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Visita a Valencia de los Seminaristas malagueños (Parroquia San Esteban-Valencia)

Publicado: 25/06/2012: 136

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la visita a Valencia de los Seminaristas malagueños (Parroquia San Esteban-Valencia) celebrada el 25 de junio de 2012.

VISITA A VALENCIA

DE LOS SEMINARISTAS MALAGUEÑOS

(Parroquia San Esteban-Valencia, 25 junio 2012)

Lecturas: 1 Co 3,10-17; Mt 16,13-20.

1.- Muy querido párroco, D. Víctor, Sr. Vicario Episcopal, D. Javier, y demás Superiores del Seminario de Málaga.

Agradecemos el que podamos unirnos a esta fiesta de la parroquia de San Esteban en Valencia. También los seminaristas de Málaga, con mucho gozo al terminar el curso, quieren agradecer al Señor todo lo que nos ha regalado. Hoy celebramos una acción de gracias conjunta de esta parroquia y de los seminaristas de Málaga.

Las dos lecturas tienen un denominador común, que va en relación con lo que estamos celebrando de agradecer al Señor todos los bienes que nos ha concedido en este curso pastoral.

En la primera lectura san Pablo dice que hay que ir con cuidado con lo que uno construye y cómo construye: «Mire cada cual cómo construye. Pues nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo» (1 Co 3,10-11). Solo se puede construir sobre el fundamento de Cristo. Él es la piedra angular, es el fundamento de nuestra fe, es el Dios hecho hombre. Por tanto, no puede haber nada que no esté fundamentado en Jesucristo.

Construir fuera de Cristo es construir en balde y, por tanto, no sirve. Y construir sobre Cristo, pero de forma equivocada, o con material no adecuado, también es construir de balde: «Y si uno construye sobre el cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, hierba, paja, la obra de cada cual quedará patente, la mostrará el día, porque se revelará con fuego. Y el fuego comprobará la calidad de la obra de cada cual» (1 Co 3,12-13). Nos podemos preguntar si durante este curso hemos construido sobre Cristo y cómo Cristo quería que construyéramos.

2.- Queremos dar gracias a Dios que nos ha dado tantas cosas. Hemos escuchado en la monición de entrada las actividades pastorales y la actitud socio-caritativa que habéis realizado en la parroquia y que el Señor nos pide que hagamos por los más necesitados.

Hoy es un día de acción de gracias a Dios. Pero no podemos dejar de plantearnos si lo que hemos hecho está en la línea de lo que Cristo quiere. Damos gracias a Dios esperando que haber hecho lo que el Señor nos pedía y que hayamos construido en la manera en que Él deseaba. También le pedimos perdón si no hemos hecho las cosas como el Señor esperaba de nosotros.

Eso es lo que se llama una bendición: en primer lugar, pedir perdón por lo que no hemos hecho bien; en segundo lugar, dar gracias a Dios; y finalmente, pedirle que nos siga bendiciendo con sus dones. La bendición del Señor que los israelitas promulgaban tenía esa doble vertiente: acción de gracias por las cosas que el Señor regalado, –pues todo lo que hemos hecho es por gracia y don de Dios–; y pedirle que siga bendiciendo y agraciando, dándonos su amor, sus dones y su gracia; esa gracia que nos salva y nos diviniza; la que nos hace sintonizar con Cristo, que es la piedra angular.

3.- En el evangelio de Mateo se narra la escena que ocurre en una de las fuentes del nacimiento del río Jordán, en Banias, donde está Cesarea de Filipo. En la época de Jesús había allí unos altares dedicados a otros dioses. La gente iba allí a adorarles. Había una especie de entrada a una cueva, que simbolizaba o rememoraba la entrada al hades, al infierno. Precisamente allí, Jesús pregunta a los discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» (Mt 16,13). Ellos responden que unos dicen una cosa y otros que otra. Y Jesús, les vuelve a hacer una pregunta, pero esta vez más directa: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,15). Y ya sabemos la respuesta que da Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16).

Esa respuesta no es fruto de la razón humana. Pedro no puede deducir con la razón que Jesús es el Hijo de Dios. Eso forma parte de la revelación de la fe. Vuelve Jesucristo a estar en el centro: Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Nosotros no podemos más que confesar esa fe, quitando otros dioses y otros ídolos. Nuestra fe hemos de purificarla, hemos de centrarla en Jesucristo, el único Pontifex, el único Puente que nos permite entrar en sintonía con Dios Trino.

Gracias a Jesucristo podemos agradecer al Dios Trino todo lo que nos regala: la vida, la fe y cada una de las acciones que Él nos ha permitido realizar, sobre todo, de este curso que estamos agradeciendo al Señor.

4.- Cuando escuchaba lo que habéis hecho este curso pensaba que nada se podría haber hecho si el Señor no hubiera querido. A veces, pensamos que somos los protagonistas de nuestra historia: «hemos hecho», «hemos recogido», «hemos realizado», «hemos aprobado», «hemos construido» … y no nos damos cuenta que ya en el inicio de todo eso está Dios; incluso, en la fe.

Creemos en Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo; y ese creer ya es un don de Dios; no es fruto de un raciocinio humano. Llegar a decir como Pedro: «Tú eres el Mesías» es fruto de la gracia de Dios, de una gracia preveniente, antecedente. De lo contrario seríamos unos pelagianos o semi-pelagianos. Todo es dádiva divina.

Por eso hoy, a mayor razón y más conscientes, queremos dar gracias a Dios de todo ello. Damos gracias a Dios por todo, de modo especial, por este curso que termina. De las cosas buenas que hemos hecho, porque el Espíritu nos las ha inspirado y las hemos podido hacer; y hemos podido amar, creer, celebrar, rezar, compartir… porque el Señor nos lo ha permitido.

Dando, pues, gracias a Dios le pedimos que nos siga bendiciendo y que nos siga dando su amor.

Le pedimos a la Virgen María que nos acompañe, que seamos como Ella, humildes, reconociendo todo lo que el Señor nos regala; y humildes también, para agradecérselo. Que así sea.

 

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