Me decía emocionada una mujer joven, que llevaba tiempo hundida en la noche oscura de la fe: “Cuando iba por las calles de Madrid, con mi marido y mis hijos, bajo un sol de justicia, la gente nos daba agua. ¡Agua para calmar la sed y para refrescarnos! De pronto, se me abrieron los ojos. En las personas que se acercaban para ofrecernos agua, descubrí a la Iglesia. No importa si esas personas tenían sus contradicciones, defectos y pecados. El caso es que nos daban lo que tenían junto con su cariño. Eran un símbolo de la Iglesia, que, a pesar de sus pecados, reparte a manos llenas la gracia de Dios vivo”.