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Retiro a los seminaristas (Seminario-Málaga)

Publicado: 01/12/2012: 1321

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la Eucaristía celebrada con motivo del retiro a los seminaristas, el el seminario de Málaga el 1 de diciembre de 2012

RETIRO A LOS SEMINARISTAS

(Seminario-Málaga, 1 diciembre 2012)

Lecturas: Jr 33, 14-16; Sal 24; 1Tes 3, 12– 4, 2; Lc 21, 25-28.34-36.

1.- En el retiro os animaba a meditar la oración colecta de este primer domingo de Adviento en el que pedimos al Señor que nos mantenga abiertos, despiertos para su venida y que después podamos gozar de su presencia de un modo definitivo, que nos lleve a la gloria eterna.

En la oración colecta decía que «cuando salimos animosos –animosos es con alegría, con ánimo, con esperanza, esto es como una segunda primavera, como una nueva primavera; el Adviento es como una primavera que da fuerza, vigor, que espera gozar algo nuevo y mejor–, al encuentro de Cristo que viene». El que viene es Él, no somos nosotros los que vamos a donde está Él. El Hijo de Dios se ha rebajado, ha venido a nuestra bajura, se ha anonadado, ha asumido la kenosis que nos habla el himno de Filipenses. Entonces, «cuando salimos animosos al encuentro de Cristo que viene hacia nosotros», que baja hacia nosotros; y en el texto de la traducción castellana suena un poco duro, dice: «acompañado de las buenas obras no permitas que los afanes de este mundo nos distraigan de los más esencial». Pero fijaros que dice acompañado de buenas obras, no se trata de una espera inactiva, es una espera activa, animosa, trabajosa, haciendo obras, así nos quiere Jesús cuando llegue, porque está llegando.

Por tanto, le pedimos al Señor, ya que Él llega, que nos permita prepararnos a esa venida suya haciendo obras buenas, obras que podemos sintetizar en las tres virtudes teologales: obras de fe –más en este año de la fe–, obras de amor y obras de esperanza.

2.- Nos encontramos en esta tensión escatológica entre la primera venida y la segunda venida. La primera venida de Jesús fue en pobreza, limitado en el tiempo, aceptando todo lo que es la naturaleza humana de sufrimiento, muerte… Y la segunda será una venida gloriosa, una venida potente, una venida como Juez.

Los Santos Padres dicen que aquellos que aceptan a Jesús en la primera venida y que están dispuestos a acogerle en su corazón, en su primera venida, no tendrán miedo de la segunda venida. Si nosotros mediante la fe acogemos y celebramos litúrgicamente y sacramentalmente la venida de Jesús al mundo cuando lo redimió y lo salvó, si nosotros acogemos al hermano como representante y como imagen de Cristo, lo que le hicisteis a uno de estos más pequeños a mí me lo hicisteis (cf. Mt 25,40), si acogemos a los demás en la vida como al Señor, si acogemos su Palabra de vida, si lo acogemos en el sacramento eucarístico, si lo acogemos en nuestra vida haciéndole ese hueco que necesita para llenarnos, habremos realizado lo que el Señor nos ofrece y quiere de nosotros. Y no tendremos miedo, como decían los Santos Padres, a que Jesús venga victorioso, Juez, glorioso. No tanto porque esperemos una recompensa por nuestras buenas obras, sino porque esperamos con buena esperanza de que Él nos regalará esa gloria futura, esa vida eterna.

3.- En este tiempo intermedio, entre las dos venidas del Señor, existe otra venida según algunos Santos Padres, que consiste en encontrarse con el Señor en todos los ambientes que hemos comentado: la Palabra, el signo, el sacramento, el hermano, y sobre todo en el necesitado.

En esta venida de cada día, el Señor en el Evangelio de Lucas nos dice que hemos de estar despiertos (cf. Lc 21,36), no embotados, con la mente abierta y despierta: «tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día» (Lc 21,34). Hemos de estar vigilantes, despiertos, animosos, con la lámpara encendida, como las vírgenes prudentes (cf. Mt 25, 1-13). Es, por tanto, una actitud esperanzada y de gozo.

Puede haber en la sociedad muchas cosas que puedan embotar nuestra mente, que puedan cegar nuestros ojos, que puedan adormecer nuestro corazón, que nos gusten, que nos reclamen, que nos tienten y que nos aparten de esa actitud vigilante que el Señor pide en este tiempo de Adviento y en el tiempo normal de la vida de un cristiano.

4.- Le pedimos al Señor que, con su presencia y con la acción del Espíritu, consigamos quitarnos ese sopor, ese embotamiento de la mente, esa cerrazón del corazón, y que mente, corazón y alma entera está abierta a la luz de la presencia de Cristo que llega, que viene, que quiere llenar nuestro corazón, que quiere iluminar nuestra vida, que quiere hacernos compañía, quiere estar con nosotros. Cuidado, no sea que pase a nuestro lado y no descubramos su presencia. La presencia de Cristo es múltiple. Dice la Sacrosanctum Concilium (n.7) que hay muchas formas de presencia: la Palabra, los signos, los gestos, las personas, el pobre, los sacramentos, de modo especial la Eucaristía.

Intentemos abrir los ojos para descubrir dónde está el Señor, quizás esté pasando a mi lado y no acabo de descubrirlo. Hemos de pedirle que nos abra los ojos, que los ilumine para verle. Si reconozco al Señor aquí podré contemplarlo mejor allá, en la otra vida.

5.- En el Adviento contemplamos tres grandes personajes: Isaías, con su profecía del Hijo de la doncella de Nazaret; Juan Bautista, el precursor del Mesías; y la Virgen María, la Madre del Señor; Ella nos lo ha acercado con su maternidad y con su sí ha hecho posible la venida de Jesús al mundo en la historia.

A Ella le pedimos que con su maternal intersección nos ayude a descubrirlo, que nos lleve Ella de la mano hasta el Señor, que nos proteja, que nos acaricie como lo hacía con su hijo Jesús; y que lo haga como hijos que somos suyos, adoptivos, pero hijos suyos.

Le pedimos a Ella, pues, que nos acompañe en este Adviento que hoy comenzamos, que nos acompañe en la vida cristiana, en este tiempo intermedio entre la primera y la segunda venida del Señor. Y que nos ayude a mantenernos despiertos, abiertos, como personas iluminadas, activas, esperanzadas. Que así sea.

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