DiócesisHomilías

Parroquia del Sagrado Corazón

Publicado: 02/12/2012: 1861

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la Eucaristía celebrada en la parroquia del Sagrado Corazón, en Melilla el 2 de diciembre de 2012

PARROQUIA DEL SAGRADO CORAZÓN

(Melilla, 2 diciembre 2012)

 Lecturas: Jr 33,14-16; Sal 24. 1Tes 3,12- 4,2; Lc 21,25-28.34-36.

1.- Deseo saludaros con la misma frase con que Pablo saluda a los cristianos de Tesalónica: «Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos» (1Tes 3,12).

Pablo quiere que los fieles de Tesalónica se llenen del amor de Dios, un Dios que se hace cercano a los hombres, un Dios que llega, se anonada y se acerca a compartir la condición humana, a asumir sobre Él toda la situación de pecado, de sufrimiento, de maldad del hombre, a transformar esa situación, a redimirla, a salvarla. Que el Señor os colme de ese amor de Dios.

A continuación, expresa un segundo deseo: «que afiance así vuestros corazones, de modo que os presentéis ante Dios, nuestro Padre, santos e irreprochables en la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos» (1Tes 3,12). Hace referencia a la segunda venida del Señor.

2.- Comenzamos hoy el Adviento, la preparación inmediata para la celebración de la fiesta de la Navidad. Cristo se acerca a nosotros, Cristo viene. A nosotros nos pide que abramos el corazón y la mente, que abramos nuestra alma para que cuando Él llegue podamos recibirle como se merece, podamos encontrarnos con Él. Pero es Él quien se rebaja a nosotros. No podemos decir que somos nosotros los que salimos al encuentro, en el sentido de que nos acercamos, se acerca Él.

Y esa es la oración colecta que hoy hemos pedido al Señor: «Aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene», Cristo que viene, que se acerca. Aviva en tus fieles ese deseo. El Señor espera que a su venida nos encuentre abiertos a Él.

En el Evangelio, Él mismo, después de hablar de unas señales cósmicas de la segunda y última venida, Jesús dice que estemos despiertos, que no nos embotemos, que nuestra mente esté despejada, que no estemos preocupados por las cosas de este mundo, que estemos iluminados por su luz (cf. Lc 21,34-36).

3.- Desde la primera venida Él vino en Belén, pobre, débil, niño, sufrió como nosotros todas las vicisitudes humanas: el hambre, la enfermedad y la muerte en cruz, más ignominioso todavía. Él vino por tanto pobre, humilde, desprendido y rebajándose. Pero Él vendrá glorioso, vendrá como Juez, como Señor de la historia, vendrá a implantar de modo definitivo su Reino. Y ahora nos encontramos entre esas dos venidas. Así lo rezaremos también en el Prefacio de la Misa de hoy.

Entre la primera venida en carne mortal en la historia, despojado de su esplendor y la segunda venida, glorioso, Juez y Señor de la historia; en este tiempo intermedio el Señor nos anima a descubrir su presencia entre nosotros, a hacerlo presente, a procurar que su Reino, que es un Reino especial, como pudimos ver en el último domingo del año litúrgico, un Reino de paz, de amor, de libertad, de verdad, de justicia.

En esta situación nuestra entre la primera y la segunda venida Dios quiere fortalecernos. Hacer que ese reinado se haga ya presente entre nosotros. La liturgia de hoy quiere prepararnos de una manera inmediata a la Navidad, a la celebración de la primera venida, la venida de Jesús en la historia. Ese es un objetivo inmediato, la preparación cercana a la Navidad. Pero tiene una segunda intención la liturgia de hoy, prepararnos para la última venida del Señor, a la venida definitiva, a la que en aquel momento seremos juzgados, el amor de Dios se impondrá sobre el egoísmo, la luz de Dios barrerá las tinieblas, la paz de Dios quitará toda tensión y la justicia salvífica de Dios salvará misericordiosamente a los hombres que crean en Él.

4.- Por tanto, en este primer domingo de Adviento, queridos hermanos, preparémonos para esas dos venidas: la que celebramos primera en Belén y en la historia en Jerusalén; y la que vendrá, la que viviéremos al final de la historia cuando Cristo venga glorioso.

Él mismo quiere que seamos fortalecidos por el don de su Espíritu, quiere que estemos vigilantes, en espera; pero no una espera pasiva, quieta, sino una espera dinámica, con obras. Hemos pedido en la primera oración: «Salid al encuentro de Cristo acompañado por las buenas obras». No se trata, por tanto, de una simple espera, es una espera con obras, con actividad. Es una espera de amor, de obras de amor. Es una espera en la que Él desea que nosotros seamos testigos de su luz, testigos de su evangelio, testigos de la fe en este Año de la Fe que hemos comenzado hace poco.

Vamos a pedirle al Señor que nos ayude a estar vigilantes, despiertos, activos, mientras esperamos su gloriosa venida al mundo.

Y en esta espera tenemos a alguien que nos acompaña que es la Virgen María, la Madre del Señor, que supo acogerlo en su seno, abrir en su corazón. No sólo el seno maternal, le abrió su mente humana, la abrió su corazón, lo acogió. Lo acogió por la fe primero, lo acogió físicamente en su seno después. Al menos, nosotros acojámosle por la fe y abrámosle el corazón.

María nos acompaña. Dentro de pocos días celebraremos la fiesta de la Inmaculada Concepción, muy centrada, muy a propósito en este tiempo de Adviento, como una figura, como nuestra Madre que nos invita a preparar ese camino al Señor que llega. Que así sea.

Más artículos de: Homilías
Compartir artículo