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Lectio Divina con el evangelio del Domingo III de Pascua

Jesús es la vela que mueve a su Iglesia · Autor: FANO
Publicado: 07/04/2016: 3225

Emilio López Navas, profesor de los Centros Teológicos de la Diócesis de Málaga y párroco de Arroyo de la Miel, ofrece esta Lectio Divina con el evangelio del Domingo III de Pascua.

Señor, tú lo sabes todo

Lectura (Lectio)
Podemos claramente dividir en dos el texto evangélico que la liturgia nos ofrece. La primera parte nos
presenta una pesca milagrosa con reminiscencias eucarísticas y la segunda un diálogo entre Jesús
y Pedro. En las dos partes, el Resucitado es el protagonista. Como ya sabemos, el Evangelio de Juan
es muy simbólico, así que leamos atentamente.

Meditación (Meditatio)
Los discípulos, después de la muerte en Cruz de su Maestro, han vuelto a su rutina, a su normalidad.
Pedro ejerce de líder, tomando la iniciativa de volver a pescar. Sin embargo, sin Jesús la pesca
es infructuosa. La presencia del Resucitado va a cambiarlo todo. Sorprende que sin conocer a quien
hablaba, los pescadores de Galilea lo obedecieran. Al discípulo amado tuvo que sonarle alguna alarma interior, puesto que en cuanto encontraron fruto a su trabajo descubrió la presencia del Señor
(es el título empleado para referirse a Jesús, reconociendo en una única palabra su divinidad
y su mesianismo). El número de los peces es también simbólico: algunos expertos piensan que
153 eran las especies de peces que se conocían entonces, por lo que indicaría totalidad. Que la red
no se rompiera sería el símbolo de la Iglesia, la comunidad naciente en aquel momento, que podría
acoger en su seno a todas las razas y naciones. En la segunda parte parecen quedarse solos Pedro y Jesús, manteniendo una conversación en las antípodas de las negaciones: tres veces le pregunta por su amor, tres veces se responde afirmativamente. También tres veces se escucha la vocación petrina: pastorear, guiar, conducir a las ovejas. En definitiva, continuar la misión de Cristo en la tierra. No sorprende, entonces, que su final también sea martirial. Pero nunca ocupará su lugar, la última palabra del texto lo hace (como a nosotros) un eterno discípulo.

Oración (Oratio)
Al igual que con Pedro, Jesús quiere tener una conversación contigo. Te va a repetir la misma pregunta: “¿me amas?”. Aprovecha este rato de oración para contestarla con paciencia, con detalle. Habla con Él, que está deseando escuchar de tu boca “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”.

Contemplación (Contemplatio)
El discípulo amado ha descubierto la presencia del Señor aún en la lejanía. La contemplación debe llevarnos a descubrir a Dios en cada momento de nuestra historia, en cada recoveco de nuestra vida. “Pierde” un rato observando al Señor, viendo cómo se acerca a ti.

Compromiso (Actio)
Un compromiso, como siempre, ha de poner el colofón a este rato de oración. No es necesario que sea muy complicado, ni que suponga un antes y un después en tu vida. Simplemente se necesita que deje espacio al Señor para hacer patente lo que Él quiere ir renovando en ti.

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