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Visita pastoral a la parroquia de San Gabriel (Málaga)

Publicado: 22/03/2014: 89

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la Eucaristía celebrada con motivo de la Visita pastoral a la parroquia de San Gabriel en Málaga el 22 de marzo de 2014.

VISITA PASTORAL

A LA PARROQUIA DE SAN GABRIEL

(Málaga, 22 marzo 2014)

Lecturas: Ex 17, 3-7; Sal 94; Rm 5, 1-2. 5-8; Jn 4, 5-42.

(Domingo Cuaresma III-A)

1.- Como narra el libro del Éxodo, el pueblo de Israel, en su marcha por el desierto, experimenta una sed abrasadora y murmura contra Moisés, diciendo: «¿Por qué nos has sacado de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?» (Ex 17, 3).

                El ser humano tiene sed de muchas cosas: de felicidad, de amor, de alegría, de amistad, de verdad, de paz, de libertad. Pero se abrasa por no poder alcanzar estos bienes deseados. Tal vez no sabe buscar adecuadamente y en vez de acudir al manantial de agua viva, va a beber en aguas infectadas de ideas y de modas contrarias al amor de Dios; se abreva en aguas putrefactas, que le llevan a la muerte.

El papa Juan Pablo II, que próximamente será canonizado, denunció muchas veces la “cultura de la muerte” que se estaba adueñando de nuestra sociedad (cf. Ecclesia in Europa, 95). Solía contraponer la «cultura de la vida» y la «cultura de la muerte», y centraba el drama del hombre contemporáneo en el eclipse de Dios, característico del contexto social y cultural dominado por el secularismo. Quien pierde el sentido de Dios, decía él, pierde también el sentido del hombre y de su dignidad. Cuando se pisotea la dignidad del hombre es porque se ha perdido el sentido del hombre, y previamente el sentido de Dios. (cf. Juan Pablo II, Evangelium vitae, 21)

Aquí los cristianos tenemos una tarea a realizar que es devolver a nuestra sociedad el sentido de Dios, el sentido del hombre y la dignidad de la vida humana.

 2.- La solución, queridos fieles, está en encontrar el agua viva y no buscar el agua en esas charcas en las que a veces bebemos o bebe la gente. El agua viva que quita la sed que abrasa al hombre. Cuando Moisés se queja por la protesta de su pueblo, el Señor le responde que empuñe el bastón con el que golpeó el río Nilo (cf. Ex 17, 5) y que bastonee la roca de Horeb; de ese modo «saldrá agua para que beba el pueblo» (Ex 17, 6).

                El bastón de Moisés es figura de la cruz: “¿Y qué significó la vara de Moisés? ¿Acaso no fue figura de la cruz? Una vez convirtió el agua en sangre; otra, devoró las serpientes ficticias de los magos; o bien dividió el mar con sus golpes y detuvo las olas, haciendo que cambiaran su curso, sumergiendo así a los enemigos mientras hacía que se salvara el pueblo de Dios” (San Teodoro Estudita, Sermón en la adoración de la Cruz)

                El agua de vida brota gracias al madero, donde estuvo clavada la salvación del mundo, como reza la liturgia del Viernes Santo, a la que nos preparamos en estos domingos de Cuaresma; es decir, la vida brota del madero de la cruz de Cristo. ¿Queremos beber agua de buen manantial? Pues acerquémonos a Cristo, no hay otra solución.

El apóstol Pedro nos recuerda que hemos «sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo» (1 Pe 1, 18-19). “La sangre de Cristo, mientras revela la grandeza del amor del Padre, manifiesta qué precioso es el hombre a los ojos de Dios y qué inestimable es el valor de su vida (…). Precisamente contemplando la sangre preciosa de Cristo, signo de su entrega de amor (cf. Jn 13, 1), el creyente aprende a reconocer y apreciar la dignidad casi divina de todo hombre” (Juan Pablo II, Evangelium vitae, 21). En la sangre de Cristo todos los hombres encuentran la fuerza para comprometerse en favor de la vida.

Os pido que os comprometáis a trabajar a favor de la vida humana donde esté y en las circunstancias en las que se encuentre: sea vida humana no nacida, sea vida humana enferma, sea vida humana anciana, sea vida humana demente, sea vida humana de la manera que esté. Dios está a favor de la vida humana y los cristianos debemos estar a favor de la vida humana. No podemos aceptar las modas de nuestra sociedad de querer desprenderse de las personas que la sociedad piensa que son un lastre. Ahí el testimonio del cristiano es importante. Ahora se está debatiendo una ley mal llamada “ley del aborto”, habría que llamarla “ley de la vida”, “a favor de la vida”.

3.- La Visita pastoral es una ocasión propicia para profundizar en la verdad de nuestra fe, para hacer resurgir la esperanza en nuestros corazones, para avivar nuestro amor a Dios y a los hermanos, para replantearnos cómo somos testigos del Evangelio entre nuestros contemporáneos, en medio de estas modas que están impregnando y adueñándose de la mentalidad de la sociedad.

Nosotros podemos repensar cómo ayudar a tantas personas a encontrar el manantial de la vida si previamente lo hemos encontrado nosotros, para que no beban de esas aguas turbias y envenenadas, sino que puedan beber un agua fresca y saludable.

                Acudamos, queridos fieles, a Cristo, manantial de agua viva; renovemos nuestra fe en él, reavivemos la gracia bautismal, que nos hizo hijos de Dios. Demos gracias a Dios, que nos ha llamado a ser partícipes de su vida; que nos ha concedido pertenecer a su pueblo, que es la Iglesia; que nos invita a alabarlo y adorarlo, desterrando de nosotros otros diosecillos, que nos atraen.

                La Visita pastoral es también un encuentro personal entre el pastor y sus fieles; una ocasión para conocerse mejor y estrechar lazos de comunión; sirve para dialogar sobre lo que nos preocupa, para afrontar los retos que tenemos y que nos plantea la sociedad.

                Es lo que hemos pretendido en el día de hoy encontrándonos en diversas ocasiones y momentos hablando de lo que nos preocupa. Podemos tener muchas opiniones sobre cómo hacerlo y todas ellas respetables, pero hemos de encontrar juntos las mejores soluciones a los problemas pastorales que tenemos planteados. Y hemos de afrontarlo como comunidad cristiana, como Iglesia.

4.- En el Evangelio de hoy aparece Jesús hablando con una mujer samaritana, junto al pozo de Sicar (Jn 4, 5-6) y le dice: «Dame de beber» (Jn 4, 7). Hemos de entrar en la mentalidad semítica porque esto que voy a comentar no es una explicación que la hayamos oído muchas veces y puede sonar a novedoso.

En el lenguaje bíblico y rural, las palabras de un varón a una mujer, en la fuente o el pozo, pidiéndole agua, tenían un significado esponsal y se convertían en una auténtica declaración de amor; así se refleja en otros textos bíblicos, y en otras historias rurales.

Esto nos puede sorprender. Jesús a la Samaritana le hace una declaración de amor, al uso de la época. Los Apóstoles se extrañan que esté hablando con una mujer, no sólo porque un judío y una samaritana no podían hablar, pues no eran del mismo pueblo, sino en las circunstancias en las que está ocurriendo esa conversación, delante del brocal del pozo.

“En el encuentro con la Samaritana en el pozo, sale el tema de la "sed" de Cristo, que culmina con el grito en la cruz: "Tengo sed" (Jn 19, 28). Ciertamente esta sed, como el cansancio, tiene un fundamento físico. Pero Jesús, como sigue diciendo Agustín, "tenía sed de la fe de esa mujer" (In Ioannis Evangelium, 15, 11), al igual que de la fe de todos nosotros. Dios Padre le envió para saciar nuestra sed de vida eterna, dándonos su amor, pero para ofrecernos este don Jesús pide nuestra fe. La omnipotencia del Amor respeta siempre la libertad del hombre; toca a su corazón y espera con paciencia su respuesta.” (Benedicto XVI, Alocución, Ángelus 27-03-2011)

Jesús siempre ofrece, invita, pregunta, llama; pero nunca obliga, nunca constriñe, espera una respuesta libre de cada uno de nosotros.

Jesús nos invita a una relación de amistad y de intimidad con él, que tendrá su cumbre en la hora de su muerte, cuando exclame: “Tengo sed” (Jn 19, 28). Jesús sigue teniendo sed de cada uno de nosotros.

Jesús quiere vivir con la Iglesia una relación esponsal, una imagen preciosa. Hay un Obispo en España que insiste mucho en esta imagen del amor esponsal y tiene razón. Creo que hemos explotado muy poco esa imagen. La imagen del amor del esposo, Cristo, a su esposa, la Iglesia. La imagen del amor de Cristo, Dios, a cada una de las almas de los fieles.

Ni el agua que pide a la samaritana, ni la sed que expresa en la cruz tienen sólo significación literal; más bien se convierten en una invitación a unirnos a él, formando un solo cuerpo con Él; esta realidad es la que acontece al participar en la Eucaristía. Esta es nuestra respuesta a la invitación de amor de Cristo.

5.- Jesús, en el diálogo con la mujer, va llevándola con arte y gracia desde las realidades más concretas y banales hasta las realidades espirituales más sublimes. Empieza hablándole de su marido que no tiene, pero que ha tenido, siguen hablando del Templo de si hay que adorar aquí o hay que adorar allí, y Jesús va respondiendo a esos interrogantes que la Samaritana tiene y le va reorientando hacia donde ha de dirigir su vida para encontrar el manantial de la vida y dejar las charcas que decíamos anteriormente. La mujer en busca de felicidad iba marido tras marido y no encontraba ahí la felicidad. Y Jesús le invita a una relación limpia, distinta, donde sí va a encontrar la felicidad.

                ¿Y qué le pasa a nuestra sociedad? Lo mismo. Va detrás de una experiencia y de otra, y de otra, y ninguna le sacia. Ninguna da la felicidad que busca el ser humano porque está en otro sitio, en otro estilo. La sociedad de hoy no nos ayuda a encontrar la verdadera felicidad.

                Cristo nos lleva de la mano y nos dice dónde está la verdadera felicidad.

6.- Y finalmente, la samaritana dio testimonio entre sus paisanos de la experiencia que había vivido y tenido con el Señor: «En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en Jesús por el testimonio que había dado la mujer» (Jn 4, 39).

                Pero después muchos más «creyeron por la predicación de Jesús» (Jn 4, 41). Y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo» (Jn 4, 42).

                ¿Por qué no hacemos nosotros como hizo la samaritana? Contar nuestra experiencia a nuestros paisanos. Algunos aceptarán a Cristo mediante la experiencia que les contemos, pero cuando se acerquen a Cristo nos dirán: “ya no creo por lo que tú me has contado, es que ahora lo he experimentado yo”.

                ¿Cuál es nuestra tarea? Llevar de la mano a nuestros paisanos para que se encuentren con Cristo, no con nosotros.

                En la reunión de esta tarde hemos hablado de la educación en la fe de los niños, de los jóvenes, de los adultos. Pues, a todos hay que ayudarles a que hagan experiencia de Dios. A un niño que tenga experiencia de Cristo, que se ponga delante del Señor, que se arrodille, que le rece. Lo mismo al joven y al adulto. No se trata de adoctrinarle nosotros con nuestras doctrinas, se trata de iniciarles en la fe. Iniciar es acompañar para que ellos tengan la experiencia. La misma experiencia que he tenido yo, que la tengan los demás. Esa es nuestra tarea.

                Y eso es lo que os pido como comunidad cristiana de San Gabriel. Ayudar a otros a tener la experiencia de Cristo, ayudarles a tener la experiencia de sentirse Iglesia, la experiencia de ser hijos de Dios.

                Cuando uno hace esta experiencia se llena de alegría, de esperanza, cambia radicalmente su vida.

                Vamos a pedirle al Señor que nos ayude a profundizar en esta experiencia de fe, de esperanza y de amor que Él está ofreciéndonos.

                Pidamos, también, a la Santísima Virgen María que nos ayude a vivir con alegría la fe y el amor a Dios y a los demás. Y a ser valientes testigos del Resucitado. Amén.

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