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XXV aniversario de la Coronación Canónica de la Virgen de la Paz (iglesia de Santo Domingo-Parroquia de San Sebastián, Antequera)

Publicado: 19/06/2013: 95

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en el XXV aniversario de la Coronación Canónica de la Virgen de la Paz (iglesia de Santo Domingo-Parroquia de San Sebastián, Antequera) celebrado el 19 de junio de 2013.

XXV ANIVERSARIO DE LA CORONACIÓN CANÓNICA

DE LA VIRGEN DE LA PAZ

(Iglesia de Santo Domingo-Parroquia de San Sebastián)

(Antequera, 19 junio 2013)

 

Lecturas: Is 9,1-3.5-6; Sal 84,9ab‑10-14; Lc 1,26-38.

1.- Celebramos hoy, con gran gozo, el vigésimo quinto Aniversario de la coronación canónica de la imagen de NªSª de la Paz de la Archicofradía del Dulce Nombre de Jesús y NªSª de la Paz Coronada, de Antequera. Deseo felicitar a los miembros de la Junta y a los Hermanos de esta archicofradía, que tiene el gozo de conmemorar este feliz y hermoso aniversario.

Un saludo fraternal también a todos los fieles devotos, que vienen esta tarde con actitud filial y como peregrinos a dar gracias a Dios por los muchos dones recibidos de su bondad, y a pedir la maternal intercesión de la Virgen de la Paz.

Son muchos los fieles cristianos, que se aclaman a la Virgen para agradecer sus favores e implorar su protección y ayuda en las necesidades materiales y espirituales. María es Madre de todos y nos ofrece a su Hijo Jesús, para ser salvados de nuestros pecados.

2.- La Virgen de la Paz toca los corazones de sus hijos, para orientarlos hacia el “Príncipe de la Paz” (Is 9, 5), Jesucristo, el Hijo de Dios. Venerar a la Reina de la Paz implica dirigir la mirada y el corazón hacia su Hijo, ambos son inseparables.

A causa de su íntima y estrecha relación con el Hijo, «Príncipe de la paz», la santísima Virgen es venerada como «Reina de la paz». El papa Benedicto XV, en el año 1917, en plena guerra europea, mandó añadir a las Letanías lauretanas la invocación «Reina de la paz». Eran momentos difíciles, en los que el odio y los intereses nacionales e internacionales oponían como enemigos a personas de la misma cultura, a hombres con los mismos ideales y a hermanos en la misma fe.

La Santísima Virgen María fue aclamada por todos como Reina de la Paz y su intercesión fue calmando los ánimos belicosos de los implicados en la contienda.

3.- En esta celebración eucarística conmemoramos la cooperación de la Virgen en la reconciliación o «paz» entre Dios y los hombres, realizada por Cristo.

En primer lugar, en el misterio de la encarnación, como hemos escuchado en el Evangelio de san Lucas: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc 1,31-33).

Es un reinado, que inició hace dos mil años que no acabará. Esto recuerda el sueño, que tuvo el rey Nabucodonosor, en el que vio una estatua con la cabeza de oro, el pecho y brazos de plata, sus lomos de bronce, sus piernas de hierro y sus pies parte de hierro y parte de arcilla; y una piedra se desprendió, sin intervención humana, pulverizando la estatua y convirtiéndose en un gran monte, que llenó toda la tierra (cf. Dan 2,31-35). Daniel, israelita desterrado en Babilonia, explicó al rey el sentido de este sueño (cf. Dan 2,37-45). El pequeño pueblo, que nace con Jesús, se va haciendo cada vez más grande hasta ocupar toda la tierra y su reino no tendrá fin. Y los enemigos de ese reino serán puestos por escabel de los pies del Hijo de Dios y de su Madre; y el que se resista a entrar ahora en ese reino, no tendrá más remedio que acatarlo después de su muerte; porque la Paz y el Amor de Cristo triunfarán sobre cualquier tipo de odio, de egoísmo y de muerte.

María concibe en su seno al Rey, que traerá una paz eterna a la humanidad. En el Prefacio de la Misa recitaremos que la humilde esclava del Señor, «al recibir el anuncio del ángel Gabriel, concibió en su seno virginal al Príncipe de la paz». Esta verdad tiene otra consecuencia: el respeto al ser humano desde el seno materno; no es necesario insistir ahora en este tema.

En segundo lugar, contemplamos la cooperación de la Virgen Santísima en el misterio de la pasión, ya que «ella es la madre fiel, que se mantuvo intrépida, en pie, junto a la cruz, donde el Hijo, para salvamos, pacificó con su sangre el universo» (Prefacio). Este momento es muy importante en la vida de Jesús y en la de su Santísima Madre, donde aparece su colaboración a la paz universal.

Y, en tercer lugar, en el misterio de Pentecostés, como dice el Prefacio, la Virgen de la Paz es la «alumna de la paz, que, orando con los apóstoles, esperó... el Espíritu de la paz, de la unidad, de la caridad y del gozo». Es hermoso pensar que María ha sido “alumna” y “discípula” de Cristo, Príncipe de la paz; y discípula y alumna también del Espíritu de la paz. Deberíamos ir también nosotros a esa escuela, para ser discípulos y alumnos del Príncipe de la paz y del Espíritu de la paz.

4.- Al celebrar la memoria de la Virgen María, reina de la paz, la asamblea de los fieles pide a Dios que, por su intercesión, conceda a la Iglesia y a la familia humana el Espíritu de caridad. En la oración colecta le hemos pedido a Dios que «permanezcamos unidos en el amor fraterno». Y en la oración de post-comunión nos dirigiremos al Señor para pedirle: «Concédenos, Señor, tu Espíritu de caridad».

San Agustín escribió: «Ves la Trinidad si ves el amor» (Confesiones, III, 6, 11). El Espíritu es la fuerza que transforma el corazón de los fieles, para ser en el mundo testigos del amor del Padre, que quiere hacer de la humanidad, en su Hijo, una sola familia.

La caridad es tarea de la Iglesia desde sus comienzos. Como narra el libro de los Hechos: «Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían sus posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2, 44-45). Estas acciones y actitudes definirían los rasgos de la primitiva Iglesia, cuyos elementos constitutivos serían: la adhesión a la «enseñanza de los Apóstoles», a la «comunión» (koinonia), a la «fracción del pan» (eucaristía) y a la «oración» (cf. Hch 2, 42).

Estos rasgos deberían manifestarse hoy en los fieles cristianos; este estilo debe ser, por tanto, el de los parroquianos, el de los cofrades, el de los miembros de movimientos y asociaciones. Os invito a vivir y a poner en práctica esta forma de vida. Si el cristiano falla en algunos de estos elementos, queda fuera de la comunidad cristiana, aunque realice otras cosas; aunque haga manifestaciones de piedad popular.

5.- En el Aniversario de la Coronación de la imagen de la Virgen de la Paz pedimos en la Oración sobre las ofrendas de esta celebración «los dones de la unidad y de la paz».

La paz toca todas las relaciones del individuo: la relación con Dios; la relación interior con uno mismo, y la relación con las demás personas y con toda la creación.

“Para llegar a ser un auténtico trabajador por la paz, -nos dijo el papa Benedicto XVI- es indispensable cuidar la dimensión trascendente y el diálogo constante con Dios, Padre misericordioso, mediante el cual se implora la redención que su Hijo Unigénito nos ha conquistado. Así podrá el hombre vencer ese germen de oscuridad y de negación de la paz, que es el pecado en todas sus formas: el egoísmo y la violencia, la codicia y el deseo de poder y dominación, la intolerancia, el odio y las estructuras injustas” (Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la paz, 3. Vaticano, 1.01.2013).

En cuanto a la relación interior con uno mismo es necesario tener en cuenta que el hombre ha sido creado a imagen de Dios. Mediante “la encarnación del Hijo y la redención que él llevó a cabo, ha entrado en la historia, haciendo surgir una nueva creación y una alianza nueva entre Dios y el hombre (cf. Jr 31,31-34), y dándonos la posibilidad de tener «un corazón nuevo» y «un espíritu nuevo»” (cf. Ez 36,26)” (Ibid.). Es importante la relación y aceptación de uno mismo, para valorar al ser humano.

En lo que respecta a la relación con los demás hay que reconocer que todos los hombres formamos una sola familia de hijos de Dios: “La paz es un orden vivificado e integrado por el amor, capaz de hacer sentir como propias las necesidades y las exigencias del prójimo, de hacer partícipes a los demás de los propios bienes, y de tender a que sea cada vez más difundida en el mundo la comunión de los valores espirituales" (Ibid.). Una de las razones de la creación de las cofradías, como sabéis muy bien, es la caridad; este elemento no puede fallar en ninguna cofradía. Estoy contento de las cofradías de nuestra diócesis de Málaga, porque esa dimensión la habéis asumido bien; y no sólo porque estamos en un momento de crisis económica, sino como expresión de fe y de amor. Compartir con los demás es exigencia de la fe y del amor. En ciertas circunstancias de necesidad social nacen las organizaciones no gubernamentales (ONG), que se disuelven después; las cofradías se mantienen en tiempos de bonanza y en tiempos de crisis económica. Otra cosa distinta es hacer un esfuerzo especial en tiempos de dificultad. Queridos cofrades, os felicito y os animo a seguir así.

El papa Francisco nos recordaba en su homilía del “Corpus Christi” que el Señor, al escuchar su Palabra y alimentarnos de su Cuerpo y Sangre, “hace que pasemos de ser multitud a ser comunidad, del anonimato a la comunión. La Eucaristía es el Sacramento de la comunión, que nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento, la fe en Él” (Francisco, Homilía en el “Corpus Christi”, 30.05.2013).

6.- Queridos cofrades, queridos fieles y devotos de la Virgen, pedimos a NªSª de la Paz que interceda ante su Hijo, para que todos los hombres vivamos unidos en el mismo amor; para que sepamos superar las dificultades del diálogo entre cristianos y entre creyentes de otras religiones; para que abramos nuestro corazón, acogiendo a todos los que profesan la misma fe en Jesucristo.

Le pedimos a la Virgen de la Paz que nos ayude a ser promotores de paz y de comunión entre nosotros y entre todos los hombres; que sostenga nuestras relaciones fraternales; que apoye las actividades en favor de la concordia entre las naciones y entre los diversos pueblos; que sea nuestra protectora en la misión, que el Señor nos confía como cristianos y como testigos del Evangelio.

¡Queridos miembros de la Archicofradía del Dulce Nombre de Jesús y de NªSª de la Paz Coronada, de Antequera, y fieles cristianos todos, que os congregáis para venerar a la Virgen de la Paz, para agradecer a Dios el regalo de los veinticinco años de la Coronación canónica de la imagen, anunciad la Buena Nueva de la salvación y de la paz, siendo valientes testigos del Evangelio!

¡Que la Virgen de la Paz interceda con su maternal solicitud por todos nosotros! Amén.

 

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