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Funeral del Rvdo. Antonio Alarcón (Cementerio Municipal-Málaga)

Publicado: 19/09/2015: 96

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en el funeral del Rvdo. Antonio Alarcón (Cementerio Municipal-Málaga) celebrado el 19 de septiembre de 2015.

FUNERAL DEL RVDO. ANTONIO ALARCÓN

(Cementerio Municipal-Málaga, 19 septiembre 2015)

 

Lecturas: Sab 2, 17-20; Sal 53, 3-8; Sant 3, 16 – 4, 3; Mc 9, 29-37.

(Domingo Ordinario XXV- B)

1.- Según el libro de la Sabiduría, los malvados quieren dar muerte al justo para conocer el desenlace de su vida y comprobar si vive lo que predica: «Veamos si es verdad lo que dice, comprobando cómo es su muerte» (Sab 2, 17).

            La muerte de Cristo, que es la ejemplar para todos nosotros, para todo ser humano, ratificó su amor a la humanidad hasta el extremo (cf. Jn 13, 1). Sus enemigos lo sometieron «a ultrajes y torturas, para conocer su temple y comprobar su resistencia» (Sab 2, 19).

La muerte de un cristiano debería ser el sello con que ratifica su compromiso bautismal y completa el itinerario de su fe vivida. El pensamiento bíblico lo expresa de la siguiente manera: «Antes de la muerte no felicites a nadie, porque solo en su final se conoce a la persona» (Eclo 11, 28).

La muerte de nuestro hermano Antonio ratifica su actitud de fe y de servicio sacerdotal a la Iglesia de Jesucristo. Y a nosotros, sacerdotes y fieles, nos estimula para permanecer fieles a la misión encomendada.

Casi sesenta años de sacerdocio ejercido en bien de la Iglesia y de los fieles es un testimonio que queda ratificado hasta la muerte. Muchos de vosotros habéis podido gozar, disfrutar del ministerio de D. Antonio. Hoy es momento de agradecer a Dios este don que ha sido su vida para nosotros.

2.- La vida de los fieles está en manos de Dios (cf. Sab 3, 1). El salmista nos ha dicho: «Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida» (Sal 53, 6). Así lo hemos cantado en el Salmo. Nuestra vida no depende de nosotros, sino de Dios, quien nos cuida, nos ofrece los bienes para vivir, y nos concede la vida eterna definitivamente.

            Hoy queremos dar gracias a Dios por el regalo que ha sido para nosotros y para la Iglesia la persona de D. Antonio y su ministerio sacerdotal. La Providencia quiso llamarlo para ejercer el sacerdocio, en representación sacramental de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

            El Señor nos otorgó la presencia de D. Antonio y el Señor se lo ha llevado. Ahora le pedimos que lo acoja en su seno; en la vida eterna, en la que creyó y predicó, en la contemplación plena de la Verdad. En la Luz que lo hace todo luminoso y claro, en la Luz de Cristo.

Le pedimos al Señor que sea misericordioso con nuestro hermano, por las faltas que pudo cometer en su vida mortal. Esa es nuestra intención en esta Eucaristía en la que celebramos el Misterio Pascual de Cristo al que nuestro hermano Antonio se ha unido ya en todo el proceso. Se unió inicialmente en el bautismo, como todos, pero ha completado su peregrinación uniéndose a la muerte de Cristo. Por tanto, se ha injertado en el Misterio Pascual de la muerte y resurrección. Ahora esperamos que el Señor, al igual que lo ha acogido en su muerte, también le regale la resurrección.

3.- El evangelio de Marcos nos ha recordado las palabras que Jesús dirigía a sus discípulos: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará» (Mc 9, 31).

Si hacemos la composición de lugar a la manera ignaciana, nos debemos situar en una escena íntima y privada, de camino hacia Jerusalén, en la que el Maestro instruye a sus discípulos en el misterio de la cruz, del sufrimiento y de su muerte. Jesús quería iniciar a los suyos en el Misterio Pascual, núcleo de la revelación cristiana. No debemos, por tanto, asustarnos.

Nosotros conocemos estos hechos históricos y sabemos que fue verdad la resurrección de Jesús, que los discípulos no podían entender y les daba miedo preguntarle (cf. Mc 9, 32). Nosotros por fe y revelación conocemos lo que ocurrió a Jesús. Sí que murió, pero también resucitó. Unidos a la muerte también resucitamos con el Señor. Esta verdad es propia de nuestra fe, es el núcleo de la cristiana, el Misterio Pascual que estamos celebrando.

4.- Agradecemos al Señor, como hemos dicho, la vida, la presencia de D. Antonio entre nosotros y su ministerio sacerdotal. Que hoy sea una acción de gracias gozosa por el regalo que nos ha dado en su persona. Y le pedimos que lo acoja bondadosamente, misericordiosamente en su Reino de inmortalidad. Porque nadie por nuestra conducta podemos pedir o exigir la resurrección final, el perdón de nuestros pecados, nos lo ha concedido Cristo con su Misterio Pascual.

Pues ahora, que a nuestro hermano Antonio, presbítero, lo acoja Dios Padre, le permita contemplar cara a cara el amor que intentó siempre vivir y predicar. Y que pueda conocer en profundidad esa Palabra de Dios, a la Persona de Jesucristo que fue el centro de su vida.

A nosotros, que el Señor nos consuele con estas palabras de fe y que nos estimule a vivir en fidelidad, con alegría, también con entusiasmo y compromiso misionero comunicando a nuestros paisanos que la vida no termina en este mundo, que Cristo resucitado nos espera más allá de nuestra muerte.

Le pedimos a la Virgen su intercesión y que la acompañe ahora ante la presencia del Señor con los ángeles y santos. Amén.

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