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Eucaristía con la participación de la Cofradía de Jesús "El Rico" (Catedral-Málaga)

Publicado: 31/03/2021: 186

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la Eucaristía con la participación de la Cofradía de Jesús "El Rico" celebrada en la Catedral de Málaga el 31 de marzo de 2021, Miércoles Santo.

EUCARISTÍA CON LA PARTICIPACIÓN

DE LA COFRADÍA DE JESÚS “EL RICO”

(Catedral-Málaga, 31 marzo 2021)

Lecturas: Is 50, 4-9a; Sal 68, 8-10.21-22.31.33-34; Mt 26, 14-25.

El Amor que redime y perdona

1.- El profeta Isaías presenta la figura del “Siervo de Yahvé”, como un justo perseguido, juzgado y condenado injustamente. De manera libre se deja vejar y maltratar por sus enemigos: «Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos» (Is 50, 6).

Este Siervo no merece la condena a muerte que le imponen. Nosotros, en cambio, como el ladrón crucificado al lado del Señor (cf. Lc 23, 41), merecemos la condena que él asume. Somos nosotros los condenados justamente por nuestros pecados; pero es Cristo quien asume nuestra condena; es Él quien carga con nuestra cruz; es Él quien nos perdona y nos da la libertad. Porque Él es el Amor que redime y perdona.

Él ha cargado sobre sus espaldas la condena de toda la humanidad. Y aunque no seamos condenados por un tribunal humano, Él carga siempre sobre sus espaldas la condena que merecen nuestros pecados. Por eso camina encorvado y doblado bajo el peso de la cruz.

Esta tarde Jesús el Rico, redentor y misericordioso, no solo ha liberado un preso, sino tres; es una manera extraordinaria de expresar su perdón.

2.- Dios ama al hombre de manera gratuita y total, porque es amor que perdona (cf. Benedicto XVI, Deus caritas est, 10); es un amor que se sitúa en el lugar del otro. La participación personal en las necesidades y sufrimientos del otro se convierte en una donación de la propia persona, para que esta donación no humille al otro.

“Éste es un modo de servir que hace humilde al que sirve. No adopta una posición de superioridad ante el otro (…). Cristo ocupó el último puesto en el mundo —la cruz—, y precisamente con esta humildad radical nos ha redimido y nos ayuda constantemente” (Benedicto XVI, Deus caritas est, 35).

3.- En el misterio de la cruz resplandece el gran amor de Jesús por nosotros: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15,13), había dicho Jesús en el cenáculo. Pero él incluso ha dado su vida por quienes le hemos ofendido.

Jesús considera a todos como “amigos”. Los hombres podrán pensar que son amigos o enemigos de Dios; pero él nunca podrá ser enemigo del hombre. La palabra «amigo» en sentido activo indica aquellos que aman; pero en sentido pasivo indica aquellos que son amados. Jesús llama a Judas «amigo» (Mt 26,50) no porque Judas le amara, sino porque Él amaba a Judas. Y esto podemos decirlo también de nosotros: Jesús nos llama “amigos” porque nos ama, aunque a veces nosotros no correspondamos a su amor.

Por eso dice san Pablo: «Por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; más la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros»; «Cristo murió por los impíos en el tiempo señalado» (Rm 5,6-8). Por eso Jesús, “El Rico” en amor y en misericordia, perdona y redime.

4.- Tener misericordia significa apiadarse (misereor) en el corazón (cordis) y perdonar a todos, amigos y enemigos, porque todos estamos necesitados de perdón. Si tuviéramos presente los sufrimientos de las personas, fueran quienes fueran, amigos o enemigos, estaríamos más dispuestos a hacer las paces y vivir en armonía; derribaríamos los muros de división que nos separan; gozaríamos de la verdadera fraternidad universal, a la que nos llama el papa Francisco en su encíclica “Fratelli tutti”; superaríamos los conflictos bélicos en todo el mundo y las divisiones entre naciones, regiones, familias, partidos políticos e incluso entre confesiones religiosas o entre hermanos de la misma cofradía.

El amor de Cristo en la cruz puede ayudar al hombre a encontrar el sentido de vivir y de amar (cf. Deus caritas est, 12), porque es un amor de misericordia, que disculpa y perdona, que no quiere destruir al enemigo, sino el pecado de discordia (cf. Ef 2,16).

Hoy tenemos mucha necesidad de misericordia y de perdón, para no caer cada vez más en el abismo de una violencia globalizada.

Sigamos el consejo del apóstol Pablo a los colosenses: «Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros» (Col 3,12-13).

Queridos hermanos, pedimos al Señor, ante las imágenes de Jesús El Rico y María Santísima del Amor, que nos conceda su misericordia y que nos ayude a saber perdonar a los demás. Amén.

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