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Apertura de curso en la Escuela de Magisterio "María Inmaculada" (Antequera)

Publicado: 26/11/2014: 77

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la apertura de curso en la Escuela de Magisterio "María Inmaculada" de Antequera, celebrada el 26 de diciembre de 2014.

APERTURA DE CURSO

EN LA ESCUELA DE MAGISTERIO

“MARÍA INMACULADA”

(Antequera, 26 noviembre 2014)

 

Lecturas: Ap 15, 1-4; Sal 97, 1-3.7-9; Lc 21, 12-19.

1.- Los vencedores cantan el cántico del Cordero

En nuestra sociedad y en las culturas normalmente siempre hay encontronazos, guerras, contrastes, donde unos son vencidos y otros se proclaman vencedores. Hoy podíamos titularlo como “vencedores y vencidos”.

Los vencedores normalmente se ufanan, están de pie, gritan con gritos de júbilo. Y el vencido agacha la cabeza, calla y tiene que soportar las condiciones que le impone el vencedor.

En el cántico del Apocalipsis también aparecen unos vencedores y unos vencidos, pero no con este estilo humano. En su visión Juan, el del Apocalipsis, narra una batalla entre la bestia, –el diablo–, y sus seguidores, que se enfrentan con los seguidores del Cordero, en este caso Cristo, el Cordero degollado que significa Cristo, el que dio la vida. Y describe con esa forma humana como los vencedores de la bestia «estaban de pie sobre el mar cristalino; tenían en la mano las cítaras de Dios» (Ap 15, 2).

Los vencidos caen al suelo, mientras los vencedores quedan de pie; los vencidos callan y muerden el polvo, mientras los vencedores cantan de alegría.

En este mundo también hay diferencia entre los que vencen y los vencidos; entre los que marchan triunfantes y los que se quedan en la cuneta; entre los que sobresalen, también en la escuela y en la vida profesional, y los que permanecen en el anonimato o no consiguen sus objetivos. Lo que narra el Apocalipsis no se refiere a ese tipo de victoria humana, sino que hace referencia a la victoria final.

Al inicio del curso y en esta Eucaristía, como nos ha dicho en la monición el Hermano Ramiro, pedimos al Espíritu Santo que nos dé su luz, su sabiduría, sus dones para aprovechar bien, crecer como personas y como creyentes; le pedimos al Espíritu a ser vencedores, pero de la batalla final. Porque como nos ha dicho el texto del Evangelio de Lucas, a los que siguen a Cristo, el Cordero degollado, el que murió en la cruz, esos para el mundo son vencidos (cf. Lc 21, 12-19).

Hay una especie de contraposición pues el mundo llama vencedores a los que ganan dinero, prestigio, honor, poder... esos son los vencedores. Imagino que muchos de vosotros entráis en la Escuela para ser vencedores, para ganar una oposición, para tener un sitio reconocido en la sociedad, para adquirir unos recursos, y eso no está mal, está bien. No todos lo conseguirán.

Pero, ¿de quién es la victoria definitiva al final? Decía un buen estratega: “las batallas se pueden ganar o perder, pero lo importante no es ganar o perder una batalla, lo importante es ganar la guerra”. En una guerra de tres, cinco o diez años puede haber muchas batallas; un bando pierde unas veces y otras veces pierde otro bando. Al final, ¿quién gana la guerra? Aunque, en el sentido humano la guerra la pierden todos, porque todos pierden vidas humanas y todos han perdido humanidad. En una guerra entre seres humanos pierden siempre todos.

No es ésta la referencia de la Apocalipsis. ¿Quién de vosotros quiere ganar la guerra, es decir, el proceso final? ¿Quién quiere ser vencedor junto al Cordero? Porque ese Cordero perdió la batalla en su vida, lo calumniaron, lo maniataron y lo clavaron en la cruz. Aparentemente el Cordero degollado fue un auténtico fracaso, humanamente hablando fue un fracaso total. Pero no lo fue porque con la fuerza de Dios resucita y vive glorioso para vencer el pecado y la muerte. Al final, el Cordero degollado que aparentemente ha perdido la batalla gana, triunfa.

Os invito a que os unáis a los seguidores del Cordero que, aunque perdáis algunas batallas humanas -prestigio, poder, dinero, honor...-, ganéis la más importante.

Estos textos son Apocalípticos, es decir, lo que ocurrirá al final de los tiempos. San Juan de la Cruz nos recuerda que al atardecer de la vida nos examinarán del amor.

No nos va a preguntar el Señor el día del Juicio final o en el día en que pasemos de este mundo al otro, si aprobamos oposiciones, si ganamos mucho dinero, si recabamos un montón de títulos, si... Nos preguntará: ¿habéis amado? ¿Me habéis amado a mí sobre todas las cosas? ¿Habéis amado al prójimo como a vosotros mismos? El que pase ese examen será vencedor. El que suspenda ese día será vencido. Preparémonos para el examen final, y no el del curso, sino el del final de la vida.

Esto es lo que nos está diciendo el libro del Apocalipsis.

2.- Cantar un cántico nuevo

Para esos vencedores el Señor les invita en el Salmo 97 a cantar un cántico nuevo: «cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. Su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo» (Sal 97, 1). Es un cántico nuevo porque canta las maravillas de Dios, porque reconoce la victoria de Cristo, ese Cordero degollado que pareció perder; que canta al que reina, al Rey del Universo.

El domingo pasado celebramos la solemnidad de Cristo Rey. Quitemos las connotaciones políticas, Cristo Rey en el sentido de dueño, señor absoluto del mundo (cf. Sal 97, 9).

3.- Testigos del Cordero

El texto de Lucas, en el Evangelio de hoy, nos pide a todos que seamos testigos de ese Cordero o de ese Rey.

Y nos hace una advertencia: «os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio» (Lc 21, 12-13).

Pero nos tranquiliza diciéndonos que no tengamos miedo «porque yo os daré boca y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro» (Lc 21, 15). La victoria final es de Cristo y de sus seguidores.

Vamos a pedirle al Señor que nos ayude a ser de los suyos, de los vencedores en el último momento, en el final, en la última batalla; vencedores por el bien, en contra del mal. En la medida en que luchéis y seáis educadores de otros enseñándoles a vivir en el bien, en el respeto, en el amor, en la libertad auténtica, en la verdad, en la justicia, en la paz, en esa medida seréis ciudadanos de ese Reino y seréis vencedores al final.

Le pedimos al Señor, por intercesión de María nuestra Madre, que nos ayude a ser y a vivir así. Amén.

 

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