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Domingo de Pascua de Resurrección (Catedral-Málaga)

Publicado: 31/03/2013: 139

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en el Domingo de Pascua de Resurrección (Catedral-Málaga) celebrado el 31 de marzo de 2013.

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

(Catedral-Málaga, 31marzo 2013)

 

Lecturas: Hch 10,34.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9.

 

Vivir la dimensión eclesial de la fe

1.- Hoy es la gran fiesta de la Pascua. Los discípulos del Señor, como hemos escuchado en el libro de los Hechos, habían convivido con Jesús de Nazaret durante su vida mortal, habían compartido jornadas entrañables, habían sido testigos de los milagros y de las gestas realizadas por Él; conocían de primera mano que el Señor «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10, 38).

Los discípulos habían experimentado, al mismo tiempo, el valor de la comunidad, el don de la convivencia, la belleza de la fraternidad y del compartirlo todo.

La experiencia pre-pascual en compañía del Maestro la prolongaban después de la resurrección: «Nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos» (Hch 10, 41). Jesús resucitado los reúne de nuevo entorno a su persona, les habla a sus amigos, les alienta a permanecer unidos.

2.- El Señor les encarga la misión de anunciar el Evangelio: «Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos» (Hch 10, 42). La experiencia de fe compartida, les empuja a predicar lo que han vivido y recibido desde la fe.

Al oír las palabras del anuncio de la Buena Nueva que Pedro proclama, muchos se sienten personalmente interpelados, se arrepienten de sus pecados y se bautizan recibiendo el don del Espíritu Santo (cf. Hch 10, 45-48). Este hecho se repite en varios momentos de la vida de la primitiva comunidad cristiana (cf. Hch 2,41).

El camino de la Iglesia inicia como comunidad que lleva el anuncio de salvación en el tiempo y en el espacio; una comunidad, que es el pueblo de Dios, fundado sobre la nueva alianza, gracias a la sangre de Cristo; una comunidad, “cuyos miembros no pertenecen a un grupo social o étnico particular, sino que son hombres y mujeres procedentes de toda nación y cultura. Es un pueblo «católico», que habla lenguas nuevas, universalmente abierto a acoger a todos, más allá de cualquier confín, abatiendo todas las barreras. Dice san Pablo: «No hay griego y judío, circunciso e incircunciso, bárbaro, escita, esclavo y libre, sino Cristo, que lo es todo, y en todos» (Col 3, 11)” (Benedicto XVI, Audiencia general El Año de la fe. La fe de la Iglesia, Vaticano, 31.10.2012).

3.- La Iglesia aparece desde sus orígenes como el lugar de la fe, el ámbito de la transmisión de la misma, donde, por el bautismo, se está inmerso en el misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo; misterio, que hemos celebrado en la Semana Santa, y que hoy culmina con este Domingo de Resurrección.

Pertenecemos a una comunidad que vive de la fe; somos miembros de una familia, que cree en Dios y lo adora. Profesamos, individual y comunitariamente, la fe de la Iglesia, la fe del pueblo de los creyentes en Cristo, que nos da la libertad de hijos y nos introduce en la comunión con el Dios Trinitario. Estamos inmersos en la comunión con los demás hermanos de fe, con todo el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. En la comunidad eclesial es donde la fe personal crece y madura (cf. Benedicto XVI, Audiencia general El Año de la fe. La fe de la Iglesia, Vaticano, 31.10.2012).

El Concilio Vaticano II nos recuerda que “Dios quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa” (Lumen gentium, 9).

4.- Es necesario, queridos fieles, profesar de modo personal la fe, porque es un acto de confianza y de amor a Dios, que nadie puede hacer por otro. Es insustituible la experiencia individual con el Señor y el encuentro personal con Él.

Pero, como dice el papa Benedicto XVI: “No puedo construir mi fe personal en un diálogo privado con Jesús, porque la fe me es donada por Dios a través de una comunidad creyente que es la Iglesia y me introduce así, en la multitud de los creyentes, en una comunión que no es sólo sociológica, sino enraizada en el eterno amor de Dios que en Sí mismo es comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; es Amor trinitario. Nuestra fe es verdaderamente personal sólo si es también comunitaria: puede ser mi fe sólo si se vive y se mueve en el «nosotros» de la Iglesia, sólo si es nuestra fe, la fe común de la única Iglesia” (Benedicto XVI, Audiencia general El Año de la fe. La fe de la Iglesia, Vaticano, 31.10.2012).

5.- Existe una tendencia, bastante difundida en nuestra sociedad, que induce a relegar la fe a la esfera de lo privado. Esto contradice la naturaleza misma de la fe. La fe se alcanza por mediación de la comunidad cristiana; se entra en la Iglesia por un acto comunitario de aceptación como miembro de la misma.

En la celebración de la Vigilia pascual de anoche, celebrada aquí en la Catedral y en tantos lugares del mundo, fueron bautizados en la fe de la Iglesia e incorporados a la misma.

La comunidad cristiana está integrada por personas, reunidas en Cristo, guiadas por su Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y encargadas de comunicar la Buena Nueva de la salvación a todos los hombres; por ello la Iglesia es solidaria con el género humano (cf. Gaudium et spes, 1).

El papa Benedicto nos recordaba: “Necesitamos la Iglesia para tener confirmación de nuestra fe y para experimentar los dones de Dios: su Palabra, los sacramentos, el apoyo de la gracia y el testimonio del amor (…). En un mundo en el que el individualismo parece regular las relaciones entre las personas, haciéndolas cada vez más frágiles, la fe nos llama a ser pueblo de Dios, a ser Iglesia, portadores del amor y de la comunión de Dios para todo el género humano” (Audiencia general El Año de la fe. La fe de la Iglesia, Vaticano, 31.10.2012).

6.- La Iglesia, estimados hijos, nos ofrece hoy la alegría pascual de Cristo resucitado, para que llene nuestras vidas y las ilumine. ¡Queridos hermanos, dejemos que la Luz de Cristo Resucitado penetre hasta el fondo de nuestro corazón, disipando las tinieblas y los miedos, que nos circundan y amenazan!

Vivamos con alegría el don de la fe, apreciando su dimensión eclesial, sin la cual no es posible profesarla.

Iluminados por su Luz, podremos ser también nosotros testigos del Resucitado, como lo fueron los apóstoles.

Que la Virgen, Santa María de la Victoria, que vivió unida a la comunidad de discípulos del Señor y se llenó de alegría con la resurrección de su Hijo, interceda por nosotros, para que vivamos este tiempo pascual con gran fruto y demos testimonio de la Resurrección de Cristo. Amén.

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