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Apertura del curso 2013-2014 en los Centros Teológicos (Seminario-Málaga)

Publicado: 04/10/2013: 64

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la apertura del curso 2013-2014 en los Centros Teológicos, celebrada en el Seminario Diocesano de Málaga el 4 de octubre de 2013.

APERTURA DEL CURSO 2013-2014

EN LOS CENTROS TEOLÓGICOS

(Seminario-Málaga, 4 octubre 2013)

 

Lecturas: Ba 1, 15-22; Sal 78, 1-9; Lc 10,13-16.

1.- Profesión de fe en la bondad y la justicia de Dios

Queridos sacerdotes, profesores, alumnos y cuantos estáis vinculados a nuestros Centros de Estudio de Teología.

Venimos a los pies de la Virgen para que nos acompañe en esta inauguración o inicio de curso. Y para pedirle al Espíritu Santo que ilumine nuestra mente y nuestro corazón para acoger su Palabra.

El Evangelio de hoy nos dirá al final que “quien me acoge a Mí, a Cristo, acoge al que me ha enviado” (Cf. Lc 10,16). Pues, como dice San Jerónimo, «conocer la Biblia es conocer a Cristo y acogerlo».

Éste es el objetivo que tienen los Centros de Teología: conocer mejor la revelación, conocer mejor a Dios para amarlo más.

El libro de Baruc que hemos escuchado se inicia haciendo una confesión de fe: «Confesamos que el Señor nuestro Dios es justo» (Ba 1, 15). Hoy se requieren confesiones de fe claras. En este Año de la Fe hemos intentado hacer signos de fe, para remarcar la grandeza, omnipotencia y transcendencia de Dios frente a algunas opiniones o, pareceres, sobre Dios.

Nuestro mundo está muy acostumbrado a admitir: que una opinión se convierta en una verdad y un parecer se defiende como si fuera algo objetivo y único; pero no es así. Los pareceres sobre Dios, las opiniones sobre Dios puede que no coincidan con la verdad de lo que es Dios. Es este un tema muy recurrente y que a mí me preocupa, porque hay muchos cristianos que siguen viviendo la fe según el Dios que se han fabricado previamente.

Si hay un grupo de fieles, religiosos, sacerdotes, consagrados, laicos que toman en serio su formación teológica es para descubrir la verdad sobre Dios. Lo que importa es conocer la realidad objetiva de Dios, conociéndole para amarle más, naturalmente.

Y siguiendo esta confesión de fe en el Señor os invito a desentrañar a través de la Palabra revelada, a través de Jesucristo que es el Mediador y el Revelador, el gran Revelador de la realidad divina, de la Trinidad; por ello, os invito, a que, a través, de Él, descubramos la verdad de Dios, no lo que nos parece o lo que opinamos.

Cuando uno empieza a entrar en la Teología va descubriendo cosas hermosísimas, imagino que os ha pasado a todos. A mí me ocurrió, sobre todo en la época dedicada con mayor intensidad al estudio, fui descubriendo cosas, fui profundizando en la realidad del Señor, de la Iglesia, en la sacramentalidad y tantas cosas.

Es para dar gracias al Señor. Se nos caen esquemas que funcionan por la calle, que los tenemos también los cristianos, pero que no son fieles a esa realidad con la queremos entrar en relación. Queremos ver, en sentido interior, en sentido de la luz de la fe, queremos palpar, sentir con el corazón, queremos amar.

Pues os invito en este inicio de curso a ir descubriéndolo cada día más porque es una fuente inagotable. Aunque tuviéramos veinte vidas dedicadas exclusivamente a la penetración de la Palabra de Dios creo que nos quedaríamos en la superficie. Así, que yo también me he resignado a conocer lo poco que el Señor me permite desde mi corta inteligencia.

Espero que este Misterio que nos ha revelado Jesucristo, se me revelará en plenitud al final de nuestra vida. Por eso, esforcémonos en esta por alcanzar el mayor conocimiento posible, dada nuestra inteligencia y limitación humana del gran Misterio de Amor.

Os animo a que hagáis este camino, ese descubrimiento de cada día. Imagino que lo hacen, y se lo podemos preguntar a los que ya son doctores en Teología, ¿verdad que siguen haciendo ese camino como me pasa a mí también, ese ir descubriendo cada día aspectos nuevos, cosas muy positivas y muy profundas.

2.- Reconocimiento de la desobediencia y de la culpabilidad

El mismo texto del profeta Baruc nos hace reconocer a nosotros nuestra actitud de pecadores. «Nosotros, en cambio, sentimos en este día la vergüenza de la culpa» (Ba 1, 15). No nos creamos que somos grandes santos y grandes personas.

Ser cristiano no implica que uno sea más santo que un no cristiano, o que una persona que no ha conocido a Cristo o incluso un creyente de otra religión.

Hemos de aceptar que hemos desobedecido al Señor, que no cumplimos los mandatos que nos propone: «hemos desobedecido al Señor nuestro Dios, pues no cumplimos los mandatos que él nos había propuesto» (Ba 1, 18); que seguimos nuestros propios deseos, que buscamos nuestros dioses: «todos seguimos nuestros malos deseos sirviendo a otros dioses y haciendo lo que reprueba el Señor nuestro Dios» (Ba 1, 22).

Esa es una realidad que hemos de reconocer y pedir perdón al Señor. Y eso cada día, reconocer nuestra realidad y nuestra condición de pecadores. Lo decía el otro día el Papa en la Audiencia General: “aquí todos somos pecadores”, desde el último cristiano, pasando por laicos, religiosos, hombres, mujeres, niños, jóvenes, curas, obispos y el papa. Esa es una realidad que siempre ha dicho la Iglesia. No ha dicho nada nuevo el Papa, pero su forma de hablar nos llega, es directa, impacta.

La Iglesia es santa porque Dios es santo y santifica. Y es pecadora porque está compuesta de miembros pecadores. Tiene otros miembros que ya son santos, que los ha hecho el Señor santos. El resto que estamos aquí, la Iglesia peregrinante, todos sin excepción somos pecadores.

Reconozcamos con el profeta Baruc esta debilidad y esta situación o esta actitud y por eso precisamente pedimos al Señor que nos renueve por dentro, que nos cambie. La santidad no la conseguimos a pulso, la santidad nos la regala el Señor. Le pedimos perdón, nos concede su gracia y nos hace santos.

A mí me gustó la explicación del papa Benedicto XVI sobre este tema. A raíz del tema de la santidad, el miércoles pasado preguntaron a unos cuantos peregrinos que habían estado en la Audiencia, qué les había parecido lo que había dicho el Papa. Y un señor dijo que no había acabado de entender lo que había querido decir. Y una señora afirmó que hemos de ser santos; y santo significa que cada uno tiene que cargar con la cruz y aceptar lo que nos envía el Señor. Esto es muy poca cosa.

Porque santo es el que se deja transformar por el Espíritu. Ya que el que nos hace santos es Dios. No nos hacemos santos nosotros por muchas cosas que hagamos, por muchas penitencias, por muchos sacrificios, por muchas obras buenas. El Señor nos concede todo eso con su gracia preveniente y dadivante. Como no sea con su ayuda, aquí nadie mueve ni una hoja.

Ser consciente de esto es bueno. Es más, nos hace relativizar las cosas; y también la Iglesia, y la crítica hacia la Iglesia, que está formada por santos ya triunfantes ya en el cielo y por pecadores en la tierra que quieren caminar hacia esa santidad, quieren dejarse transformar por Dios.

También mis palabras ahora son limitadas porque no pueden explicar, en cinco minutos, todo lo que la santidad implica. No quiero tampoco que penséis que “ya que es así, nos damos a la buena vida”; pues eso es al estilo protestante y nosotros somos católicos. “A Dios rogando y con el mazo dando”.

3.- Jesucristo, el Enviado del Padre

«Quien a vosotros escucha, a mí me escucha. Quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10, 16). El Enviado, el Revelador del Padre, el que ha manifestado todo el amor de Dios a los hombres.

La expresión máxima de amor, la expresión máxima de la revelación es Jesucristo. Ya Dios no puede decirnos más, ya lo ha dicho todo en Él. Ahora hay que descubrir con el estudio de la teología, con la oración, con la lectura orante de la Palabra de Dios, con el contacto con Él, hay que descubrir qué nos ha dicho y qué quiere de nosotros. Pero la revelación ya está hecha. Si aceptamos a Cristo aceptamos a Dios y al hermano. Y si rechazamos a Cristo, rechazamos al hermano y rechazamos a Dios.

4.- Fiesta de San Francisco de Asís

Se pueden decir muchas cosas de la fiesta de hoy, pero me voy a limitar a tres breves puntos:

Primero, Francisco vuelve a las fuentes del Evangelio. Su vida es un retorno a las fuentes del Evangelio, digamos a la pureza de la fe. A lo que decimos en el primer apartado: Dios es justo, Dios es santo, Dios es omnipotente, Dios es el totalmente otro. Y la Buena Nueva es que Dios me salva en Cristo.

Francisco vuelve a las fuentes. Una invitación a que volvamos todos a las fuentes, a la lectura orante del Evangelio y de la Palabra de Dios, al encuentro personal con el Señor. Y que dejemos ciertas charcas que no nos nutren, que no nos alimentan. Hay que ir a la fuente, al agua pura y limpia, al manantial. Eso es, en parte, matricularse y hacer los cursos de teología. Esta es una manera de acudir a las fuentes, descubrir la verdad del Evangelio y de la Buena Nueva.

En segundo lugar, profundizar en la Palabra de Dios. Lee el Evangelio e intenta ponerlo en práctica. El escruta la Palabra, el reza la Palabra, es una invitación a todos nosotros para profundizar en la Palabra, escrutarla, conocerla, estudiarla, rezarla y vivirla.

Y, en tercer lugar, con ello, él va transformando el mundo. Francisco de Asís hace una revolución, transforma el mundo porque todo eso le acerca al hombre concreto: al leproso, al enfermo, al necesitado, al pobre, a la Iglesia a la que ayuda a purificar y a cambiar las estructuras.

Pues que todo esto a nosotros también nos renueve a transformar el mundo en el que vivimos, transformando simultáneamente la Iglesia, que no es del mundo, pero está en el mundo. A transformar nuestras comunidades parroquiales donde después volvemos. Después de llenarnos, volvemos. A transformar nuestros mismos corazones, a dejarnos transformar por el Señor, como decíamos antes.

Pedimos a san Francisco de Asís que nos ayude en esta tarea. Los que ya habéis terminado una etapa os invitaría a que no os quedarais en esa etapa, hay más etapas, nunca se terminan. Por tanto, os invito a que paséis a otra etapa, a otro nivel. Los que iniciáis la primera etapa o el primer nivel de las Escuelas Teológicas, o del Instituto, o del Centro Teológico del Seminario, en la etapa en la que os encontréis ponerles todo el ánimo, la alegría y el entusiasmo que podáis. Y aprovechaos de este tiempo de Gracia.

Pidámosle también a la Virgen que interceda por nosotros. Ella que lo supo guardar en su corazón, que supo meditar y entrar en relación personal con el Hijo Jesucristo, ella que no sólo lo acogió en su seno físico, sino también en su seno espiritual, en su corazón y en su mente, ella que se dejó iluminar y transformar por Él totalmente, que nos ayude en esta tarea de profundizar en el Misterio de Dios y en la Palabra de Jesucristo, su Hijo. Que así sea.

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