DiócesisHomilías

Encuentro con los participantes en la peregrinación a Tierra Santa (Parroquia de Cristo del Calvario-Marbella)

Publicado: 19/05/2013: 108

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en el Encuentro con los participantes en la peregrinación a Tierra Santa (Parroquia de Cristo del Calvario-Marbella) celebrado el 19 de mayo de 2013.

ENCUENTRO CON LOS PARTICIPANTES

EN LA PEREGRINACIÓN A TIERRA SANA

(Parroquia de Cristo del Calvario – Marbella, 19 mayo 2013)

 

Lecturas: Hch 2,1-11; Sal 103,1.24.29-31.34; 1 Co 12,3b-7.12-13; Jn 14,15-16.23b-26.

1.- Un saludo fraternal al párroco, D. Claudio, a los ministros que me acompañan, a los feligreses de esta querida parroquia, a la que finalmente he venido. He venido en otras ocasiones de manera privada y sin celebrar la Eucaristía. Hoy va a ser la primera celebración que realice en esta parroquia de Cristo del Calvario en Marbella.

También un saludo especial a los quienes participamos en la peregrinación a Tierra Santa con motivo del Año de la Fe. Después tendremos ocasión de encontrarnos de nuevo y saludarnos personalmente.

2.- Estamos al final del tiempo pascual; cincuenta días celebrando la fiesta de la Pascua. Cincuenta días es un poco más que la cuaresma. Hoy el acontecimiento que celebramos es la venida del Espíritu Santo; o mejor, el envío que Jesús hace de su Espíritu. El Padre y el Hijo nos regalan el Espíritu como don. Es un don, un regalo.

Hago un paréntesis para insistir en que el sacramento de la confirmación es un regalo fundamentalmente; no es tanto una profesión personal de la fe, cuanto una recepción el don del Espíritu para ser testigos y profesar la fe. Esta es la razón por la cual la confirmación, al igual que el bautismo, puede ser recibido en edades tempranas. También recordar que ningún cristiano adulto debe quedar sin confirmar. Todos los cristianos bautizados en su infancia, llegados a partir del uso de razón, deberían prepararse cuanto antes, como dice el magisterio de la Iglesia, para recibir la confirmación. Porque la confirmación es el perfeccionamiento del bautismo; porque es la donación de plenitud del don del Espíritu. Es el Pentecostés que transforma a quien recibe el Espíritu.

3.- En el libro de los Hechos hemos visto que los apóstoles por miedo a los judíos estaban con las puertas cerradas. El miedo encierra, bloquea, paraliza; así estaban los apóstoles. Pero cuando reciben el Espíritu su actitud queda desbloqueada, las puertas se abren, el corazón se abre y ellos se abren a los demás. El miedo, después de la donación del Espíritu, queda transformado en valentía, la cobardía en valor, la timidez en intrepidez, la ignorancia en sabiduría. Podremos ir meditando los diversos dones del Espíritu; se han distribuido unos corazones con una frase que después leeremos, al final de la homilía.

El cristiano si se abre a la acción del Espíritu puede vencer el miedo a los ataques, a los bloqueos que nos vienen de fuera. Hoy necesitamos valentía en esta sociedad para testimoniar el Evangelio de Jesucristo. Hay mucha gente que desea que lo cristiano quede reducido dentro de las iglesias, en lo privado, en el ámbito familiar; pero que no influya en lo social, que no influya en lo público, que no toque las dimensiones del hombre. Sin embargo, la luz del Evangelio debe tocar todas las dimensiones del hombre: sociales, familiares, económicas, políticas, culturales. La luz de la fe debe iluminar todo. Hemos de tener esa apertura y valentía para impregnar nuestro mundo de la luz de Cristo.

4.- Puede haber otro motivo de miedo, que procede de dentro; y es más bien interno en la Iglesia. Hoy se celebra la Jornada del Apostolado Seglar asociado: Acción Católica, movimientos, cofradías, asociaciones. A veces aparece una nueva asociación, sea cofradía o congregación, y da la impresión de que haya miedo a que nazca otra asociación, porque a lo mejor le quita el sitio o le quita la tarea que uno estaba haciendo.

También puede ocurrir que aparece una nueva persona impulsada por el Espíritu que se presta en la comunidad parroquial para ejercer una tarea. Y aquella persona o aquel grupo que estaba llevando a cabo esa tarea, se comporta como si tuviera de miedo a que aparezcan nuevas realidades, que se acogen con reserva.

Pero el Espíritu es precisamente renovación y novedad. El Espíritu renueva todas las cosas. Le hemos pedido en el Salmo: «Envía tu Espíritu y que renueve la faz de la tierra» (103). ¡Que el Espíritu lo renueve todo y que haga un mundo nuevo! No tengamos miedo, pues, de la novedad, de lo nuevo, de nuevas personas, de nuevos bautizados, de nuevas asociaciones; no tengamos miedo a nada de eso.

Si proviene del Espíritu y es fruto del Espíritu, encajará perfectamente. Imaginad una orquesta con muchos instrumentos y muchas voces. Un instrumento nuevo, una voz nueva si está armónicamente dirigida por el director encaja perfectamente. Si esa novedad es del Espíritu encajará perfectamente; armónicamente se acoplará en la comunidad cristiana. Ahora bien, si es un capricho de una persona o de un grupo no encajará; al final se deshará, se marchará o desaparecerá.

Hay que discernir. Si viene del Espíritu hay que acogerlo sin miedo, porque nos renueva a nosotros y a la comunidad cristiana. Si no es del Espíritu, hay que hacer también discernimiento y ponerlo en su sitio.

5.- Estamos en el Año de la Fe y el Espíritu tiene mucho que ver con la vivencia de la fe, porque es el que nos permite con su fuerza vivir como cristianos bautizados. No puede haber separación entre la fe y la vida. Uno no puede decir que es creyente, que vive la fe de puertas adentro de la Iglesia o de puertas adentro de su casa y esa fe no tiene nada que ver con el resto de la vida, ni con la familia, ni con el trabajo, ni con la sociedad, ni con los vecinos, ni con nadie. Eso no sería vivir la fe.

La fe vive e impregna todos los momentos de la vida y, por tanto, hay unidad íntima entre fe, –amor a Dios–, y vida; de lo contrario, no es una vivencia auténtica de la fe.

Pedimos al Espíritu Santo que nos ayude a armonizar nuestra fe personal subjetiva con la fe de la Iglesia que profesamos. La fe de la Iglesia es perfecta, lo que significa el Credo, las verdades de fe, lo que enseña el Magisterio, lo que es la vida moral, lo que es la liturgia, es todo un conjunto armónico perfecto.

Puede que mi fe aún sea bastante imperfecta, pues todos estamos en camino, y le falte aún un trecho para identificarse con la fe objetiva de la Iglesia. Puede sucedernos a todos, y a mí también; pero hemos de hacer el esfuerzo de que nuestra fe esté lo más cerca o sea lo más sintónico con la fe de la Iglesia.

6.- El Espíritu nos ayuda a recorrer el camino. Hemos oído hoy en el Evangelio: «El Espíritu que os enviaré os guiará hasta la verdad plena» (cf. Jn 14, 16). La verdad está ahí, es objetiva, la verdad es Cristo. Pero me cuesta entender y vivir a Cristo en mi vida. Para eso necesito la fuerza del Espíritu, que cada día me va descubriendo aspectos nuevos que no entendía antes. Cada día me ayuda a amar más que antes. Cada día me ayuda más a identificarme mejor con Jesucristo. Eso es lo que hace el Espíritu, nos acompaña y nos guía a la verdad plena.

Una tarea es sintonizar mi fe personal con la fe de la Iglesia. Sintonía entre fe personal y fe de la Iglesia, sintonía entre fe y vida, y sintonía entre fe y caridad, como una consecuencia de las dos anteriores. Si la fe cristiana no me lleva a vivir la caridad hacia Dios y hacia el prójimo, probablemente no es una auténtica fe. Y no nos toca hacerlo, porque estemos en un momento de crisis económica. La caridad y el amor al prójimo es una consecuencia de la fe y del amor. En todo momento, tanto en tiempo de bonanza como en tiempo de crisis, siempre la fe me ha de llevar a la caridad.

7.- Vamos a pedirle al Señor que nos ayude, que nos envíe el Espíritu y que penetre dentro de nosotros para transformarnos y para renovarnos.

Aunque terminemos hoy el tiempo pascual el camino sigue. Mañana empezamos la séptima semana del Tiempo ordinario de la liturgia. Ser cristiano se vive cada día, cada momento, en cada aspecto y dimensión de la vida humana. En la cotidianidad nos ayuda el Espíritu a ser testigos de la fe, en este Año de la Fe.

Se lo pedimos a la Virgen, que fue dócil al Espíritu, recibió con los apóstoles la donación del Espíritu Santo. Que Ella nos acompañe en esta vía, en este camino que todos recorremos hacia la Patria celeste. Que así sea.

Más artículos de: Homilías
Compartir artículo