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Funeral del Rvdo. Pedro Sánchez Trujillo (Sagrada Familia-Málaga)

Publicado: 19/04/2015: 91

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en el funeral del Rvdo. Pedro Sánchez Trujillo (Sagrada Familia-Málaga)

FUNERAL DEL RVDO. PEDRO SÁNCHEZ TRUJILLO

(Parroquia de Sagrada Familia – Málaga, 19 abril 2015)

 

Lecturas: Hch 3, 13-15.17-19, Sal 4; 1 Jn 2, 1-5; Lc 24, 35-48.

1.- Discurso de san Pedro en al pórtico de Salomón en Jerusalén.

Hemos escuchado en el libro de los Hechos de los Apóstoles que, tras curar a un paralítico, san Pedro dirige a los habitantes de Jerusalén, es decir a los judíos. Hace un discurso en el que expresa lo que significa el núcleo del mensaje de la fe, el anuncio del Evangelio. Lo hace en tres frases:

- «Matasteis al autor de la vida, –hace referencia a la muerte del Señor en la cruz por amor a los hombres–,

- pero Dios lo resucitó de entre los muertos, –Cristo ha vencido a la muerte y eso es lo que celebramos en tiempo pascual, y estamos celebrando hoy. La victoria de Cristo sobre la muerte, sobre su muerte y sobre la muerte de todo fiel, de todo ser que cree en el Señor–,

- y nosotros somos testigos de ello» (Hch 3, 15).

Estas tres frases: “Cristo ha muerto por nosotros”, “Dios lo ha resucitado”, y “nosotros somos sus testigos”, es lo esencial, el núcleo del anuncio del Evangelio. Es a lo que nosotros estamos llamados a dar testimonio.

El evangelizador pide la conversión de los oyentes: «Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados» (Hch 3, 19). Ese es el objetivo final. Cuando uno oye esta Buena Noticia de la muerte y resurrección de Jesucristo que la dice un testigo, lo que Dios quiere es que nos convirtamos a Él, que lo aceptemos en nuestra vida, que su luz, la luz del Resucitado ilumine nuestros corazones.

2.- Damos gracias a Dios por la persona y el ministerio de don Pedro

La tarea del sacerdote es anunciar el Evangelio, ofrecer el perdón de los pecados y celebrar el memorial del misterio pascual de Jesucristo.

D. Pedro, como san Pedro, ha predicado muchas veces el núcleo del kerigma evangélico; se nos ha recordado antes, en su semblanza, la gran preocupación catequética que tenía por el anuncio y por la preparación de los anunciadores del Evangelio. Y vosotros, queridos fieles, sois testigos de lo que ha hecho en vuestra querida parroquia. Espero que os haya ayudado a convertiros al Señor.

No es suficiente escuchar, la Palabra de Dios debe cambiar nuestros corazones que han de empezar a vivir ya de cara a la luz eterna, la paz de Dios, la resurrección futura que se hace presente cuando celebramos la liturgia, cuando ofrecemos al Señor el memorial de la pasión y resurrección de Jesucristo.

Damos gracias a Dios por la persona de Pedro, un hombre de gran humanidad, como hemos oído, y por el ministerio suyo. También queremos pedirle hoy al Señor y quiero pedirte, querido Pedro, que intercedas por nosotros y por las vocaciones. Necesitamos sacerdotes santos, necesitamos sacerdotes al estilo de Pedro.

A todos os pido que recemos por esta intención, dándole gracias al Señor por el regalo que Pedro ha supuesto para todos. Vosotros los fieles, nosotros el presbiterio y la diócesis de Málaga, pidamos para que el Señor envíe sacerdotes santos y buenos.

3.- Amar a Dios implica conocerle y guardar sus mandamientos

Cuando el evangelizador anuncia este mensaje tan precioso, invita no solamente a pedir perdón, sino a amar a Dios. Y amar a Dios implica conocerlo. En san Juan, según hemos oído en su primera carta, amar y conocer van parejos, como conocer y creer. Amar a Jesús es conocerle mejor. Y amarle es también seguirle, guardar los mandamientos: «En esto sabemos que le conocemos: en que guardamos sus mandamientos» (1 Jn 2, 3).

Esto es lo que nos pide el Señor a cada uno de nosotros. Ese ha sido el objetivo de la vida ministerial de nuestro hermano Pedro. El mismo Señor nos recordaba: «Quien dice: “Yo le conozco”, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él» (1 Jn 2, 4). Si de verdad nos convertimos al Señor y pedimos perdón de nuestros pecados, aceptando a la persona de Cristo muerto y resucitado, la consecuencia es amar a Dios y amar a los hombres.

4.- Aparición de Jesús resucitado a sus discípulos

En el Evangelio de Lucas hemos escuchado que el Resucitado saluda a sus discípulos con la paz: «Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: “Paz a vosotros”» (Lc 24, 36). La paz es el saludo clave en este tiempo pascual del resucitado. La "Paz a vosotros" no es una mera fórmula, es una bendición, es un deseo del Señor, quiere que vivamos en su Reino de paz, en su Reino de resurrección, en su Reino de luz, aún en medio de las tinieblas de este mundo, de las tensiones y de los odios entre las personas.

El Señor nos concede su paz y su perdón, su luz, su amor, su resurrección. Ojalá todos vivamos con alegría este mensaje pascual y que sirva también de testimonio para los demás.

Nuestro hermano Pedro ha sido un testigo de la fe, ha amado, ha querido a los testigos de la fe, mártires que dieron su vida con derramamiento de sangre en el siglo pasado; pero también a los testigos de la fe, aún sin derramamiento de sangre. Que todos podamos ser, como él, testigos de esa fe en el Señor.

Jesús resucitado se aparece a los apóstoles no como un fantasma sino como un ser vivo, como una persona viva, gloriosa. Deseo que en este encuentro eucarístico, encuentro con su Palabra y con los hermanos, nos encontremos realmente con Cristo resucitado.

Pedimos, de un modo especial, por nuestro hermano Pedro para que ese encuentro que siempre ha intentado, vivido y realizado en su vida temporal sea ahora el encuentro definitivo. Ya está viviendo la Pascua, ya está gozando de esa presencia, lo que siempre ha querido. Ya está viviendo el encuentro total y pleno con el Señor resucitado.

A nosotros nos toca seguir encontrándonos en las mediaciones temporales a la espera de llegar también a gozar de la Pascua eterna.

            Le pedimos a la Virgen María, nuestra Madre y Madre de la Iglesia, que lo acoja, que lo lleve de la mano hasta el trono del Señor resucitado, hasta el trono del Padre, del Hijo y del Espíritu.

Y a nosotros que nos siga acompañando en nuestro camino de cada día por la tierra. Amén.

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