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Parroquia de Santo Tomás de Aquino (Málaga)

Publicado: 12/05/2015: 115

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la parroquia de Santo Tomás de Aquino, Málaga, el 12 de mayo de 2015.

PARROQUIA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

(Málaga, 12 mayo 2015)

 

Lecturas: Hch 16, 22-34; Sal 137, 1-3.7-8; Jn 16, 5-11.

1.- En varios momentos han venido algunos de vuestros responsables de las comunidades a exponerme las necesidades de la parroquia y de las comunidades; entre ellas, la necesidad de un presbítero que os acompañara con mayor dedicación, la necesidad de un espacio y otras muchas más cosas.

Pues bien, el Señor que es providente tiene sus tiempos y, poco a poco, nos acompaña según su proyecto y no el nuestro.

2.- Siempre el Señor es bueno con nosotros y tenemos que darle gracias por todo lo que hace en nuestra vida. Nos hemos podido encontrar con el Señor antes de su muerte y resurrección, como se encontraron los primeros discípulos; y después, como se encontraron otros, como Pablo, que es el prototipo, al que, además, las Comunidades lo tenéis como un punto de referencia básico.

Pablo se encontró con el Cristo glorificado, nunca se encontró con el Jesús histórico, no llegó a conocer a Jesús en la Tierra cuando vivía en Palestina. Tampoco nosotros. Pero el encuentro con Él es lo que cambia, el encuentro con el Cristo glorioso, con el Cristo resucitado, como lo estamos haciendo hoy aquí.

3.- ¿Cuánta gente se encontró con Jesús de Nazaret en Galilea, en Judea, en Samaría, en Jerusalén, en el lago...? Miles. Y, ¿cuántos le siguieron? Un grupo de discípulos. Sin embargo, en los primeros tiempos de la Iglesia, como hemos escuchado en el libro de los Hechos, se produce el encuentro con Cristo resucitado, al que no ven, no palpan, a partir de la escucha del testimonio de unos creyentes.

Escuchan a Pablo, escuchan a Silas, escuchan a los apóstoles. Es cierto que también ven unos signos, ven unos milagros que hoy tampoco vemos, pero escuchan, escuchan la narración, escuchan la experiencia. Y Pablo cuenta a los paganos lo que le ha pasado: que se ha encontrado con Jesús en el camino y ha cambiado su vida. Esa experiencia modélica es la que hemos vivido todos los presentes. Unos en un tiempo, otros en otros, pero al final es el encuentro con Cristo resucitado el que ha iluminado la vida entenebrecida por el orgullo, por el pecado y ha transformado la vida de cada uno de nosotros.

4.- Muchos de los discípulos estaban tristes; el Señor se había ido y estaban como vacíos. Cuando se encuentran con el Señor se llenan como de alegría. Las ciudades se llenaban de alegría por donde pasaban los Apóstoles anunciando la Buena Nueva.

Pablo, en el caso que nos cuenta hoy los Hechos de los Apóstoles, se encuentra en una ciudad, a la que después escribiría una carta famosa, el famoso himno cristológico donde proclama que Dios, siendo Dios, no retuvo el ser Dios, se rebajó hasta lo más ínfimo, hasta la muerte y muerte de cruz, y Dios lo levantó. Ese es el camino que hace Dios, de bajada y de subida.

Pablo vive en Filipos la experiencia de la muerte, de la paliza, del abajamiento de Cristo; allí lo muelen a palos y lo excarcelan. El Señor hace un signo: se convierte el carcelero y lo lleva a su casa. Meditando este Evangelio resulta muy fuerte pensar en esto: ¿Os imagináis en esos encuentros que hacéis vosotros por la calle, por las casas, en el trabajo, hablando a los demás de Cristo, que ese mismo día un pagano se convierta y se bautice?                                                          

5.- Los adultos pedimos que estén, como mínimo, dos años de catequesis, de preparación, es decir, un proceso catecumenal. Pues bien, en el relato de hoy, llega Pablo, habla con el carcelero, le hace el anuncio del kerigma: Cristo, el Hijo de Dios te ama, ha muerto por ti y ha resucitado; y el carcelero cree, se convierte él y su familia, y se bautizan. Un cristiano más.

Nosotros necesitamos más tiempo. Nuestra sociedad requiere más tiempo para que un pagano, que proviene del paganismo, se convierta.

Esto es posible porque el Señor es quien hace las cosas. El testigo sufre; no es más que su maestro. Si el himno de Filipenses dice que Jesús se rebajó y tuvo que aceptar la muerte para ser luego glorificado, el testigo va a vivir lo mismo. Y Pablo se alegra de recibir una paliza, –paliza viene de palo–. No sé si a veces nosotros estamos dispuestos a recibir palos, o protestamos cuando los recibimos, o nos disgusta, o nos enfada.

Los Apóstoles tenían otro ánimo. Ellos sabían que ser testigos implicaba recibir palizas y lo llevaban mejor que nosotros. Pues podemos pedir al Espíritu que nos fortalezca para que sepamos ser como buenos púgiles, que saben recibir y aguantar los golpes continuando en la lucha; que nos dé la entereza, la alegría de los discípulos de testimoniar al Maestro y no tener inconveniente en ser desechados, en ser vituperados, en ser apaleados.

6.- La acción del Espíritu es tan transformante que es capaz de cambiar el corazón de una persona en un momento. Si lo ha hecho anteriormente puede hacerlo de nuevo en nosotros. Se trata de que nosotros nos dejemos transformar. Y se trata, también, de que el oyente se deje transformar, porque el Espíritu es el mismo.

En esta Pascua, hemos de pedir al Señor por los catecúmenos que se han bautizado y por los catecúmenos que están preparándose para su bautismo; y también por aquellos a los que el Señor va a mover el corazón, porque seguro que les va a mover. Puede ir transformando a los hombres haciendo adeptos. El texto de los Hechos de los Apóstoles también dice en otro momento: “El Señor iba agregando a la comunidad cristiana nuevos miembros” (cf. Hch 2, 47b). Había nuevos hijos de Dios, nuevos miembros de la Iglesia. A veces, nosotros damos la impresión de que vamos perdiendo.

7.- Aunque no debemos de preocuparnos mucho porque es el Señor el que lleva su Iglesia, aunque parece, en algunos momentos, que nosotros tengamos más intereses; pero los nuestros están un poco camuflados por cierto deseo de triunfalismo y de éxito pastoral. El que convierte es el Espíritu, nosotros no tenemos capacidad para ello. El Espíritu se sirve de nuestro testimonio y de nuestra palabra, pero nada más.

En este tiempo pascual, en esta cincuentena pascual, vivimos cada día la celebración y la alegría de la Pascua, el gozo de ser hijos de Dios y de ser testigos del Evangelio. Pues que esta celebración nos pueda ayudar a seguir siendo esos testigos sin ufanarse, sin apuntarse tantos que normalmente no van a ser nuestros, son del Espíritu, o incluso, son de otro testigo o testimonio.

8.- A lo mejor uno ha dado un testimonio en la plaza; ahora, muchas de vuestras comunidades están yendo a las plazas los domingos. Este domingo he estado en Valencia, donde fui ordenado hace 19 años, y he ido a celebrar en plan de acción de gracias la misa de la Virgen de los Desamparados, que es la fiesta en la que fuimos ordenados el actual obispo de Orihuela-Alicante y un servidor; y también en las plazas había comunidades.

En alguna ocasión he acompañado a una comunidad, a la cual pertenece uno de mis hermanos en Valencia, con la que suelo celebrar algún día pascual, como hoy con vosotros, cuando voy por aquellas tierras. Bien, pues en esos testimonios de salir a las plazas, de ir a las casas o a las puertas, a lo mejor el Señor ha convertido a alguien y no precisamente por nuestro testimonio, a lo mejor ha sido por el testimonio de otra persona.

Con esto quiero decir que dejemos esos frutos en manos del Espíritu y que haga Él lo que quiera hacer. Dejémonos transformar por ese mismo Espíritu, como hizo el carcelero, como hizo Pablo, como hizo Silas y como hicieron los Apóstoles.

9.- En el texto del Evangelio de Juan vemos como es un poco complicado eso de convencer al mundo, pero está claro que Cristo es piedra de toque, en el sentido de piedra de escándalo, en el sentido de piedra de tropiezo. Cristo no deja indiferente a nadie. Cuando alguien de nosotros habla a otro de Cristo, cuanto a una persona se le presenta a Cristo, o una persona escucha sobre Cristo, Cristo no deja indiferente. O lo aceptas o no lo aceptas, pero no puedes quedarte ni sí, ni no. Eso, en parte, quiere decir el texto de hoy.

Hay que convencer al mundo de un pecado, de una justicia. Hay que convencerlo porque el mundo ya está juzgado. Vendrá un juicio definitivo cuando cada uno muera y se realizará el juicio final, el juicio definitivo, pero hay un juicio de cada día: o te acepto o te rechazo.

10.- Al terminar cada día pedimos perdón al Señor por haberle rechazado, por no querer verle, o no querer seguir sus indicaciones, o no querer acercarme al hermano, o no saber perdonar… Estamos siendo siempre juzgados por cada acto. O entras o sales, pero en la puerta no te quedas. O dices que sí, o dices que no al Señor, pero no caben medias tintas. Él ha dicho que “a los tibios los vomita de su boca” (cf. Ap. 3, 16). Esto es muy fuerte. Al final, ¿qué es lo que nos queda? Pues decirle que sí, no tenemos otra opción, siempre desde la libertad.

Le vamos a pedir al Señor que nos envíe su Espíritu, que nos unja con su Espíritu, que nos recubra, que nos revista. Os habéis revestido de Cristo. Este es el gesto de llevar el alba blanca, la vestidura del bautismo. Fuimos revestidos de Cristo, no de una tela blanca. La tela blanca significa eso. Hemos sido revestidos. Seguimos teniendo la naturaleza humana debajo, empecatada, con tendencia al egoísmo. El revestimiento nos cambia, pero nuestro ser humano permanece. Aún no hemos sido divinizados del todo. Estamos en camino.

11.- Revestidos de Cristo para vivir como Cristo, pensar como Cristo, sentir como Cristo, actuar como Cristo, como nos recuerda San Pablo en la carta a los Filipenses, a quiénes escribe después de haber recibido la dosis de palos correspondiente.

Mucho ánimo, adelante, necesitamos que el Señor nos fortalezca. No es la misma persecución ahora que en tiempos de Pablo y los Apóstoles, pero existe persecución. Existen mártires casi todos los días en el mundo, cristianos perseguidos en muchas naciones. Quizás la persecución que nos hacen es de guante blanco, muy suave, con algunas leyes, con algunas costumbres, con algunas modas, pero no cabe duda que también nos aprietan un poco por todos lados. Pues, necesitamos esa fuerza del Señor resucitado y encontrarnos cada día con Él, con su Palabra y en el Misterio eucarístico.

 

12.- También pedimos a María, nuestra Madre, a quien veneramos y amamos, que nos acompañe porque nos hace falta. La presencia de la madre es siempre necesaria, es esencial en la vida de todo hombre y, por tanto, en la vida de todo cristiano. La madre es la que nos da el ser y es esencial. La Virgen es esencial a Cristo, a la Iglesia. No podemos decir: “nos gusta o no la devoción a María”, forma parte de nuestra fe.

Pues a Ella le pedimos que nos ayude a ser testigos veraces y valientes de Cristo resucitado. Amén.

 

 

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