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Dedicación del altar de la parroquia de Nuestra Señora del Rosario (El Borge)

Publicado: 03/11/2013: 130

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la dedicación del altar de la parroquia de Nuestra Señora del Rosario (El Borge)

DEDICACIÓN DEL ALTAR DE LA PARROQUIA

DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO

 (El Borge, 3 noviembre 2013)

 

Lecturas: Sb 11,22 – 12,2; Sal 144,1-11.13-14; 2 Ts 1,11 – 2,2; Lc 19,1-10.

(Domingo Ordinario XXXI-C)

1.- Zaqueo, un ladrón recaudador de impuestos y pecador público

Queridos sacerdotes, Sr. Párroco y Arcipreste, y todos los que venís a concelebrar en esta hermosa celebración de la dedicación del altar en la parroquia después de esta restauración. Queridos fieles todos.

El Evangelio de hoy nos ha presentado el texto de un personaje con Jesús, Zaqueo, en una ciudad llamada Jericó.

Este Zaqueo, lo presenta el Evangelio de Lucas con unas características por lo que por aquel entonces leían o entendían el Evangelio. Era un «jefe de publicanos y rico» (Lc 19,2).

La ciudad de Jericó disfrutaba de una buena situación económica. La recaudación de impuestos era en Palestina un asunto de particulares judíos, quienes compraban en subasta al mejor postor el derecho de recaudar los impuestos, que Roma determinaba.

Esta peculiar forma de fisco encarecía unos impuestos, ya de por sí gravosos, puesto que al importe del impuesto exigido por Roma había que añadir el importe del propio negocio del recaudador, en este caso de Zaqueo.

De ahí la animadversión de los recaudadores entre el pueblo y su equiparación con los pecadores públicos. En el caso de Zaqueo la cosa se agravaba todavía más por tratarse de un “jefe” fiscal, un jefe de recaudadores. Zaqueo era un recaudador de impuestos de los romanos; por eso era considerado un pecador público.

Éstas son las características de Zaqueo y Jesús se encuentra con él. «Trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de estatura» (Lc 19,3). Pero él prescindiendo del qué dirán y de la vergüenza de que un hombre maduro, un recaudador de impuestos, nada menos que se subiera encima de un árbol (cf. Lc 19,4), su interés y deseo de ver a Jesús era tan gran que le importó poco el comentario de la gente.

Zaqueo quiere ver al Maestro, y cuando Jesús pasa por debajo levanta la mirada, lo mira al que está encaramado en sicómoro y le invita: “baja porque hoy me voy a hospedar en tu casa” (cf. Lc 19,5).

2.- El nombre de Zaqueo significa “Dios recuerda”.

Dios es amor y ama todo lo que ha creado, como hemos escuchado en la lectura del libro de la Sabiduría: «Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste; pues, si odiaras algo, no lo habrías creado» (Sb 11,24).

El mundo vive de la mano de Dios y el hombre, de cualquier raza o religión, es un canto a la dignidad, que cada hombre lleva en su corazón. Por eso, cada ser humano es de un valor infinito que hay que respetar. La vida humana hay que respetarla desde su primer instante de concepción hasta la muerte natural. No se la puede tocar.

Pues, a pesar de que seamos como un granito de arena o como una gota de rocío mañanero en medio del universo, como recuerda la Sabiduría (cf. Sb 11,22), Dios tiene misericordia de todos, Dios nos ama, Dios nos quiere: «te compadeces de todos, porque todo lo puedes y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan» (Sb 11,23).

Esta mañana el papa Francisco en el rezo del Angelus ha recordado que el nombre de Zaqueo significa “Dios recuerda”. Esto viene con a colación de la cita del libro de la Sabiduría y con la idea de que Dios ama a todos, ama todo lo que ha creado (cf. Sb 11,24). Dios se acuerda de cada uno de nosotros, aunque nos parezca que nos tiene olvidado. Más bien, somos nosotros los que olvidamos a Él.

Cada uno de nosotros somos amados por Dios y somos llamados por nuestro nombre. El Señor llamó por su nombre a Zaqueo y le dijo: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa» (Lc 19,5).

Dios se acuerda de nosotros, a pesar de nuestros pecados y de nuestra fragilidad.

3.- Salvación de Zaqueo.

Zaqueo, ya en casa, puesto en pie hace a Jesús una profesión de lo que quiere hacer a partir de ahora. El encuentro con Jesús lo ha transformado por dentro y lo ha convertido: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más» (Lc 19,8).

Ante esta actitud de Zaqueo, Jesús le contesta: «Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,9-10).

Eso es lo que el Señor quiere que hoy ocurra a cada uno de nosotros.

Algunos coetáneos de Zaqueo murmuraban porque Jesús había entrado en la casa de un pecador, pero hay que dejar que todos puedan encontrar la salvación en la Iglesia, en la comunidad parroquial.

San Agustín, comentando este pasaje, decía: “Como se trataba de Zaqueo, el jefe de los publicanos y gran pecador, aquella turba, que se creía sana, impedía que Jesús entrase en casa de un pecador, que equivale a reprochar al médico el que entre en casa del enfermo. Puesto que Zaqueo se convirtió en objeto de burla en cuanto pecador y se mofaban de él, ya sano, los enfermos, respondió el Señor a esos burlones: Hoy ha llegado la salvación a esta casa (Lc 19,9). He aquí el motivo de mi entrada: Hoy ha llegado la salvación. Ciertamente, si el Salvador no hubiese entrado no hubiese llegado la salvación a aquella casa” (San Agustín, Sermón 174, 3.5-6).

Y ahora, queridos hermanos que estamos celebrando la acción de gracias a Dios por esta casa de la comunidad, quiero hacer la analogía con la casa de Zaqueo. Zaqueo se convirtió por el encuentro de Jesús en su casa, era un ladrón; por tanto, era un pecador. Pero devolvió lo robado, cuatro veces más, y el resto lo dedicó a los pobres. Se quedó sin dinero. Era rico y se quedó pobre de dinero, pero rico en buenas obras. Lo importante es la conversión.

Cada uno de nosotros con los pecados que tengamos no tenemos que tener miedo ni vergüenza ante Dios, porque Él nos perdona siempre.

Venir al templo parroquial es lo mismo que hizo Zaqueo cuando se encontró con el Señor en su casa. Ésta es nuestra casa, aquí nos encontramos con Jesús, con su palabra, con su cuerpo eucarístico, aquí escuchamos lo que él nos pide, aquí le pedimos perdón, y de aquí salimos renovados para llevar la alegría y la luz a la familia, al trabajo, donde estemos.

4.- Templo parroquial restaurado

Deseo felicitar a todos los que habéis colaborado en la restauración de este templo parroquial. Quiero agradecer ahora a tantos fieles, como vosotros, de otras parroquias que, con su aportación, desde el último pueblo más lejano, del Tesorillo, de la zona de Estepona o por la parte nuestra de Nerja. Y por arriba los pueblos de la Serranía de Ronda, todos ellos han colaborado para que tuvierais este hermoso templo restaurado. Porque se ha restaurado con la aportación de toda la Diócesis. Hay que agradecerle, por tanto, a los demás fieles el esfuerzo que han hecho ayudándoos a vosotros, a todos.

Y por supuesto, a parte, el esfuerzo que cada uno de vosotros ha hecho aportando lo que ha podido: su colaboración material, su trabajo, la limpieza… todo.

Os felicito, ha quedado un templo muy hermoso. Templo precioso que se construyó a comienzos del siglo XVI, en 1505, con la aprobación de la Reina Isabel, la católica. En aquel momento el Arzobispo era el de Sevilla, diócesis a la que pertenecía el Borge. Y el papa Inocencio VIII, que en 1810 concedió la Bula de la creación de la parroquia.

Muchas cosas han sucedido en estos quinientos largos años. Muchos avatares han sufrido el mismo templo y la comunidad de fieles: guerras, epidemias, seísmos. En 1884 un seísmo afectó al mismo templo y quedaron resquebrajados tanto la torre del campanario como el mismo templo. Y después otros avatares de destrucción en momento de persecución religiosa que destruyeron el retablo que teníais aquí en el frontis del altar. Después, el deterioro del pasar del tiempo, como el polvo que se nos pega a los pies y los pecados que se nos pegan al alma. Hay que limpiar esos pecados con la confesión y hay que limpiar el templo de las cosas que ya no sirven para nada.

Felicidades para todos. Y ahora disfrutemos de este hermosísimo templo, precioso. Ha quedo, como ha dicho antes el Rvdo. Alfredo, mejor de lo que esperabais, de lo cual me alegro. Tiene un precioso artesonado tanto en la nave central como aquí en el presbiterio.

Esta restauración física, material que se ha hecho hay que hacerla ahora, también, interiormente. Si hemos limpiado y restaurado el templo, hemos de limpiar y restaurar nuestra alma. Hemos de restaurar la comunidad parroquial, hemos de potenciarla, hemos de venir aquí al templo restaurado a escuchar de nuevo a Jesús, que con su palabra ilumina nuestra vida. Hemos de venir aquí al templo a alimentarnos con el cuerpo sacramental y con su sangre, que es alimento para el camino. Hemos de vivir los mandamientos que el Señor nos ofrece como norma de vida, como palabras de vida. El Decálogo son las diez palabras de vida.

Todo esto es lo que nos anima, en esta comunidad, el Señor a llevarlo a la vida. Dios quiere ofrecernos la salvación mediante la celebración de los sacramentos. En este templo parroquial restaurado, que es la casa de Dios, aquí la comunidad cristiana se reúne para celebrar los misterios del Señor. Dios quiere entrar en esta casa-templo para entrar en nuestra casa-corazón como lo hizo en el corazón de Zaqueo.

5.- Oración por la comunidad parroquial.

Rezo por todos vosotros, como ha dicho san Pablo, en su carta a los Tesalonicenses: «Oramos continuamente por vosotros, para que nuestro Dios os haga dignos de la vocación y con su poder lleve a término todo propósito de hacer el bien y la tarea de la fe» (2 Tes 1,11).

¡Que podáis realizar los buenos propósitos que Dios infunde en vuestros corazones! ¡Que llevéis a término la tarea de la fe! Estamos ya terminando el Año de la Fe al que nos convocó el papa Benedicto XVI, pero no estamos terminando nuestra tarea de fe, de hombres creyentes, de testigos que propaguen la fe a los demás. Aun tenéis a algunos paisanos a los que hay que hablarles de Dios, para que acepten a Dios en su vida. Tenemos aún, todos, a muchos contemporáneos que aún no aceptan a Dios porque no lo conocen. Cuando lo bueno se conoce, de modo instintivo, se acerca, se quiere, se asimila. Cuando se combate lo bueno, es claramente porque no se conoce.

¿Quién le va a dar a conocer que Dios es amor? ¿Quién le va a decir que la Iglesia es querida por Jesucristo como mediación e instrumento de salvación? ¿Quién le va a decir que los sacramentos son fuentes de gracia, de perdón, de amor, de donación del Espíritu? ¡Que llevéis a término la tarea de la fe! ¡Que seáis testigos veraces y valientes del Evangelio!

«De este modo, -como dice hoy Pablo en su carta a los Tesalonicenses- el nombre de nuestro Señor Jesús será glorificado en vosotros y vosotros en él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo» (2 Tes 1,12).

Pedimos a la Santísima Virgen María su protección maternal, para que nos ayude a realizar lo mejor posible la misión, que se nos confía en este inicio del siglo XXI.

Ahora vamos a consagrar o a dedicar el altar que representa a Cristo, que es el altar, la cruz donde Él se ofrece como víctima. Él es sacerdote y altar al mismo tiempo. Él es víctima y altar, Él es sacerdote y víctima.

En el altar se actualiza la muerte de Cristo en la cruz y su resurrección. Que cada vez que vengamos al templo parroquial a celebrar la Eucaristía recordemos este momento de la dedicación del altar y sintonicemos con esa entrega de Jesús en la cruz y a su vez en el altar. Amén.

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