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Visita pastoral a la parroquia de San Juan de la Cruz (Málaga)

Publicado: 06/04/2014: 93

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la Eucaristía celebrada con motivo de la visita pastoral a la parroquia de San Juan de la Cruz en Málaga el 6 de abril de 2014.

VISITA PASTORAL

A LA PARROQUIA DE SAN JUAN DE LA CRUZ

(Málaga, 6 abril 2014)

Lecturas: Ez 37, 12-14; Sal 129; Rm 8, 8-11; Jn 11, 1-45.

(Domingo de Cuaresma V-A)

1.- En primer lugar, deseo saludaros a todos los presentes, pues en los encuentros que hemos tenido previamente no nos hemos visto todos. Saludo de un modo especial al Rvdo. José Sánchez, Arcipreste y párroco del “Corpus Christi”, a D. Rafael que ya conocéis todos y, también al padre Jesús que suele venir a celebrar a esta querida parroquia.

                Como hemos dicho al principio de la Eucaristía estamos recorriendo el camino cuaresmal que comenzó el pasado miércoles de ceniza. Hemos ido celebrando domingo tras domingo las distintas celebraciones dominicales con unas lecturas muy especiales.

2.- El ciclo A, como ya os habrá explicado D. Rafael en otras ocasiones, es el ciclo especial del catecúmeno, de catecumenado. Los adultos que quieren ser bautizados en la Vigilia Pascual recorren este itinerario de los domingos del ciclo A, en los que hemos visto una serie de signos a través de los cuales Jesús expresa que Él es el Salvador, el Redentor y el que nos hace Resucitar.

El Evangelio de Juan tiene muchos signos y cuando lo vamos leyendo descubrimos la presencia salvadora y redentora de Cristo.

En el primer domingo del “ciclo A” se lee el pasaje de las tentaciones; en el segundo domingo se ofrece la transfiguración; el tercer domingo presenta el diálogo de Jesús con la Samaritana junto al pozo de Sicar; el cuarto domingo es la curación del ciego de nacimiento; y el quinto domingo nos ofrece la resurrección de Lázaro.

3.- Jesús realiza el tercer signo, el más potente, porque es el signo de la resurrección, como hemos escuchado en el relato del pasaje de la resurrección de Lázaro, la resurrección de un muerto que lleva ya cuatro días; incluso su hermana menciona que ya olía mal, que se estaba descomponiendo. Y estos detalles son para dar a entender que no era una simple dormición o una muerte aparente. Estaba muerto y bien muerto, descomponiéndose ya.

Pero Jesús le dice: no te preocupes, para el que cree todo es posible. Tu hermano resucitará (cf. Jn 11, 40). En este último domingo de Cuaresma el signo es la resurrección. Cristo muere en la cruz por nosotros y resucita al tercer día.

                Dolor y amor van juntos. Muerte y vida van juntas. Alegría y dolor van juntos. La cruz y las flores están expresándonos ese amor que Cristo tiene por nosotros, esa muerte que él hace y la resurrección a la que nos invita a cada uno a resucitar.

Contemplando estos dos objetos, cruz y flores, pensemos en este domingo en el que Jesús nos invita, como a los apóstoles, a las hermanas de Lázaro y a todos los circundantes, a que lo contemplemos, no sólo capaz de resucitar él, sino de resucitar a los demás.

4.- Queda un tercer signo: el crisma, que es el óleo que bendice el Obispo en la Misa Crismal, en la Catedral rodeado de todo su presbiterio y que sirve para bendecir. Pues bien, ese óleo se envía a todas las parroquias para que los párrocos unjan a los catecúmenos que son bautizados, simbolizando que pertenece ya a Cristo. El que es crismado es ungido como Cristo, porque la palabra Cristo significa Ungido por el Señor. De este modo, el que es crismado también es ungido por el Señor. Se unge al que es bautizado, se unge al que van a confirmar, al confirmando, y también nos ungen a los sacerdotes cuando nos ordenan. Ese mismo óleo sirve para esas tres unciones.

Y el óleo del bautismo es el que sirve para ungir al catecúmeno antes de ser bautizado. Es decir, el que ha recorrido el camino bautismal, también llamado camino cuaresmal o camino catecumenal. Este es un proceso de fe personal que cuando un adulto se quiere convertir a la fe ha de recorrer este camino, pasando por ser iluminado por la luz de Cristo, pasando por ser bautizado con las aguas de vida eterna y aceptando unirse a la muerte y a la resurrección del Señor.

Pues que estos tres signos: cruz, flores y óleos de crisma y de catecúmeno nos ayuden a vivir mejor este domingo V de Cuaresma para prepararnos para la Pascua.

5.- Las lecturas de este domingo hablan de resurrección. Hemos escuchado en la primera lectura al profeta Ezequiel que dice: «Os infundiré mi espíritu y viviréis» (Ez 37, 14). Israel había sufrido un exilio, y un exilio es como una tumba. El paso por el desierto es como morir a sí mismo. Y el profeta con esta imagen nos hace ver que el Espíritu es capaz de hacer revivir unos huesos secos, en los que no hay vida (cf. Ez 37, 12-14).

Jesús es capaz de hacernos revivir a nosotros. Claro está, si nos dejamos. Si no nos dejamos no reviviremos. Pero si dejamos que su Espíritu actúe en nosotros seremos trasformados, porque el Señor quiere enviarnos y darnos su Espíritu para que vivamos. Y precisamente eso lo hacemos a través de los sacramentos.

6.- En el bautismo somos renovados, se nos hace criaturas nuevas. Los que van a ser bautizados en la próxima Vigilia Pascual van a ser criaturas nuevas, es otra realidad. Recordáis esta mañana los que hemos ido al cementerio a pedir por los difuntos, que decíamos que la vida eterna no es sólo la que está después de esta vida; sino que la vida eterna ya está aquí de un modo anticipado. Jesús es capaz de darnos la vida eterna ya aquí, en la vida temporal, porque resucitar con Él es anticipar la victoria de Cristo en la otra vida. Y esto lo tenemos como anticipación, como prenda no de una manera plena y total, sino como anticipo. Aquí ya podemos vivir como resucitados, queridos fieles. La resurrección no es sólo para después de la muerte.

Aquí gracias a los sacramentos, mediante el bautismo que nos perdona el pecado original y todos los pecados de adultos, gracias a la penitencia, a la confesión, gracias a la Eucaristía Cristo perdona nuestros pecados y nos hace resucitar. Celebrar la Eucaristía es celebrar la resurrección de Cristo y con Él la nuestra.

Me gustaría que quitáramos esa falsa concepción de que la vida eterna sólo empieza después de la muerte; la vida eterna empieza ya aquí en este mundo. Somos inmortales gracias al Espíritu que Cristo ha infundido en nuestros corazones. Ese Espíritu nos hace ya inmortales, ya, desde ahora. No vive la inmortalidad quien no cree en Jesucristo, pero la vive quien cree en Él.

7.- En la carta de Pablo a los Romanos insiste en la misma idea: «Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8, 11).

Es decir, si nos dejamos transformar por el Espíritu participaremos de la resurrección de Jesucristo. Dejemos, pues, que el Espíritu de Jesús que lo resucitó de entre los muertos, no vivifique también a nosotros ya, no esperemos a la muerte. Después de la muerte temporal que lo haga de modo pleno, pero ahora permitámosle que lo haga ya, ahora.

8.- En el Evangelio Jesús ha insistido: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre» (Jn 11,25). Este es el encuentro de Cristo con la muerte temporal que amigo suyo había sufrido. Un amigo al que quería de verdad, porque lloró ante la tumba de su amigo Lázaro (cf. Jn 11,35), y les dijo a sus hermanas Marta y María, vuestro hermano resucitará (cf. Jn 11,23). Esto fue un anticipo de lo que estamos diciendo.

Sus hermanas tenían fe en que su hermano resucitaría después de la muerte, en el juicio final. Pero Jesús les dice, no, no, resucitará ahora mismo (cf. Jn 11,40).

Y esto nos lo dice a nosotros. No penséis que resucitaremos sólo en el juicio final, dentro de no se sabe cuándo, dentro de miles de millones de años, o cuando nos toque la muerte temporal, porque Cristo nos está diciendo que podemos resucitar ya.

9.- Uniéndonos a la muerte de Jesús, morimos al pecado. Uniéndonos a la resurrección de Jesús, vivimos como personas resucitadas. Y ya que estamos próximos a la celebración de la Pascua, la gran solemnidad de la muerte y de la resurrección de Jesús, vamos a pedirle a que nos ayude a quedar involucrados en su muerte, a implicarnos en su muerte, a morir a nosotros mismos: a nuestro egoísmo y a nuestro pecado, que eso es lo que lleva a la muerte; y a pedirle que nos resucite con Él.

Cada Eucaristía es una muerte y una resurrección. Cada Pascua es una muerte y resurrección. Cada domingo es una muerte y una resurrección, es una Pascua dominical. Hoy morimos y resucitamos con Cristo. ¿Esto no es una gran noticia? ¡Alegraos!

¿Por qué no comunicamos esto a nuestros paisanos? Cuando nos preguntan: ¿por qué creéis? Les podemos responder: ¡porque vivo resucitado!, ¡porque vivo con alegría y con gozo!

Y todo esto a pesar de los dolores y los sufrimientos que no me los ahorra la fe. Si se muere un ser querido lo siento y tengo dolor; pero tengo la alegría y la paz que me da Cristo, porque sé que con la muerte no terminan las cosas, con la muerte comienza una vida nueva, que ya he empezado a vivir aquí.

10.- La Iglesia nos prepara para afrontar el mayor reto, el mayor acontecimiento de la historia, la Pasión del Señor: su muerte y resurrección, y lo hace trayendo ante nuestros ojos el poder de Dios, creador de la vida.

                Hoy podemos decir que estamos celebrando el domingo de la vida, el domingo de la resurrección; aunque el domingo propio sea el domingo pascual, el domingo de la Pascua. Pero esto es un anticipo para que lo saboreemos, para que nos regocijemos y nos preparemos para lo que vamos a celebrar en quince días.

El muro de la muerte aparece insuperable a los ojos humanos, pero Dios vence a la muerte. Jesús se presenta como dador de vida. Él es la resurrección, identidad que no podremos olvidar en los momentos de su muerte y de nuestras muertes. Con Él nos identificamos, con su muerte y resurrección.

Pues en este domingo de la vida en el que hemos escuchado el pasaje del Evangelio de la resurrección de Lázaro, este es el anuncio y el signo de la Pascua del Señor. Estamos al final del camino bautismal, camino cuaresmal, camino catecumenal, los tres nombres sirven para indicar ese proceso que desde dentro cada uno debemos hacer.

El agua bautismal nos hizo hijos de Dios, nos redimió, nos dio la semilla de la inmortalidad, el fruto no está aún desarrollado, pero llevamos en el corazón la semilla. Después los otros sacramentos van desarrollando esa semilla hasta que de fruto.

11.- En este marco hemos celebrado la Visita Pastoral y ha querido ser un encuentro entre el Pastor de la Diócesis y los fieles de la parroquia de San Juan de la Cruz, aquí en Málaga. Un encuentro personal, cercano, para conocernos mejor, para amarnos más, para, quizás también, derribar barreras que se han podido construir por no conocer o porque hemos dado créditos a comentarios.

Entiendo que cuando veis al Obispo, vestido con todos los ornamentos, con la mitra y con el báculo en la Catedral o en alguna procesión, os puede parecer que es un hombre que está lejano; y después de esta figura que parece lejana luego vienen las interpretaciones de que el Obispo está tan lejano que no se entera de nada, que está en la luna. Además de esa propaganda que se hace de que viven en los palacios, que están lejanos a la realidad, que no la conocen, que nos pringan, que no se embarran, que no pisan el barro de las calles, que no conocen a su gente…

Pues creo que ya podéis decir lo contrario. Vuestro Obispo pisa las calles de todos los pueblos de la Diócesis uno por uno, que entra en las casas de los enfermos, que se encuentra con sus feligreses, que dialoga con ellos, que compartimos las preocupaciones que tenemos: los retos de la evangelización, de la catequesis, de las celebraciones litúrgicas, y que juntos caminamos, lo hacemos de la mano.

12.- El único Pastor es Cristo, los demás todos le seguimos o intentamos seguirle, sólo que a cada uno el Señor nos ha dado una tarea. A los padres que eduquéis a vuestros hijos desde la concepción, no desde que nace o desde que tiene tres años, sino desde que está concebido en el seno de la madre tenéis que educarles en la fe y rezar con él ya en el vientre materno.

Muchas de las teorías pedagógicas actuales animan a las mamás a escuchar música para que el niño goce de la música, a tener una buena alimentación, a hacer ejercicios, a hablarle al bebé; pues hablarle, pero hablarle de Dios también, desde el seno materno. Eso os toca a los padres. Otros que no son padres tienen otra tarea u otra misión.

Dentro de la parroquia cada uno asume una misión propia, sean padres o no, de ayudar a otros, de enseñar la doctrina de la Iglesia, a ser catequistas, a visitar enfermos, a preparar la celebración litúrgica, cantar en el coro… a tantas cosas, a tantas tareas.

A otros nos llama a ser sacerdotes para que lo representemos como pastor, como sacerdote u obispo, que es el grado máximo del sacerdocio, como pontífice, como cabeza de la Iglesia.

Pero aquí todos tenemos que hacer nuestra tarea. El que no la haga, esa tarea queda por hacer. El padre que no eduque a su hijo no habrá otro padre que lo eduque como él, esa tarea quedará sin hacer. Y el que tenga una responsabilidad en la comunidad y no la haga, esa tarea quedará por hacer. Otro la hará, pero de otra manera.

13.- Quiero felicitaros por lo que me habéis contado de cómo tenéis organizada la parroquia, cómo estáis cada uno colaborando en una misión distinta, cómo celebráis la fe, cómo vivís con gozo la fraternidad, cómo os ayudáis unos a otros, cómo estáis presente en Málaga y en esta barriada concreta, con sus limitaciones y sus problemas, algunos graves.

La situación de muchas familias desestructuradas que nos sentimos impotentes para resolverlo. No tenemos nosotros el poder y la solución para resolver el problema que tienen muchas familias que viven como nosotros en esta zona. Pero al menos los tenemos presente, incluso le ayudamos económicamente en la medida en que podemos. Y, sobre todo, les amamos, rezamos por ellos, les acogemos en nuestro corazón y en nuestra comunidad. Hacemos lo que buenamente podemos.

No podemos quedar tristes o deprimidos porque quedan muchos problemas por resolver, siempre habrá problemas que resolver. Jesucristo dijo que pobres siempre los tendríamos entre nosotros (cf. Mt 26,11).

14.- El papa Benedicto XVI, en su carta Deus caritas est y en otro documento que publicó, insiste en una idea muy hermosa diciendo que, aunque en el mundo los gobiernos resolvieran todos los problemas: sociales, económicos, políticos; el amor de los cristianos hacia las personas se haría igualmente necesario. Una persona podría tener todas las satisfacciones resueltas, todas las necesidades cubiertas, pero no ser feliz por no conocer el amor de Dios.

Por tanto, el amor de cristiano, aunque los problemas que tenemos no lo tuviéramos, también sería necesario. En bonanza y en carestía los cristianos somos necesarios. En tiempos boyantes y en tiempos de crisis los cristianos somos necesarios.

Ahora que cada uno le responda al Señor lo mejor que sepa y que pueda.

Y todo esto se lo vamos a pedir a la Virgen porque Ella sí que supo responder bien a lo que le pidió el Señor. Que así sea.

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