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Convivencia de verano del Seminario menor (Seminario-Málaga)

Publicado: 05/07/2015: 59

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la convivencia de verano del Seminario menor (Seminario-Málaga) celebrada el 5 de julio de 2015.

CONVIVENCIA DE VERANO DEL SEMINARIO MENOR

(Seminario-Málaga, 5 julio 2015)

 

Lecturas: Ez 2, 2-5; Sal 122, 2-4; 2 Co 12, 7b-10; Mc 6, 1-6.

(Domingo Ordinario XIV - B)

1.- Esta tarde, estáis ahora pasando el ecuador, estáis en la mitad de vuestro campamento de verano. Os habéis remojado ya bien y espero que esta noche durmáis bien después de todos los ejercicios de estos días. Estáis viviendo unos acontecimientos importantes; ayer estuvisteis en la primera misa de José Miguel, en Nerja.

Hoy nos acompañan, además de vuestros superiores que ya lo conocéis, D. Lorenzo. Él es un sacerdote que lleva muchos años trabajando en el campo de Seminarios como profesor y vinculado, también, acompañando a los obispos en las tareas de reflexión. Le agradecemos también su presencia entre nosotros.

2.- La primera lectura de hoy, ¿de qué profeta era? (Respuesta de un seminarista: “de Ezequiel”). Y, ¿qué le dice el Señor a Ezequiel? El Espíritu del Señor pone en pie a Ezequiel (cf. Ez 2, 2); en sentido metafórico, pues lo pone “en jaque”, en actitud de acción, de dinamismo: “levántate, vete y anuncia mi Palabra al pueblo, a este pueblo que es duro de cerviz, impermeable de corazón, muy duro de cabeza” (cf. Ez 2, 3-4).

A pesar de que es un pueblo que no quiere escuchar la Palabra de Dios, pone el Espíritu de Dios sobre Ezequiel para que se levante, vaya donde el pueblo y, aun siendo duros de corazón y sin querer escuchar a Dios, les hable para que se conviertan. Y el profeta obedece al Señor.

3.- Esto vale para todo cristiano. También en nuestra sociedad hay gente de mollera dura, en el sentido no de tozudo, sino en el sentido de que le cuesta escuchar la Palabra de Dios, de que le cuesta hacer vida lo que el Señor nos ofrece en Jesucristo.

Para eso, manda el Señor hoy –en tiempos antiguos mandó a Ezequiel–. Ahora, ¿a quién manda? (Respuesta de un seminarista: “a los sacerdotes, a nosotros mismos, a todos los cristianos”). Por el bautismo tenemos una misión: vivir nuestra relación con el Señor y, después, anunciar su palabra, ser testigos suyos. Y el Señor manda, de un modo especial y específico, al sacerdote para que predique la Palabra.

Por tanto, todos estamos llamados ya; estáis todos llamados a ser profetas, a anunciar la Palabra, a dar testimonio de vuestra fe entre vuestros compañeros, en casa, en la familia, los amigos… allá donde estemos.

4.- A los que el Señor llama para ser sacerdotes o misioneros les dará una misión especial, les dará un sacramento que les conferirá una fuerza especial para realizar esa misión. Supongo que el Señor quiere llamaros a más de uno. Por mí que os llame a todos.

No sé si algunos estáis con el oído cerrado y os habéis puesto tapones. Os pusisteis los tapones en los oídos para bañaros y ahora no os lo queréis quitar para escuchar la Palabra de Dios. Pues, ¡hay que quitarse los tapones! ¡Hay que estar abiertos a que, si el Señor me llama, tengo que responder que sí!

Eso lo haréis descubriéndolo en un proceso de discernimiento; eso se irá viendo. Ahora no os preocupéis por eso. Lo importante es estar en sintonía con el Señor, de lo contrario no se puede saber.

Por tanto, estemos disponibles todos para ser profetas, es decir, para anunciar la Palabra del Señor a la sociedad que hace oídos sordos, que tiene el corazón empedernido.

5.- En la segunda lectura de san Pablo a los Corintios, el Apóstol remarca la pobreza que tiene. Él se considera un vaso de barro, frágil. Se considera que es nada, que tiene sus tentaciones y sus problemas. Pero el Señor le dice: “No te preocupes. Tú serás un instrumento mío, aunque seas frágil. Pues lo importante no es que tú seas frágil o que seas fuerte. Lo importante es que tú seas un buen instrumento en manos de Dios” (cf. 2 Co 12, 9-10).

Por muy débiles que seamos podemos ser buenos instrumentos del Señor. Imaginad que sois unos instrumentos delicados. A ver, decid nombres de instrumentos musicales que os gustaría ser. (Respuesta de los seminaristas: “una flauta, un piano, un tambor, una guitarra”). Para que salga una buena sintonía y unas buenas notas, ¿qué es más importante, que el instrumento sea bueno o que quién lo toque sea un virtuoso? (Respuesta de los seminaristas: “que quien lo toque sea un virtuoso”). ¿Dónde está, por tanto, lo más importante? En el arte de saber tocar.

¿Un gran músico puede hacer sacar un buen sonido, unas buenas notas, una buena melodía de un instrumento? Le costará más o menos esfuerzo, pero la sacará. Y, un instrumento bueno, hermoso, en manos de uno que no sabe ni música, ¿cómo sonará? (Respuesta de los seminaristas: “mal”).

6.- ¿Qué somos nosotros? (Respuesta de los seminaristas: “instrumentos”). ¿Quiénes son las manos que tocan esos instrumentos? (Respuesta de los seminaristas: “las manos de Dios”). Quien toca el instrumento es el Espíritu. ¿Quién lleva la Iglesia? El Espíritu Santo. ¿Quién es el que armoniza la sinfonía preciosa de la Iglesia? (Respuesta de los seminaristas: “el Espíritu Santo”). ¿Quién toca los instrumentos para que haya una sinfonía preciosa? (Respuesta de los seminaristas: “el Espíritu Santo”).

¿Quién llama a las distintas vocaciones? (Respuesta de los seminaristas: “el Espíritu Santo”). ¿Quién pone en pie al profeta? (Respuesta de los seminaristas: “el Espíritu Santo”). ¿Qué nos ha dicho Ezequiel sobre su llamada? «El espíritu entró en mí como se me había dicho y me hizo tenerme en pie; y oí al que me hablaba» (Ez 2, 2).

7.- ¿Qué nos pide el Señor? Primero que seáis buenos estudiantes, pero la segunda condición, ¿cuál es? (Respuesta de un seminarista: “que nos dejemos tocar por quién nos tenemos que dejar tocar”). Exacto, que nos dejemos tocar, que nos dejemos moldear por la fuerza del Espíritu. Y eso, el Espíritu lo hace a través de las mediaciones.

Por tanto, antes os he dicho que hemos de estar abiertos a la llamada del Señor. Y ahora, que procuremos ser buenos instrumentos, cada uno el que le toque ser: guitarra, arpa, flauta, piano… Dejad que el Espíritu haga de vosotros una sinfonía preciosa. No queráis ser los protagonistas únicos de vuestra historia. No digáis: “yo quiero ser”, “yo me empeño en ser”. Uno puede decir: “yo quiero ser médico”, “yo quiero ser profesor”, “yo quiero ser…”, “yo, yo y yo”. ¿Y si resulta que Dios te quiere en otra cosa? Por tanto, abiertos a que Dios haga una sinfonía de vuestro instrumento.

8.- Y finalmente, en este campamento, estos días de reflexión tenéis como lema: “Jesús vive en mi”. Es importante que hagáis la experiencia de entrar en contacto, en relación, con Jesús, con el Señor. Es muy importante. No que habléis de Jesús de memoria, de oídas, sino de corazón, porque lo conocéis y lo amáis. Eso es lo más importante.

Ojalá salgáis con la experiencia del corazón, de haber escuchado al Señor, de haber dialogado con Él, de haberle oído, de haberle secundado, de haberle pedido, de haberle dado gracias, de haberle tratado como es. Jesús vive en mí.

9.- Ya sé que cada día estáis trabajando con la carta a los Efesios. Es una carta preciosa y el esquema que estáis haciendo es muy bonito. Pues, para que Cristo viva en mí, me tengo que dejar moldear, tocar como buen instrumento.

Es Jesús el que me revela lo que Dios hace en mí. ¿Qué hace Dios en mí? A ver, en el bautismo, ¿qué nos hizo el Señor? (Respuesta de los seminaristas: “hijos del Padre”). Si Jesús permite que yo sea hijo, viviré como hijo. Jesús vivirá en mi como hijo, Él, de Dios, Hijo Unigénito, y yo como hijo, pero, al fin y al cabo, hijo.

Jesús me permitirá sentir como Él, tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús: vivir como Cristo, pensar como Cristo, hablar como Cristo. Si dejo que Jesús viva en mí, a través de su Espíritu, podré hablar como Cristo, pensar como Cristo, vivir como Cristo, ser hijo de Dios, ser templo del Espíritu.

¿Estáis dispuestos a que Jesús viva dentro de vosotros? (Respuesta de los seminaristas: “¡sí!”).

            Que esta Eucaristía sea, además de darle gracias al Señor, pedirle, de una manera muy personal cada uno, sobre todo después de la comunión, que Jesús viva dentro de cada uno de nosotros para que nos vaya transformando mediante su Espíritu. Amén.

 

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