DiócesisHomilías

Jornadas de Formación de Monitores para la Lectio Divina (Casa Diocesana-Málaga)

Publicado: 22/09/2012: 121

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en las Jornadas de Formación de Monitores para la Lectio Divina celebradas en la Casa Diocesana de Málaga el 22 de septiembre de 2012.

JORNADAS DE FORMACIÓN DE MONITORES

PARA LA LECTIO DIVINA

(Casa Diocesana-Málaga, 22 septiembre 2012)

Lecturas: Sb 2, 12.17-20; Sal 53; Sant 3, 16-4,3; Mc 9, 30-37.

(Domingo Ordinario XXV-B)

1.- En este XXV Domingo del Tiempo Ordinario, en el ciclo B que nos encontramos, la liturgia nos ofrece una reflexión compleja, difícil de entender para la mentalidad judía de ese tiempo.

El libro de la Sabiduría fue escrito, en la zona de Alejandría en Egipto, para un grupo de judíos que vivían en la diáspora. Vivían en medio de egipcios y de otras etnias paganas respecto a la fe judaica. Los egipcios también adoraban a sus dioses, al dios Sol, a “Ra” o a “Amón-Ra”, pero eran paganos respecto a la fe judía. Con lo cual es un paso progresivo en la reflexión que se hace sobre la fe. Digamos que el libro de la Sabiduría purifica la fe del Pueblo de Israel.

2.- ¿En qué pensaban los judíos respecto a lo que nos ha dicho el libro de la Sabiduría? Los judíos pensaban tres cosas, entre otras. Primero, que cuando uno se comportaba bien Dios lo bendecía. Al malvado las cosas le van mal, al bueno y al justo las cosas le van bien. La bendición se le da Dios a quien se porta bien y castiga a quien se porta mal.

Otra mentalidad era que cuando una persona se portaba mal no sólo Dios castigaba a esas personas sino incluso a las generaciones, a los hijos de sus hijos. Y tercero, otra era que si el hombre piadoso, el hombre creyente, el hombre justo se portaba bien no tenía por qué sucederle cosas malas. He puesto tres ejemplos de esa mentalidad, el libro de la Sabiduría rompe y da un paso adelante desestabilizando a quien pensaba a sí.

3.- Concretamente contrapone dos formas de actuar: una es la del justo, la del hombre piadoso, el hombre religioso, el hombre que tiene fe, el hombre que se fía de Dios, ese es el justo. Justo no es solamente el que busca que se haga justicia, no en el sentido de justicia sólo. El término de justicia en la Biblia es mucho más amplio: el hombre piadoso, el hombre religioso, el hombre creyente, el hombre que se fía de Dios, el hombre que vive según Dios, que sería en justicia.

Esta figura se contrapone al hombre impío. Para nosotros la palabra impío tiene una connotación fundamentalmente más bien del malvado, el que se porta mal; pero es más amplia, en el lenguaje bíblico impío es lo contrario del piadoso.

El hombre piadoso es el que se fía de Dios, cree en él y acepta la trascendencia. El impío no sólo es el que tiene un comportamiento negativo, malvado, comete acciones que no son adecuadas, no son correctas, es sobre todo aquel que en su mentalidad la trascendencia está fuera. Aquel que vive, lo que hoy diríamos, en el materialismo. Aquel que no cree en Dios o no practica al menos la “pietas” la actitud de piedad como hombre respecto a Dios. El hombre no-religioso, diríamos hoy, el hombre ateo, el hombre no-creyente, el hombre materialista.

4.- Desde esa mentalidad cuando viene juzgado el justo, el hombre creyente piadoso, que dice que se fía de Dios, le plantean los impíos a ver si es verdad: “Ah, sí, ¿tú dices que crees en Dios? Pues vamos a verlo”. Vamos a ponerlo a prueba, vamos a fastidiarle porque solamente su conducta, aunque no nos diga nada, ya con su comportamiento nos está denunciando nuestro comportamiento, nuestra forma de pensar. Vamos a eliminarlo porque nos molesta.

Los creyentes molestamos a los no-creyentes. Esto es el “odium-fidei”, el odio hacia la fe de la que tantos han sido mártires, tantos cristianos que han muerto mártires por la fe, por el odio a la fe. El cristiano molesta por su actitud, por su forma de pensar, por su estilo de vida, porque claro, es contraria a la nuestra. Nosotros queremos imponer nuestra ideología y este señor nos fastidia. ¡Vamos a eliminarlo! Si dice que se fía de Dios y que su vida está en manos de Dios, pues lo salvará. Por tanto, ¡vamos a fastidiarle!

«Si el justo es hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de los enemigos. Sometámosle al ultraje y al tormento para conocer su temple y probar su entereza. Condenémosle a una muerte afrentosa, pues, según él, Dios le visitará.» (Sb 2, 18-20). Si realmente el justo es hijo de Dios cuando le sometamos a muerte Dios hará un “milagrito” y no morirá a manos nuestras, algo hará. Esa es la mentalidad del no-piadoso, del impío, del no-creyente, del materialista, del ateo.

5.- ¿Cuál era la mentalidad del creyente? Que ciertamente Dios iría en ayuda suya y no caería en manos de los enemigos. Pero resulta que la realidad desmiente esa forma de pensar. Y el justo, el piadoso, el bueno, el que se comporta bien, el que se fía de Dios, es atacado por los impíos y muere.

Tenemos en el Evangelio a Jesús, quien, con su palabra y después con su vida dice: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán» (Mc 9, 31). Al Justo de los justos, al Hombre más piadoso del mundo, nada menos que al Hijo de Dios, al Ungido de Dios, al Mesías, lo van a matar. Luego no se va a cumplir esa idea de que al justo por arte y milagro el Señor lo librará. Con lo cual, esto fue un aldabonazo para la fe de Israel.

            Y esto sigue siendo, como veis, muy realista; porque el siglo XX ha sido, según dicen los historiadores, el siglo más duro de los impíos contra los piadosos, donde ha habido numéricamente muchos más mártires que en los primeros siglos de la Iglesia, muchísimos más.

6.- El piadoso muere. ¿No está su vida en manos de Dios? ¿No ha dicho el Salmo 53 y hemos rezado con él: “El Señor sostiene mi vida”? Claro que sí, pero tu vida no es sólo la vida temporal, si tú eres creyente en Dios y en la trascendencia, tienes que creer que la vida no termina aquí en el mundo. Luego es cierto que Dios sostiene tu vida, querido creyente, hombre piadoso.

Pero tu vida, el arco de tu vida no acaba aquí. Con lo cual puedes morir, incluso violentamente. Pero no morirás para siempre, porque tu vida está en manos de Dios. Y eso lo certifica Jesús porque después de muerto, a los tres días, resucitará. Luego sí que está en manos de Dios. Ahora bien, no cómo pensaban los apóstoles. Esto es una novedad enorme, tan enorme que los apóstoles y discípulos no entendía aquello (cf. Mc 9,32), para ellos fue un aldabonazo, un cambio en su mentalidad. Y después tuvieron que aceptar histórica y realmente cuando a Jesús lo crucificaron. Se cumplieron estas palabas de Jesús.

7.- Con lo cual la Palabra de Dios, en este caso a través del libro de la Sabiduría, da un paso adelante sobre la reflexión del sentido de la vida, sobre la fe y sobre el ateísmo.

Podríamos aplicarlo a nosotros. Tampoco hoy no nos comprenden. Nuestras palabras a los no-piadosos, a los impíos le resultan incómodas. Nos oponemos a sus maneras de pensar y a sus acciones, e intentan eliminarnos primero, para quedar libres de nosotros, y segundo, para comprobar que si creemos nos debe salvar alguien.

El triunfo inmediato es de lo impíos y eso es así casi siempre. Pero eso no nos debe dar miedo. Los apóstoles no entendían aquello y les daba miedo hasta preguntarle (cf. Mc 9, 32), pensando que no fuera a ser verdad aquello que estaban preguntando. Y resulta que era verdad, aunque nos duela.

8.- El primer descalabro de pensamiento que sufren los apóstoles y que podemos sufrir nosotros si no entramos en la dinámica de que, aunque estamos en manos de Dios, no nos ahorra el sufrimiento en esta vida, ni el tormento, ni la muerte, como no se la ahorró a su Hijo Unigénito; no queramos ser más que el Hijo. Somos hijos adoptivos, pero no somos hijos esenciales, naturales, generados por Dios, somos adoptados o adoptivos.

Y el segundo aldabonazo o cambio de perspectiva que Jesús, la Sabiduría en persona, les hace a los Apóstoles. La mentalidad de los apóstoles que estaban discutiendo a ver quién era el más importante: el más importante es el que gobierna más, el que tiene más poder, el que después será el primero, que se pondrá a la derecha en el Reino de los cielos… (cf. Mc 9, 34). Y Jesús, entonces, llama a los doce, a los más íntimos, a los que van a ser sus más grandes representantes y pregoneros y les dice: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9, 35). ¡Ahora sí que la hemos hecho buena! Pensarían los Apóstoles. Ellos pensaban que era el más importante el que estaba más cerca de Jesús, el que tenía más confianza en él, aquel al que el Señor le daba cancha, al que le daría potestad para gobernar, el que haría cosas maravillosas, el que eliminaría a los romanos de la tierra de Palestina, que haría milagritos y al final, además, estaría a su derecha y a su izquierda en el Reino de los Cielos. Esa era la mentalidad de los Apóstoles.

9.- El gran aldabonazo ha sido escuchar que el que quiera ser el primero y más importante, que sea el último y el servidor de todos.

Como ejemplo, coge a un niño y les dice: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado» (Mc 9, 36).

Jesús nos ofrece dos grandes lecciones. Una, desde el libro de la Sabiduría corroborado por el mismo Jesús: el justo está en manos de Dios, pero no debe temer ni siquiera la muerte, si de veras nos creemos que estamos en las manos de Dios, porque la muerte no es el final.

Y segunda lección. El primero y más importante entre los discípulos de Jesús no es el que ocupa un lugar físico, ni el que tiene más inteligencia, ni el que tiene más poder, ni el que sabe más, ni el que pretende tener mayor importancia. El primero es el que sirve, el último de todo. Con lo cual, Jesús le da la “vuelta a la tortilla”. Eso no es lo que piensa uno en su inteligencia normal, esa forma de pensar es totalmente nueva, distinta.

Pues esto, que ya dijo Jesús hace dos mil años, lo tenemos actualizado. Y si no entramos en esta dialéctica o en esta forma de pensar no entramos en el pensamiento de Jesús.

Vamos a pedirle al Señor que entremos en esta dinámica que no es la nuestra. Es una lógica ilógica, humanamente hablando. Es una actitud que no responde a lo que podría ser una experiencia humana, es otra cosa distinta. Y el ser discípulo de Jesús es entrar en esta nueva dinámica.

10.- Estáis reflexionando y profundizando en el método de la lectio divina. Hemos de empezar a pensar que la lectio divina como método nos va a llevar a descubrir muchas cosas y a dejar caer otras muchas. Tenemos muchas escamas o muchas vendas en los ojos que la Palabra de Dios nos ayudará a dejarlas caer.

¿Qué pretendemos con esto? Profundizar en la sabiduría de Dios, que nos hace más sabios que nuestros enemigos, más que nuestros paisanos, más que los coetáneos, más que los que no aceptan a Dios, y más que los impíos, en el sentido que ya hemos dicho antes.

Os animo a que, con la ayuda del Espíritu que es quien nos la da, nos adentremos y penetremos en este bosque inmenso, en este manantial riquísimo que es la Palabra de Dios.

Ese es el objetivo de las dos jornadas de trabajo que habéis realizado; en primer lugar, para vosotros, para cada uno, esto no es sólo para otros, pero no entro en la corriente. Me tengo que meter primero yo en la corriente, sólo cuando lo haga, cuando yo lo experimente podré invitar a otros a que hagan lo mismo. Al final de la Eucaristía haremos un doble gesto, no os digo cuál es, así hay suspense, para indicar lo que estoy diciendo de que queremos adentrarnos y penetrar en la sabiduría, en la escrutar la Palabra de Dios, en primer lugar, para nosotros. Y, en segundo lugar, que el Señor nos permita ayudar a otros a recorrer el mismo camino.

11.- Terminamos y le pedimos a la Virgen, la gran oyente de la Palabra, la que supo escuchar. A mí me gustó mucho y me gustaría que toda la Diócesis supiera esa palabra, la palabra obediencia. A ver decidme ¿qué es obedecer? ob-audiencia, la escucha atenta que acepta lo que escucha. Ser obediente es ser ob-audiente, hay que escuchar atentamente para saber qué me dice, no qué quiero que me diga, y a eso yo le doy mi confianza, mi corazón, lo acepto en mi vida y lo pongo en práctica. Esa es María, la Ob-audiente de la Palabra, la Obediente de lo que el Señor le ha dicho y pedido.

Ese término lo he dicho ya muchas veces, no me cansaré de repetirlo, aunque ya lo sepamos todos, y como no es patente mía, es un estudio terminológico, lo podéis pregonar por ahí.

Pues, le pedimos a la Virgen, la Obediente, la Oyente de la Palabra que sabe hacerla vida y convertirse en Discípula.

Que Santa María de la Victoria, nuestra Patrona de toda la Diócesis, nos ayude en este camino del que estoy muy ilusionado. Y quiero que salgáis ilusionadísimos porque es la forma en la que el Señor nos convertirá a Él.

Nuestro objetivo no es tratar temas teológicos, hablar de “temitas” y de “problemitas”, el objetivo de este grupo es una forma o estilo de vida cristiano, escucha de la Palabra para ser trasformados por ella. Eso es el mejor método para vivir como hijos de Dios. Creo que estamos en el buen camino. Que la Virgen nos ayuda. Así sea.

Más artículos de: Homilías
Compartir artículo