía en sus propias fuerzas, en sí mismo y en el hombre, y no confía en el Señor; es como un cardo borriquero, estéril, vacío, sin fruto, sin fecundidad, sin sentido de la vida. Ese es el estilo de quien confía en sí mismo y en el hombre.

         ¿Qué le pasa al que confía en el Señor? Bendito quien confía en el Señor; será imagen totalmente distinta a la del desierto y el cardo, «será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío, su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto» (Jr 17, 8).

2.- Hoy vamos a dedicar esta capilla y el altar. La imagen de Jeremías me encanta poder usarla en esta consagración porque el altar es como esa corriente de agua, es río, ese manantial, que junto a él uno es capaz de ser fecundo, de desarrollarse como un gran árbol, de dar fruto abundante, de dar sombra, de alargar las raíces. Quien se acerque a este manantial, a este altar, quien participe de este altar será capaz de confiar en el Señor, de dar buen fruto, de estar lozano y frondoso.

La vida espiritual se afianza cuando se practica la oración, que es la corriente de agua que mantiene verde y frondoso al creyente. La vida sacramental, la lectura y la meditación de la Palabra de Dios, junto con la voluntad de entregarse uno mismo a Dios, donde uno no confía en sí, sino en Dios, y al no confiar en uno mismo ni en el hombre, lo que hace es fiarse de Dios y entregarse a los hermanos, todas estas cosas vienen a ser las fuentes que reavivan y dan lozanía interior a quienes desean caminar por las sendas del Evangelio.

En un texto que el Papa Benedicto dirigía a los jóvenes decía: «Sí, queridos amigos, Dios nos ama. Ésta es la gran verdad de nuestra vida y que da sentido a todo lo demás. No somos fruto de la casualidad o la irracionalidad, sino que en el origen de nuestra existencia hay un proyecto de amor de Dios. Permanecer en su amor significa entonces vivir arraigados en la fe, porque la fe no es la simple aceptación de unas verdades abstractas, sino una relación íntima con Cristo que nos lleva a abrir nuestro corazón a este misterio de amor y a vivir como personas que se saben amadas por Dios» (Benedicto XVI, JMJ 2011, Vigilia). Esto es lo que hace, lo que vive, lo que experimenta aquel que confía en el Señor, aquel que bebe del manantial de los sacramentos, de la Palabra y de la gracia.

3.- En este ambiente de consagración, llenos de este deseo de confianza y de fiarse del Señor, podemos pedir al Señor, haciendo nuestra esta oración del P. Carlos de Foucauld, que vivió en el desierto y que sabía lo que era el desierto; vivió fiándose del Señor y decía en esta oración que conocéis todos: «Padre: Me pongo en tus manos. Haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea, te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo. Lo acepto todo, con tal que tu voluntad se realice en mí y en todas tus criaturas. Es lo único que deseo, Padre. Te confío mi vida, te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo, y me es una necesidad de amor darme, ponerme en tus manos sin reservas, con una infinita confianza, porque tú eres mi Padre» (Carlos de Foucauld).

Bendito quien confía en el Señor. Bendito quien se nutra de este manantial. Bendito que quien venga aquí a rezar, a ofrecer, a elevar su corazón al Señor mediante la oración.

4.- Y la carta de Pedro nos ha recordado que somos piedras vivas. Hoy consagramos un templo material que habéis levantado, construido por manos de hombres, precioso, limpio, hermosísimo. A Dios siempre hay que darle lo mejor, pero nos recuerda Pedro que el fundamento y piedra angular es Cristo, y que todo cimiento debe estar construido sobre Él. Construir fuera de Cristo es echar a perder la construcción; es como aquel texto del Evangelio que nos habla de unos hombres que construían sobre arena y venían los vientos, las lluvias y los torrentes que aniquilaban esa casa hasta el punto de destruirla totalmente (cf. Mt 7, 26-27). Construir sobre Cristo es construir sobre fundamento firme, sobre roca. Cristo es la roca de salvación. Este templo construido por manos humanas es símbolo del cuerpo de Cristo que está construido por manos divinas, por manos del Espíritu.

Y todos nosotros, como hemos recordado en la aspersión del agua bendecida, somos piedras vivas que entramos en la construcción de la Iglesia. Pues el Señor nos pide que edifiquemos sobre Cristo. No pongáis otros cimientos que los ya puestos, no cambiéis de fundamento.

                 Hemos de pedirle al Espíritu también que nos ayude a saber colocar bien. Vosotros sabéis que cuando hay piedras toscas es más difícil trabajarlas y ponerlas en su sitio para que encajen. A veces el cantero tiene que coger el martillo, darle un golpe y quitar lo que estorba para poder encajarlas. Eso es lo que nos duele a nosotros, cuando el Espíritu nos toca, nos corta, nos quita lo que estorba para hacernos encajar, lo cual nos causa dolor y protestamos. ¡Pues, que no protestemos! Que sepamos que el Espíritu nos tiene que pulir, nos tiene que cortar como el buen cantero para que podamos entrar a formar parte de esa construcción y encajar en nuestro sitio, el que Dios quiera para nosotros, no el que uno pide o desea. Las piedras vivas del edificio espiritual que es la Iglesia, las pone, las coloca, sobre el fundamento que es Cristo, el Espíritu. Es el Espíritu que nos coloca y no nosotros que auto-colocamos.

5.- Vamos a pedirle al Señor que esta nueva capilla sea expresión de lo que queremos ser y que nos ayude el venir aquí a ser piedras vivas y a ser árboles lozanos que junto al manantial produzcan buen fruto.

Eso se lo vamos a pedir a la Virgen María, la Madre de Cristo, Madre de la Iglesia, Madre de cada uno de nosotros, que ha sabido encajar en el sitio que Dios le tenía reservado en la historia de la Salvación. A pesar de los planes propios que la Virgen María tenía, supo someterlos y aceptar el plan de Dios.

También pedimos la intercesión de san Josemaría que ocupó el lugar que el Espíritu le había asignado.

Que ellos os ayuden en la tarea de todos vosotros de formar nuevas generaciones, tarea compleja y difícil, y a veces dura, pero para eso estáis y para eso os ponéis en manos del Espíritu. Que así sea.

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