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Visita pastoral a la parroquia de San Pedro Apóstol (Pizarra)

Publicado: 21/06/2015: 78

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la visita pastoral a la parroquia de San Pedro Apóstol (Pizarra) celebrada el 21 de junio de 2015.

VISITA PASTORAL

A LA PARROQUIA DE SAN PEDRO APÓSTOL

(Pizarra, 21 junio 2015)

 

Lecturas: Job 38, 1.8-11; Sal 106, 23-31; 2 Co 5, 14-17; Mc 4, 35-41.

(Domingo Ordinario XII – B)

1.- En esta Visita Pastoral la celebración de la Eucaristía es el punto culminante. Como dice el Concilio Vaticano II, la Eucaristía es la fuente y la cumbre de toda la vida cristiana. Nace todo en la Eucaristía y se dirige todo a la Eucaristía porque es el Misterio Pascual del Señor, de su muerte y de su resurrección.

Culminamos la Visita Pastoral al arciprestazgo de Álora con esta visita a la comunidad cristiana de Pizarra, que es la última comunidad en el tiempo con la que cerramos dicha Visita.

El Acto de Clausura, Dios mediante, lo celebraremos en el Santuario de la Virgen de Flores, el domingo próximo por la tarde. Pero ésta es la última parroquia de la Visita. No por ser la última en el tiempo quiere decir que es ni más ni menos importante. Han sido los párrocos los que han ido eligiendo las mejores fechas para cada comunidad parroquial.

En este final de la Visita Pastoral a esta parroquia, culminamos lo que iniciamos esta mañana, además de la preparación previa: la visita al Convento de las Hermanas de la Cruz, el encuentro con un grupo de personas con las que ellas se reúnen para la formación; la visita a enfermos; el encuentro con distintos responsables: Hermandades, catequistas…; la visita al Santuario de la Virgen de la Fuensanta.

Hemos podido encontrarnos fraternalmente con todos los que formáis la comunidad. Para mí ha sido un gozo poder haber estado con vosotros, compartir las preocupaciones, animarnos mutuamente a vivir la fe; también revisar cosas que podemos ir mejorando; seguir la invitación del papa Francisco de ir renovándonos y hacer una conversión pastoral. Todo eso es el ámbito y el objetivo de la Visita de hoy.

Y ahora agradecemos al Señor este encuentro eucarístico con Él. Estamos renovando el sacramento, el Misterio pascual. No es una simple memoria, es una actualización. Esta tarde Cristo se ofrece de nuevo en la cruz por nosotros. Cristo resucita y nos asume, nos coge y nos resucita también a nosotros.

2.- En la lectura de hoy hemos escuchado un relato de libro de Job. Job ha vivido una experiencia dura de enfermedad, de pérdida de sus bienes; incluso de insulto e incomprensión por parte de su mujer y de sus amigos. Pero Job se ha mantenido fiel a Dios, no ha renegado de Dios, ha mantenido su fe y su confianza en Dios. Es un ejemplo para nosotros de que, a pesar de lo que nos ocurra, estamos en manos de Dios. Hemos de tener confianza en el Señor.

En el diálogo que Job tiene con Dios, Dios quiere ponerle un poco a prueba y Job quiere justificarse ante Dios. Pero ante Dios no puede justificarse nadie y Dios le hace varias preguntas respecto a la naturaleza. Le dice que si tan bueno es y si tanto sabe, ¿quién abre los cielos?, ¿quién da la lluvia?, ¿quién pone límites al mar? El Señor habló a Job desde la tormenta y le hace ver que toda la creación es obra de sus manos: «¿Quién cerró el mar con una puerta, cuando escapaba impetuoso de su seno, cuando le puse nubes por mantillas y nubes tormentosas por pañales»? (Job 38, 8-9).

Es decir, Dios le está diciendo a Job que no es el dueño de la Creación, sino que es una creatura más. Y le invita a situarse en su lugar. Muchos hombres de hoy quieren ponerse en el lugar de Dios; quitan a Dios y se ponen ellos para pretender que sus vidas ocupen el lugar de Dios.

Lo mismo que Dios dijo a Job, les dijo Jesús a los suyos, que eran pescadores: Os habéis fiado de vosotros, de vuestro saber marinero, de cómo dirigir una barca, de poner las redes. Pero cuando la barca ha empezado a zozobrar todos os habéis puesto miedosos; entonces el Señor les dice: ¿es que no confiáis en mí?

3.- Esta tarde el Señor también nos pregunta a nosotros: ¿es que no confiáis en mí?, ¿es que confiáis sólo en vuestro saber, en las técnicas, en la ciencia, en la medicina, en el dinero, en el trabajo? Nos falta confianza en el Señor.

Cuando la barca de nuestra vida, a veces, parece hundirse porque no salen las cosas como nos parecen, o como creíamos, empezamos a temblar, nos deprimimos. Hoy se estilan, más que hace cuarenta años, las depresiones. Ocurre una catástrofe y en seguida los gobiernos, los Estados, ponen a unos psicólogos para que animen, para que apoyen a las familias que han sufrido el desastre.

4.- Voy a recordaros un hecho que, seguro, recordáis: la trágica explosión de los trenes en el año 2001 en Madrid, Atocha, Alcalá. Un servidor estaba de Obispo en Alcalá. Aquella noche fuimos al lugar donde se habían llevado todos los restos de los fallecidos y donde estaban los familiares. El gobierno puso un centenar de psicólogos para consolar a las familias que estaban destrozadas por la muerte de sus seres queridos. Eso lo publicaron los medios de comunicación: la radio, la televisión, la prensa, todos. Esa noche pasamos por el Recinto Ferial, donde estaban congregados los fallecidos y miles de familiares, los Obispos de Madrid, el Obispo de Alcalá y el de Getafe, los obispos de las tres diócesis. Y pasaron más de un centenar de curas. Los párrocos que conocían a las familias, otros sacerdotes que fueron allí a ofrecer el servicio espiritual, la fe, el amor, la confesión si hacía falta.

Nadie hizo eco de esa noticia, nada se publicó en la prensa de que por allí habían pasado centenares de curas durante toda la noche. Repitieron hasta la saciedad que habían ido no sé cuántos psicólogos. Al mes, muchos de los psicólogos que había pagado el Estado para atender a esas familias dejaron de asistir a las familias. Y dije a mis curas que siguieran visitando a las familias de sus parroquias. Y un año después, aún estaban visitando mis curas a esas familias dándoles la fuerza espiritual de la fe y del amor. Habéis entendido, ¿verdad?

5.- Nosotros tenemos una fuerza que no es nuestra, que es la fuerza de la fe y del amor que es lo que cambia la Humanidad. Esa fuerza nos la ha regalado Dios. La fe, la esperanza y la caridad son las tres virtudes teologales; son un regalo de Dios que nos transforman y que pueden transformar.

Últimamente la prensa ha hablado mucho de los partidos políticos y de la transparencia. Algunos creen que, porque han entrado ellos, ya va a estar todo claro, las cuentas van a estar de maravilla, nadie va a robar… ya me entendéis. El ser humano es débil, frágil por el pecado; seguiremos estando tentados por el diablo y más la gente que no cree.

6.- Si existe un mandamiento, ya desde el Antiguo Testamento, que dice no robarás o no matarás, Dios no lo ha puesto por capricho. La tentación seguirá estando y, dentro de cuatro años, al final de una legislatura, o de veinte, desde el inicio de esta legislatura hasta otras legislaturas, escucharemos, por desgracia, muchas veces, que las cuentas tampoco han estado claras. Porque, como no haya una conversión personal y no haya una mirada a Dios, que es amor y misericordia, difícilmente va haber un cambio. Los cambios no los hacen las leyes. La única fuerza transformadora de la Humanidad ha sido, y será, el amor, el amor de Dios, el amor de Cristo. El amor es lo único que cambia la Humanidad. El amor de los padres a los hijos y viceversa. El amor, eso sí que cambia el corazón.

7.- El Evangelio de este domingo es el de la tempestad calmada. Al atardecer, después de una jornada de intenso trabajo, Jesús sube a una barca y les dice a los apóstoles que vayan a la otra orilla. Agotado por el cansancio, se duerme en popa. Mientras tanto se levanta una gran tempestad que anega la barca: «Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua» (Mc 4, 37).

Asustados, los apóstoles, despiertan a Jesús, gritándole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (Mc 4, 38).

Tras levantarse, Jesús ordena al mar que se calme: «¡Silencio, enmudece! El viento cesó y vino una gran calma» (Mc 4, 39). Después, les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (Mc 4, 40).

8.- Podemos aplicar este pasaje evangélico a la vida cotidiana: La travesía del mar de Galilea indica la travesía de la vida. El mar es mi ambiente, mi familia, mi comunidad, mi corazón mismo. Pequeños mares, en los que se pueden desencadenar, como sabemos, tempestades grandes e imprevistas.

Cuando las cosas no van como deseamos, cuando se nos viene encima una enfermedad, cuando nos llega una mala noticia, cuando nos encontramos en plena tempestad, cuando todo se oscurece y nuestra vida comienza a hacer agua, parece que Dios está ausente o duerme.

En momentos así ¿qué hacer?; ¿a qué podemos agarrarnos?; ¿hacia dónde tirar el ancla? Jesús, sin darnos una receta mágica para resolver los problemas, nos ha prometido la fuerza para superarlos. Todos hemos podido comprobar en muchas ocasiones la serenidad y el gozo con que algunos enfermos afrontan su difícil situación, porque creen y esperan en el Señor.

9.- El mensaje del Evangelio de hoy se centra en la confianza en Dios. Los apóstoles se salvaron del naufragio por estar con Jesús en la barca. Esta es también para nosotros la mejor garantía contra las tempestades de la vida. Estar siempre con Jesús, a través de la fe, la oración y la observancia de los mandamientos.

En el pasado, cuando se desencadenaba en el mar una tempestad, los marinos solían echar aceite sobre las olas para calmarlas. Nosotros echamos sobre las olas del miedo y de la angustia la confianza en Dios.

San Pedro exhortaba a los primeros cristianos a tener confianza en Dios en las persecuciones, diciendo: «confiadle todas vuestras preocupaciones, pues Él cuida de vosotros» (1 Pe 5, 7).

La falta de fe, que reprochó Jesús a los discípulos cuando iban en la barca, se debe al hecho de poner en duda el que le «importe» su vida e incolumidad: «¿no te importa que perezcamos?».

10.- En esta Visita Pastoral quiero animaros a vivir las virtudes teologales. La fe nos pone en relación directa con Dios, la esperanza nos hace esperar la vida eterna y la felicidad verdadera, y el amor nos pone en sintonía con Dios y con el prójimo. Esa es la gran fuerza del cristiano. Y los cristianos somos necesarios en esta Humanidad, en esta sociedad.

Si no hubiera cristianismo, aunque nos vituperen y nos pongan verdes, nuestra sociedad sería mucho peor, digan lo que digan, porque el Evangelio ilumina con su luz. Cristo es la luz que ilumina a los hombres y los cristianos estamos llamados a vivir de esa luz y a transmitir esa luz a los demás.

En este final de la Visita Pastoral del día de hoy y en esta Eucaristía de acción de gracias, os ánimo, por tanto, a agradecer a Dios todo lo que nos da: la fe, el amor, la esperanza, la fuerza transformadora, su luz; a ser una comunidad auténtica, transformadora, como nos pide el papa Francisco: ser “discípulos misioneros”; a darle gracias por todo ello y a pedirle al Señor, por intercesión de la Virgen, que nos ayude a ser verdaderos testigos del Dios vivo en nuestra sociedad.

Se lo pedimos también a la Virgen Santísima que nos acompaña siempre. Que así sea.

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