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Jornada Sacerdotal Diocesana (Seminario-Málaga)

Publicado: 18/12/2014: 69

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la Jornada Sacerdotal Diocesana celebrada en el Seminario de Málaga el 18 de diciembre de 2014.

JORNADA SACERDOTAL DIOCESANA

(Seminario-Málaga, 18 diciembre 2014)

 

En este día de encuentro sacerdotal, ante el Señor, Jesús Sacramentado, celebrando de manera anticipada la alegría de la Navidad, quisiera haceros partícipes de una reflexión en tres puntos.

1.- Gratitud.

Gratitud, fundamentalmente a Dios que ha querido estar con nosotros. Que ha enviado a Jesús, el Verbo de Dios encarnado, para asumir nuestra naturaleza. Porque hemos de estar muy agradecidos a Dios por ese amor manifestado en Cristo Jesús en la plenitud de los tiempos.

Y esta gratitud tiene también una dimensión horizontal de cara a las demás personas. Gratitud porque el Señor nos permite vivir en cercanía entre nosotros. Antes, mientras nos saludábamos, veía que sois de distintas generaciones, en las que unos habéis recibido la formación, las clases y la educación integral en el Seminario, y comentabais algunos quién había sido vuestro superior, director espiritual o rector… Mientras, a su vez, veía generaciones posteriores haciendo esa misma tarea con los jóvenes que vienen detrás.

Gratitud, por tanto, dentro del presbiterio que, de igual manera que el Señor se abaja, se acerca, nos eleva, comparte con nosotros, la generación mayor ofrece su sabiduría, su experiencia, su prudencia al resto de los sacerdotes que se van incorporando al presbiterio. Y, ¿por qué no manifestar esa gratitud a los sacerdotes, a los que estáis presentes, a los que murieron y rezamos por ellos agradeciéndoles su labor? Es un buen momento para recordar a los que nos educaron o compartieron con nosotros su sabiduría, nos explicaron la teología, nos hablaron de Dios, nos ayudaron a crecer humana y espiritualmente.

Dando gracias al Señor, a Cristo que se encarna y al hermano que también se ha acercado a mí, que se ha rebajado a mi lado, me ha hablado, me ha formado, me ha ayudado a crecer, a ser cura. O gratitud también a los compañeros, pues cuando uno entra en el presbiterio, (y entra medio despistado), los otros sacerdotes le van explicando la experiencia de cómo tiene que ir haciendo las cosas.

2.- Fraternidad.

La fraternidad que va ligada a la gratitud, pero tiene un matiz distinto. La fraternidad quiere decir que la dimensión inicial, vertical, nos hace hermanos porque somos hijos del mismo Padre.

Los tres puntos tienen una dimensión vertical hacia Dios y otra horizontal hacia el hombre. La fraternidad subraya que somos hermanos de Cristo, hijos adoptivos de Dios y formamos una fraternidad como presbiterio.

La Iglesia así nos lo propone: somos hermanos sacramentalmente. Es decir, tenemos una fraternidad sacramental; no de sangre. La de sangre no la elegimos, pero la sacramental tampoco. Formamos el mismo presbiterio porque Dios ha querido. En el que hemos sido introducidos a través del sacramento del orden en una fraternidad espiritual y sacramental que significa ser sacerdote, ser presbítero o diácono.

Damos gracias a Dios por esta fraternidad, y por habernos hecho partícipes en este presbiterio concreto, —otros han tenido o hemos tenido otros presbiterios­, pero ahora estamos formando éste—. Por eso, que en estas fiestas navideñas sepamos expresar la fraternidad entre nosotros. Mostremos una mayor cercanía, quizás con aquel que no hablo o hablo menos, o que casi no sé quién es, o incluso, que perteneciendo al mismo equipo arciprestal, mantenemos una distancia pastoral de ideas, de planteamientos o afectiva. Es un momento propicio para estrechar lazos de fraternidad. Para ser más hermanos.

Recuerdo que hace tres o cuatro años, en la fiesta de hoy, quise presentaros una dinámica para hacerla por grupos o de dos en dos, para que os acercarais a las personas menos conocidas y con quien menos habíais hablado.

El Obispo, como está en todas las reuniones y va a todas las parroquias, a veces, pregunta a algunos sacerdotes por uno en concreto, y le responden que no saben quién es. Creo que eso nos tiene que animar a promover la fraternidad entre todos, por tanto haced un pequeño esfuerzo por conocer, al menos estas navidades, a algún hermano sacerdote un poco más. Y no digo sólo a los sacerdotes enfermos, que eso ya se hace habitualmente, sino también a los que lo están pasando mal, a los que están en dificultad; e incluso, al que está bueno, sano y espiritualmente muy bien, pero con el que quizás tenemos poca relación o menos vinculación.

Vivamos la fraternidad con gestos. Que hoy nos propongamos hacer algún gesto concreto con alguno. No se puede hacer un gesto concreto con doscientos cincuenta o con trescientos curas, pero con uno o con dos sí.

Esto no es que lo tengamos que hacer como una imposición ética o moral, sino que esto se desprende de nuestro sacerdocio que nos ha regalo el Señor, de que compartimos el mismo sacerdocio.

3.- Sobriedad.

La sobriedad también posee su dimensión vertical y horizontal. ¿Por qué la sobriedad? Porque la Navidad la vive nuestra sociedad de otra manera: muy consumista, muy hacia fuera, muy de tener cosas, muy de comprar, a veces sin necesidad. Y no está mal que los sacerdotes vivamos un poco más sobriamente. Esto no quiere decir que no nos veamos o no podamos hacer una comida entre nosotros y entre nuestros familiares. Pero, aunque yo pueda hacer una buena comida hoy, nadie me impide que ayer hiciera un día de ayuno.

La sobriedad de no caer en la tentación que nos presenta la sociedad del consumo incontrolado. No caigamos en eso. Más aún, vivamos sobriamente. Eso lo dicen, sobre todo, las cartas de Pablo, vivamos sobriamente. No para dar ejemplo a nadie, sino por seguir el ejemplo de Jesús. Quien renunció a la categoría de Dios, no al ser Dios, y nos enseña a vivir; quien al rebajarse hasta nosotros y vestirse de nuestra humanidad, lo hizo de manera sobria. Jesús también comía y le insultaban llamándole «comilón», no porque hiciera grandes comilonas, sino porque sabía estar y hacer fiesta; pero también sabía ayunar y vivir sobriamente.

            Esas tres actitudes: primera, de gratitud a Dios y a los demás; segunda de fraternidad, vivir la filiación divina y la fraternidad con el Señor que nos lleva a la fraternidad sacerdotal; y tercera, la sobriedad, en medio de esta sociedad que no la vive, que tiene otras categorías y otros estilos.

            Podemos pedirle al Señor que nos ayude a vivir y a celebrar la Navidad, preparándonos en este tiempo de Adviento con esa triple actitud sacerdotal.

Y le pedimos a la Virgen, que ella que vivió así, que ella que supo agradecer y proclamar la grandeza de Dios, y vivir con los hermanos, con su familia, con los apóstoles, con los discípulos de Jesús, que ella que supo ser hermana y Madre y vivir sobriamente, nos lo conceda. Que así sea.

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