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Eucaristía con los seminaristas (Capilla del Seminario-Málaga)

Publicado: 15/09/2015: 62

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la Eucaristía con los seminaristas celebrada en la Capilla del Seminario de Málaga, el 15 de septiembre de 2015.

EUCARISTÍA CON LOS SEMINARISTAS

(Seminario-Málaga, 15 septiembre 2015)

 

Lecturas: 1 Tim 3, 1-13; Sal 100, 1-6; Jn 19, 25-27.

(Nª Sª de los Dolores)

1.- Condiciones para servir al Señor en consagración total.

En la carta que hemos escuchado de Pablo a Timoteo, se nos habla de las características que tiene que tener un obispo. El servicio sacerdotal en el grado de obispo es un servicio de diakonía, es un servicio a la Iglesia. Aunque lo diga del grado del episcopos, sabéis que, en aquel momento, no había mucha diferencia en los términos entre episcopos, diakonos y presbiter; eran servicios y, a veces, se usaban los términos indistintamente.

Todo servicio, en el sentido de orden sagrado, comporta la misma exigencia. La ordenación de diácono, por parte vuestra, es la misma entrega que haréis en el presbiterio, siendo presbíteros; y, si algún día os llama el Señor a servir como episcopos, lo mismo, la entrega es total y plena. No es que sea una entrega gradual dependiendo del ministerio. Es cierto que es mucho más exigente cada uno de estos grados por la responsabilidad que te da la Iglesia, pero, por parte de uno, la ofrenda al Señor es total y plena desde el primer momento.

El texto de Pablo, que se refiere al ministerio episcopal, lo aplicamos al servidor de la Iglesia, al servidor del Evangelio, al que ha llamado Jesús para que lo represente y ejerza ese servicio especial de la Iglesia.

Este servicio es una buena tarea, una buena obra, «una noble tarea» (1 Tim 3, 1), hermosa. Otra cosa es que sea fácil o difícil, eso es aparte. Pero es noble y hermosa.

El ministro debe ser: irreprochable, sobrio, sensato, ordenado, hospitalario, hábil para enseñar, comprensivo (cf. 1 Tim 3, 2-3). Si uno no tiene la experiencia de vivir la relación personal con Jesús y no conoce la verdad revelada, no puede ser hábil para enseñar. ¿Qué puede enseñar? Sus teorías.

En la ordenación diaconal, se os dará la facultad y el ministerio de la Palabra, que tendréis que predicar objetivamente, y no predicaros a vosotros mismos.

Por tanto, hay que adquirir esa sobriedad, sensatez, ser hospitalario, ordenado, comprensivo; y añade, tener buena fama (cf. 1 Tim 3, 7); no agresivo, ni amigo del dinero. Eso es una escuela, la escuela que se empieza cuando uno entra en el Seminario o cuando empieza a discernir su vocación a la vida consagrada, al sacerdocio. Es una escuela que no acaba en toda la vida, dura toda la vida del sacerdote, o del diácono, o del presbítero, o del obispo.

Esto es importante porque sois llamados al servicio del gobierno. Por eso, san Pablo nos dice que, además de hábil para enseñar, debemos saber gobernar (cf. 1 Tim 3, 4); porque la tarea ministerial de los consagrados del orden sacerdotal es en relación al gobierno, para gobernar la Iglesia. Y en el gobierno se necesita prudencia y sensatez, no alocamientos y sentimientos que me llevan de una parte a otra, como las veletas que, según el viento, me llevan a un sitio u otro. Hay que saber a dónde vamos, conocer el camino, recorrerlo sensata y prudentemente, porque detrás van contigo otros a quiénes tú acompañas; y esto ya desde el diaconado.

Por tanto, hemos de saber gobernar, «pues si uno no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?» (1 Tim 3, 5). En este caso, Pablo se refiere a la casa en sentido de familia, con su esposa e hijos. En nuestro caso, no se refiere a eso. La idea de gobernar la propia casa podemos aplicarlo a gobernarnos a nosotros mismos.

Si uno no sabe regirse a sí mismo y es un continuo descontrol de sus sentimientos, de su vida, de su toma de decisiones, no puede ayudar ni gobernar a otros.

Así que, en estos días de Ejercicios espirituales que vais a tener, reflexionad si realmente ya tenéis las riendas de vuestra vida, si ya domináis lo dominable o lo que hay que dominar: llámese genio, lengua… Si no gobernáis vuestra casa, ¿cómo vais a gobernar la casa de Dios?

2.- El ministerio diaconal.

San Pablo también se dirige directamente a los diáconos: «en cuanto a los diáconos, sean asimismo respetables, sin doble lenguaje, no aficionados al mucho vino ni dados a negocios sucios» (1 Tim 3, 8).

Es decir, pide a los diáconos que sean personas normales, sensatas, prudentes, que les guía la luz del Señor y que ese es su cometido: iluminarlo todo desde la luz de Cristo.

«Que guarden el misterio de la fe con la conciencia pura» (1 Tim 3, 9). ¡Qué importante es guardar el misterio de la fe! Y añade Pablo: «tienen que ser probados primero y, cuando se vea que son intachables, que ejerzan el ministerio» (1 Tim 3, 10). El camino del Seminario ya es recorrido de discernimiento y una prueba, pero todos necesitamos, aún, seguir caminando hasta el final de nuestra vida en ese camino de perfección, como le llama Teresa.

En el salmo hemos rezado que queremos caminar con rectitud de corazón, sin poner nuestro corazón en intenciones viles que se apartan del Evangelio (cf. Sal 100).

3.- Inicio de curso.

Con esta Eucaristía iniciamos un nuevo curso en la vida del Seminario. Os animo a asumir con responsabilidad las tareas que se nos encomiendan. ¿Cuáles son las tareas en este curso, en este tiempo de formación? La oración, crecer personalmente en la relación con el Señor; el estudio, para el cual hay que “poner codos” y aprobar las asignaturas, y bien; el crecimiento personal, con capacidad de estar con el otro, capacidad de acoger, capacidad de escucha, capacidad de relación humana. Esa es vuestra tarea.

Vuestra tarea no es ser “mini-curas”. Cuando vais a la pastoral digo a los sacerdotes que vais a aprender y no a sustituir, ni a ser “medio curas”; no quiero que seáis “medio curas”, ni que, donde estéis, sustituyáis la tarea que tiene que hacer el párroco. Vais a ayudar, pero fundamentalmente vais a aprender y a formaros, a convivir, a estar con la gente, a saber estar y a saber escuchar.

Y esa tarea es para todos, no sólo para los próximos candidatos al diaconado. Es una tarea para todos los seminaristas.

4.- La Virgen de los Dolores.

Le pido a la Virgen de los Dolores, en cuya fiesta estamos, que os ayude. Ella supo estar en cada momento donde tuvo que estar. En la Anunciación supo estar de una manera: a la escucha del mensaje del Ángel y receptiva. Cuando cuidó a su Hijo, y lo cuidó, estuvo de otra manera. En la cruz estuvo de pie, stábat, al pie del cañón. En los momentos difíciles hay que saber estar.

Pedimos a la Virgen que nos acompañe y que nos enseñe a saber estar siempre con Jesús en todos los momentos de nuestra vida. Unas veces será de escucha, otras de ayuda, otras de estudio, otras de oración y reflexión, otras difíciles, de dolor. Os tocará acompañar a los fieles en momentos de dolor, de desgarro interior de familias. Para eso hay que tener un corazón que vibre, que ame, que sienta, para poder estar con el que sufre, con el enfermo, con la madre que ha perdido a un hijo.

Vivir la maternidad de María con alegría: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19, 26). Somos hijos, gocemos de esta maternidad.

Y vivir la filiación con confianza: «Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio» (Jn 19, 27).

Vivir la maternidad es una cosa: aceptar a María como madre. Y otra cosa es vivir la filiación como respuesta a esa maternidad. Somos sus hijos, es nuestra Madre, a la que debemos respeto, amor, oración, veneración. Somos sus hijos con su Hijo y eso tiene unas exigencias.

El discípulo, desde aquel momento, la recibió en su casa y en su corazón. Y el Señor nos invita también a que acojamos a María.

Pues en este inicio de curso, no apertura oficial de los Centros diocesanos de formación, le pido al Señor que a cada uno nos dé la fuerza, la luz, la gracia, para ir creciendo interiormente y viendo cómo el Señor nos llama a prepararnos para el servicio ministerial y la diaconía.

Y le pido por vosotros, los candidatos al diaconado: preparad vuestro corazón para recibir la gracia del sacramento del Orden.

Se lo pedimos a la Virgen, que Ella os acompaña siempre. Amén.

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