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Navidad (Catedral-Málaga)

Publicado: 25/12/2012: 2602

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la Eucaristía celebrada con motivo de la Navidad, en la Catedral de Málaga el 25 de diciembre de 2012

NAVIDAD

(Catedral-Málaga, 25 diciembre 2012)

Lecturas: Is 52,7-10; Sal 97; Hb 1,1-6; Jn 1,1-18.

Navidad, misterio de fe

1.- La Navidad, que estamos celebrando, nos invita a acoger la Palabra de Amor, Jesucristo, que Dios Padre nos ha enviado: «En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo» (Hb 1, 1-2), como hemos escuchado en la carta a Hebreos. Este Hijo es la Palabra eterna o Verbo, el Logos de Dios: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1, 1). El término griego Logos significa Verbo o Palabra, que es creadora, reveladora y salvadora, que se manifestó en el Antiguo Testamento y que se ha revelado de forma plena y definitiva en Jesucristo.

                    Dios se ha revelado al hombre a través de la naturaleza y mediante la capacidad de la razón humana de descubrir la existencia de Dios. De ese modo el hombre es capaz de aceptar la presencia del Dios amor, que le ofrece la vida y cuida paternalmente de él. Pero la vida íntima de Dios no puede el hombre conocerla por sus propias fuerzas, si no se le comunica el mismo Dios revelándose. Como dice san Juan: «A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1, 18).

Dios ha ido hablando a la humanidad a través de palabras humanas de los profetas, inspiradas divinamente. Pero al llegar la plenitud de los tiempos, según el designio divino, nos ha hablado por medio de su Hijo (cf. Hb 1, 1-2).

                    La plenitud de los tiempos designa el tiempo oportuno, el tiempo providencial, el tiempo en el que Dios actúa y realiza su intervención, el tiempo previsto por Dios para llevar a cabo su designio de salvación. Es el cumplimiento, la realización de las promesas divinas.

2.- En el Evangelio de san Juan hemos escuchado que la Palabra eterna se ha hecho hombre. El Logos de Dios, es decir su Verbo o Palabra, se ha revelado en el Nuevo Testamento como una Persona divina: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14).

                    El Verbo de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, se hace hombre. Este es el gran misterio, que la liturgia nos ofrece hoy, para ser contemplado: «Hoy nos ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2, 11).

                    Ante la admiración de cielo y tierra, la Palabra eterna entra en el tiempo. El amor de Dios hacia el hombre y su deseo de comunicarse a él es tan grande, que su Palabra eterna se hace temporal, entrando en la historia.

                    Su Palabra divina se hace humana, para expresarse en nuestro mismo lenguaje. Dios se hace hombre y vive a nuestro lado. El Verbo es uno de nosotros. A través de su vida, de sus gestos y palabras podemos descubrir el amor de Dios, que se acerca a nosotros: «El que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado» (Jn 12, 45), dice el Señor Jesús.

                    El Verbo eterno ha tomado forma humana, encarnándose en el tiempo y entrando en la historia. Jesucristo ha querido hacerse hombre y habitar entre los hombres, compartiendo su divinidad con nosotros. Lo que celebramos en Navidad es un misterio de fe; solo desde la fe es posible acceder a Dios Padre a través de su Hijo encarnado.

3.- Estamos celebrando el Año de la Fe, en el que el Papa nos recuerda, en su carta apostólica Porta fidei, “la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo” (n.2).

La fe forma parte de la existencia del hombre, quien es capaz de conocer y de amar a Dios. El misterio del hombre encuentra su respuesta en el misterio de Dios; Jesucristo es quien da sentido al misterio del hombre, que “sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”, como dice el Concilio Vaticano II (Gaudium et spes, 22).

                    La fe es un don, hermanos; el regalo de sí mismo que Dios hace al hombre. Dios se manifiesta al hombre y éste, en su libertad, lo puede acoger o rechazar. La acogida al don de Dios lleva a un diálogo personal con él, que es la fe. El encuentro de Dios con el hombre ofrece una nueva vida: «Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios» (Jn 1, 13), como hemos escuchado en el evangelio de hoy. Los que aceptan a Dios renacen a una vida nueva.

                    La fe inunda la existencia humana, llenándola de sentido y lleva a la confianza del hombre con Dios; se fía de Él, porque ha descubierto el amor que le tiene. Y la confianza en Dios lleva al hombre a la obediencia de la fe, para aceptar la voluntad divina, como hizo la Virgen María (cf. Lc 1, 38) y así lo recitamos en el Padrenuestro: ¡Hágase tu voluntad! La fe, aceptando a Dios, acepta también lo que Él nos ha revelado, los contenidos de la fe, que proclamamos en el Credo.

4.- La Navidad es misterio de fe, que nos introduce en la vida de comunión con Dios. La puerta de la fe, como recuerda Benedicto XVI, está siempre abierta para todos. A través de Jesucristo, el Mediador entre Dios y los hombres, tenemos acceso al Padre. Hoy, en esta fiesta navideña, nos alegramos del Nacimiento en el tiempo del Hijo de Dios, que nos ha abierto el camino al Padre.

                              La Navidad nos invita a cruzar la puerta de la fe e iniciar un camino de amor y de esperanza, que debe durar toda la vida (cf. Benedicto XVI, Porta fidei, 1).

                    El Año de la Fe tiene como objetivo “intensificar la reflexión sobre la fe”, para profesarla con renovado ardor y convicción; para anunciarla como Buena Nueva en nuestro mundo, como nos dice hoy el profeta Isaías: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz, que anuncia la buena nueva, que pregona la victoria!» (Is 52, 7).

                    Confesar públicamente la fe, que profesamos, es una necesidad y un reto para los creyentes de hoy, como lo ha sido siempre para los cristianos. A esto estamos llamados en este Año de la Fe.

                    En la profunda crisis de fe, que afecta hoy a muchas personas, “debemos –como nos invita el Papa– ponernos en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirles al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud” (Porta fidei, 2).

5.- La Navidad nos invita a compartir la fe, que ilumina nuestra existencia y da sentido a nuestra vida; pero nos invita también a compartir los bienes materiales, que Dios nos regala para el sustento diario. En este tiempo navideño no podemos olvidar a tanta gente, que sufre, que pasa necesidad a causa de los efectos negativos de la crisis económica. Jesucristo, con su ejemplo, nos invita a compartir generosamente con los más necesitados los bienes que su providencia nos regala cada día. Agradezco la colaboración de todos los cristianos, de instituciones y de tantas personas de buena voluntad, que comparten con gozo fraternal sus bienes.

¡Pedimos al Hijo de Dios, hecho Niño en Belén, que las Fiestas Navideñas sean una ocasión propicia para saborear el amor paternal de Dios y compartirlo con los hombres!

¡Que la Virgen María nos acompañe, con su maternal intercesión, en el camino de la fe, del amor y de la esperanza cristiana! ¡Feliz Navidad a todos! Amén.

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