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Santos Ciriaco y Paula, Patronos de la Ciudad de Málaga (Parroquia de los Santos Mártires-Málaga)

Publicado: 18/06/2012: 143

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la fiesta de los Santos Ciriaco y Paula, Patronos de la Ciudad de Málaga (Parroquia de los Santos Mártires-Málaga) celebrada el 18 de junio de 2012.

SANTOS CIRIACO Y PAULA

PATRONOS DE LA CIUDAD DE MÁLAGA

(Parroquia Santos Mártires – Málaga, 18 junio 2012)

Lecturas: Sb 3, 1-9; Sal 125; 1 Pe 4, 13-19; Mt 16, 13-19.

Testimonio explícito de la fe en Cristo

1.- Queridos fieles, nos hemos congregados para celebrar esta solemnidad de nuestros santos Patronos Ciriaco y Paula.

El Evangelio de hoy nos narra el diálogo que Jesús tuvo en la región de Cesarea de Filipo con sus discípulos, a quienes pregunta sobre su mesianidad: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» (Mt 16, 13).

Ellos contestan lo que han oído: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas» (Mt 16, 14). Pero Jesús insiste: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16, 15). No le interesa la respuesta de la gente, sin la de sus discípulos.

Entonces Simón Pedro hace una confesión pública de su fe en Cristo: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16), manifestando explícita y claramente la identidad del Mesías. Esta confesión de fe de Pedro es fruto de la revelación; es un don divino, es una gracia que Dios concede, que no se deduce de la razón ni de la experiencia; no es fruto de un acto humano. Jesús le responde: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 17). Para llegar a esa confesión de fe, a esa confesión de la mesianidad de Jesús hace falta la fe revelada; no se puede partir de un dato histórico sólo.

El Evangelio narra un momento, en el que Jesús quiere que sus discípulos confiesen su fe en él (Mt 16,13-19). Pedro cobra un relieve singular, porque hace una confesión explícita y clara de su fe y recibe la promesa de que será “piedra”, sobre la que se edifique la Iglesia: «Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18).

Ésta es nuestra esperanza: La Iglesia es obra de Jesucristo y él la mantendrá hasta el final de los tiempos. No va a ser derrotada por nadie; y menos por gente de fuera. Cuentan que, en tiempos de la persecución religiosa en España, a partir de 1931, un no-creyente contrario a la Iglesia le dijo a un sacerdote: “Vamos a acabar con la Iglesia”. Y el sacerdote le respondió: “Si después de dos mil años nosotros mismos desde dentro, con nuestros pecados y fallos no hemos podido acabar con ella, no te preocupes que nadie desde fuera podrá acabar con ella”.

Y así ha sido, así es y será. Nadie desde fuera podrá acabar con ella. Cristo mantiene su palabra de que estará con su Iglesia; para eso la ha instituido, hasta el final de los tiempos. Esta es nuestra esperanza y esta es nuestra fe.

2.- La actitud de Pedro es necesaria para los cristianos de hoy, en medio de un ambiente cultural "light" y con la tentación del relativismo o del mal entendido pluralismo religioso. El anuncio de la fe no puede quedar reducido a un conjunto de palabras difusas o puramente teóricas, o una serie de propuestas humanitarias o de signos de solidaridad. Éste sería incompleto si no hubiera un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús. Por tanto, “no hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios” (Evangelii nuntiandi, 22). La idea del anuncio explícito era algo que tenía muy claro el papa Pablo VI.

Estamos celebrando la fiesta de nuestros Patronos. Todo esto está en perfecta sintonía con esta celebración de alguien que dio su vida por este anuncio explícito de Jesús.

Hoy todos los cristianos: los sacerdotes, los catequistas, los profesores de religión, los padres cristianos han de dar a conocer a Jesucristo en su vida y su misterio. Y su mensaje central no puede ser otro: «Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras» (1 Co 15, 2-5). Por esto han dado su vida todos los mártires; éste es el núcleo de nuestra fe: Cristo ha muerto por la humanidad y ha resucitado. Sin escuchar este mensaje no se llega a la fe; y si no se acoge este anuncio explícito, y no se le presta la debida adhesión del corazón no se es del todo cristiano.

3.- La evangelización, queridos hermanos, es fundamentalmente siempre la misma; el mundo lleva dos mil años oyendo este mensaje, pero asume connotaciones diversas según las situaciones históricas y sociales. En la época de Jesús las referencias mentales tenían que ver con las categorías del Antiguo Testamento y con la esperanza mesiánica que abrigaban las personas. Por eso hablar de la mesianidad de Jesús en su tiempo era un tanto ambiguo, porque la idea de Mesías que tenían no es la que tenemos hoy. Ellos esperaban un libertador socio-político de Israel; para nosotros en cambio, la revelación nos ha indicado que el Mesías nos salva y nos libera de nuestro mismo pecado y nos ofrece la salvación divina. En el contexto en que vivimos, la tradición cristiana está sometida a un proceso acelerado de transformación. El fenómeno cristiano se ha convertido en un hecho casi secundario y residual; o al menos, eso es lo que pretenden algunos.

Los Obispos españoles en el Plan de Pastoral para el trienio 2002-2005, titulado Una Iglesia esperanzada. ¡Mar adentro!, señalaban que la “cultura pública occidental se aleja conscientemente de la fe cristiana y camina hacia un humanismo inmanentista (…), que se convierte en causa permanente de dificultades para su vida y misión... Se da una situación de nuevo paganismo: el Dios vivo es apartado de la vida diaria, mientras los más diversos ídolos se adueñan de ella” (n. 7 y 8).

Sin embargo, “la cuestión principal a la que la Iglesia ha de hacer frente es la secularización interna. Se trata de un problema de casa y no solo de fuera... que afecta a la débil transmisión de la fe a las generaciones jóvenes”. Y se señala igualmente “que no es la cultura ambiente, sino la propia identidad de ser Iglesia de Jesucristo la que tiene que marcar los caminos pastorales” (n. 10 y 11). Nadie tiene por qué decirle a la Iglesia lo que tiene que hacer; toca a los cristianos ponerse sus objetivos y los retos a superar.

4.- La pregunta que Jesucristo hizo a los apóstoles: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16, 15), se la hicieron Ciriaco y Paula; y también nos la hace a nosotros hoy. Si tenemos fe verdadera en el Señor y lo descubrimos en la Iglesia, nuestra respuesta será conforme al criterio de la Iglesia, que nos trasmite la fe en Cristo recibida de los Apóstoles. Será la misma respuesta que dio Pedro y la que dieron los santos mártires Ciriaco y Paula.

            Podría parecer innecesario hacer esta pregunta; pero tal vez entre cristianos, o entre gente que se confiesa cristiana, podríamos oír respuestas diversas. Temo que no todos los cristianos estén en situación y en grado de responder esta confesión explícita de la fe; y que hay muchas imágenes de Dios en la mente y en el corazón de muchos creyentes. Y que tal vez la fe que profesan no es la fe de la Iglesia; no es la fe de Ciriaco y Paula; no es la fe en el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo; no es la fe Trinitaria; sino una fe acomodada a las necesidades propias.

5.- Ciriaco y Paula fueron testigos de la fe en el Dios vivo y Trino, en el Dios de Jesucristo, en el Dios de la Iglesia.

Se fiaron de Dios: y pusieron sus vidas al servicio de Jesucristo y de la Iglesia, al servicio de quien les había salvado.

Hemos escuchado en el libro de la Sabiduría: «La vida de los justos está en manos de Dios y no los tocará el tormento» (Sb 3,1). Se fiaron de Dios, pusieron sus vidas en sus manos y aunque las perdieron temporalmente, las recobraron en manos de Dios.

Sufrieron por Cristo y por su Evangelio. El libro de la Sabiduría dice: los justos «sufrieron pequeños castigos, recibirán grandes favores» (Sb 3,5). Así sucedió con nuestros Patronos: sufrieron castigo y martirio, pero han recibido el gran favor de la corona de la inmortalidad y de la paz con el Señor.

Dios los puso a prueba, para aquilatarlos como oro en crisol: «Dios los puso a prueba y los halló dignos de sí. Los probó como oro en crisol, los recibió como sacrificio de holocausto» (Sb 3,5-6). Esa es la recompensa que nuestros patronos recibieron; fueron aquilatados, fueron purificados, fueron limpiados de lo que estorbaba en su camino hacia Dios. El posible egoísmo que pudieron tener quedó purificado por su gran amor al Señor; quedaron acrisolados, aquilatados, como oro puro. Y ahora, tantos siglos después, nosotros podemos honrarles y agradecer a Dios la figura de estos grandes testigos de la fe.

Se mantuvieron alegres en el Señor. Ellos, según la carta de san Pedro, que hemos escuchado, se mantuvieron alegres en el Señor a pesar de las dificultades. «Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo» (1Pe 4,13). Estar alegres cuando se reciben sufrimientos y ataques no es lo más normal, pero el Señor da la fuerza para que sea así; no es por nuestra fuerza, pero si con lo fuerza del Señor.

6.- «Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros, porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros» (1Pe 4,14). Tenemos unos grandes modelos: Ciriaco y Paula, que han sabido soportar los sufrimientos y el tormento; han ofrecido su vida al Señor; se han puesto en sus manos; han sido aquilatados por el fuego del martirio, pero hoy resplandecen como estrellas con luz que reciben del Sol invicto, que es Jesucristo, del Sol que no muere, del Sol eterno que ilumina siempre al hombre.

            Pidamos la intercesión de nuestros Patronos, Ciriaco y Paula, para que sepamos dar también nosotros en nuestro ambiente un testimonio explícito del Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, del Dios vivo y Trino; no del Dios que tengamos en nuestra mente, cuya imagen tendríamos que purificar.

Pidámosles a nuestros Patronos para que nos ayuden a dar testimonio valiente de la fe en el Dios Trino. Amén.

 

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