Hace más de dos mil años, los tres Reyes Magos de Oriente llegaron a Belén. Seguían el rastro de una estrella que preanunciaba el nacimiento de algo extraordinario. Aquella luz les condujo hasta lo más grande, el Hijo de Dios, el Mesías esperado, el Salvador. Su búsqueda terminó a los pies de un recién nacido, envuelto en pañales y recostado sobre un pesebre. En aquella escena, Dios se presentaba al hombre como otro hombre -a su imagen y semejanza-, y nacía en la gruta oscura de una aldea lejana cuyo nombre, Belén, significa casa del pan. Allí nació el que hoy se nos da a través de algo tan familiar y ordinario como el pan, pero a la vez tan extraordinario y divino como la Eucaristía.