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Misa en sufragio de María Catalá, hermana del Obispo de Málaga (Catedral-Málaga)

Publicado: 05/07/2012: 128

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la Misa en sufragio de María Catalá, hermana del Obispo, celebrada en la Catedral de Málaga el 5 de julio de 2012.

MISA EN SUFRAGIO DE MARÍA CATALÁ,

HERMANA DEL OBISPO

(Catedral-Málaga, 5 julio 2012)

Lecturas: Rm 6, 3-8; Mt 9, 1-8.

1.- Bautizados en Cristo: Sepultados en su muerte para resucitar

Estimados hermanos en el episcopado, queridos sacerdotes y fieles todos que os unís a esta celebración del Misterio Pascual en sufragio de mi hermana María, que ya terminó su peregrinación en este mundo.

            El texto de Pablo a los Romanos nos invita a pensar en nuestra inserción en la muerte y resurrección de Jesucristo a partir del bautismo. Todo cristiano empieza su peregrinación al nacer en este mundo; pero la peregrinación desde la vida de Dios inicia en el bautismo.

Los que somos bautizados en Cristo, somos bautizados en su muerte. Somos sepultados en la muerte con Cristo, pero al participar de esa muerte también participamos en su resurrección. Quien participa en la muerte de Cristo, participa en su resurrección.

Esto hemos de profundizarlo porque no es sólo para cuando uno termina su vida temporal; la inserción en la vida de Cristo, el quedar sepultados a la muerte empieza en el bautismo. Y la resurrección, en cierto sentido, por incoación de la gracia, empieza en el bautismo, aunque no sea de modo definitivo.

Si nos hacemos una cosa con Cristo y vivimos una muerte semejante a la suya, dice Pablo, que también gozaremos de una resurrección semejante a la suya (cf. Rm 6, 5).

2.- Perdón de los pecados

En el Evangelio de Mateo se presenta la curación de un paralítico ante la cual los judíos se escandalizan, porque Jesús dice: «Animo, hijo, tus pecados te son perdonados» (Mt 9, 2c). Pero, para los judíos solamente puede perdonar los pecados Dios. Sin embargo, Jesús para demostrarles que puede hacerlo también, no solamente le perdona los pecados, sino que le devuelve la vida activa y le cura la parálisis.

3.- Morir al hombre viejo, para gozar de una vida nueva

En nuestro caminar cristiano el perdón de los pecados es una renovación de la vida, es una vida nueva. El unirse a Cristo en su muerte por el bautismo, es morir al hombre viejo para gozar de una vida nueva. No es una vida nueva que vendrá después de la vida temporal y que empezará después de la vida temporal. A veces hablamos en nuestro lenguaje cotidiano dando la impresión de que la vida eterna viene después de la vida temporal.

El papa Benedicto insiste en que la vida nueva ya está incoada aquí; ya está presente en nuestra vida temporal. Por ello es necesario que nos hagamos más conscientes de que desde el bautismo estamos ya viviendo esa vida a través del perdón de los pecados, a través de esa incorporación a la muerte de Cristo, la muerte del hombre viejo, la muerte de lo caduco para vivir una vida nueva, para gozar ya aquí de la gracia de Dios, para vivir aquí la santificación y la transformación que produce en nosotros la gracia.

Como dice san Pablo: «Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6, 4).

4.- Los misterios de luz

La Iglesia dedica los jueves, y hoy es jueves, a la contemplación de los «misterios de luz». En realidad, todo el misterio de Cristo es luz, porque Él es «la luz del mundo» (Jn 8, 12).

Pero, ¿por qué nos propone la Iglesia la meditación de estos misterios de luz? Misterio de luz es ante todo el Bautismo de Jesús en el Jordán; es el primer misterio de luz que nos invita la Iglesia a contemplar. El Bautismo que nos incorpora a la muerte y resurrección de Jesucristo.

Cristo, siendo inocente que se hace 'pecado' por nosotros (cf. 2 Co 5, 21); entra en el agua del río, el cielo se abre y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto (cf. Mt 3, 17), y el Espíritu desciende sobre Él para investirlo de la misión que le espera.

El Bautismo de Jesús que meditamos los jueves nos anima a meditar en nuestro bautismo y en la prenda de inmortalidad que se nos regaló en este sacramento. Tenemos la prenda de inmortalidad; tenemos esa semilla sembrada en nuestro corazón; somos ya inmortales.

5.- Otros misterios de luz

Otro misterio de luz, la Transfiguración, que narra la experiencia íntima de los amigos de Jesús en el Monte Tabor (cf. Lc 9, 35 par.), nos ayuda a entender nuestra trasfiguración en esta vida temporal. Vamos siendo trasformados por el Señor, poco a poco; en la medida más bien en que nos dejamos.

La transfiguración viene completada después de nuestra muerte temporal. Aún en la otra vida se sigue progresando en el amor, y, por tanto, progresando en la transfiguración hasta identificarnos con Cristo en la medida en que cada uno va haciendo ese proceso. El Señor nos lo regala; lo que hace falta es que nosotros lo asumamos y lo hagamos nuestro.

            Lo mismo el tercer misterio del anuncio del Reino. Dios invita a la conversión (cf. Mc 1, 15). Este camino de fe o camino bautismal es un camino de Resurrección, es un camino pascual; siempre se junta el binomio “muerte y resurrección”; el Señor nos invita a convertirnos cada día y no esperar al final de la vida, cuando estemos ya a las puertas de la muerte temporal.

Y el quinto misterio de luz, la Eucaristía, es el pan de vida eterna que comemos aquí.

6.- Proceso de configuración con Cristo

Deseo pedir al Señor por cada uno de nosotros, para que sepamos asimilar, aceptar y acoger con gratitud la vida eterna que el Señor ya nos está regalando en este mundo temporal y que nos la completará al final de los tiempos.

Hoy pedimos por mi hermana María, para que el Señor le conceda en plenitud lo que aquí, en forma incoada, de forma inicial, de forma incipiente comenzó ya a gozar.

Fue configurada con Cristo en esta vida mediante los sacramentos, mediante la oración, mediante las buenas obras, mediante las tres virtudes teologales.

La configuración a Cristo se hace de la mano de María, la Virgen. Ella empezó ya desde el instante de su concepción de manera plena de Gracia. “La espiritualidad cristiana tiene como característica el deber del discípulo de configurarse cada vez más plenamente con su Maestro (cf. Rm 8, 29; Flp 3, 10. 21). La efusión del Espíritu en el Bautismo une al creyente como el sarmiento a la vid, que es Cristo (cf. Jn 15, 5), lo hace miembro de su Cuerpo místico (cf. 1 Co 12, 12; Rm 12, 5). A esta unidad inicial, sin embargo, ha de corresponder un camino de adhesión creciente a Él, que oriente cada vez más el comportamiento del discípulo según la 'lógica' de Cristo: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 2, 5)” (Juan Pablo II, El Rosario de la Virgen María, 15).

La Virgen María no tuvo que hacer ese proceso que nos toca hacer a nosotros; ella, como ser humano, debió aumentar el amor a Jesús, cuando éste desde la infancia va progresando en amor, sabiduría y en gracia. Hay un proceso en toda persona humana, pero la Virgen María lo tiene ya plenamente desde el inicio.

Pero nosotros tenemos que hacer el proceso e ir de la mano de María en este camino del encuentro definitivo con el Padre. Los hermanos que se van nos estimulan a vivir este proceso de configuración con Cristo, de eternidad aquí, de apropiación de esa vida nueva y de ese dejar ese hombre viejo del pecado y de la muerte.

            Le pedimos a la Virgen María que nos ayude, que nos acompañe en este caminar hacia la Patria definitiva, hacia el encuentro pleno con el Señor, para que sepamos ir identificándonos cada vez más e ir aceptando en mayor plenitud la gracia que el Señor nos dio en el bautismo, como semilla de inmortalidad. Que así sea.

 

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