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Cómo vivir en este estado de alarma

Gabriel Ramos
Publicado: 24/03/2020: 2530

Gabriel Ramos (Málaga, 1975), comparte su experiencia y lo que ha aprendido durante sus periodos de aislamiento debido a una leucemia que le detectaron en 2015.

La crisis del coronavirus ha llegado al punto que muchos temían y que nadie deseaba. El Gobierno de España ha decretado el estado de alarma en todo el país durante los próximos 15 días. Diferentes campañas se difunden para fomentar que cada uno se quede en casa estos días, que se extremen las medidas de higiene, que se eviten reuniones innecesarias, que se cuide especialmente de los mayores y personas de riesgo…

Las medidas sugeridas, tan novedosas y chocantes para la población general, nos son muy familiares tanto a mí como a mi familia. Durante mi tratamiento, estuve completamente encerrado en la habitación de aislamiento del hospital durante 30-40 días seguidos, sin defensas. Cualquier “bichito” podía convertirse en una amenaza mortal. Posteriormente, en casa, aún con las defensas bajas, los niños iban directamente a la ducha tras llegar del colegio. No pude abrazarles, besarles… como cualquier padre desea, durante varias semanas más…

Paciencia: Como un mantra, nuestros dirigentes, los medios de comunicación, y los ciudadanos repetimos dos palabras: “Quince días”. Mis ingresos hospitalarios me han enseñado que nunca hay que fijarse un horizonte temporal a priori: serán los días que hagan falta. Recuerdo a un compañero de habitación, muy tranquilo y paciente, que, tras cumplirse los “treinta días” que de media duraba el tratamiento de quimioterapia y regeneración de las defensas, se levantó esa mañana muy alterado, diciendo “Es el día 30. Me voy”. Ni los doctores (que le advertían que no tenía plaquetas suficientes), ni sus familiares pudieron detenerle, y se vistió a toda prisa marchándose a casa. Al día siguiente volvía a estar ingresado colgado a una transfusión de un pool de plaquetas…

Amigos: esto durará hasta que descienda el número de contagios. Y la fecha irá determinándose por los especialistas médicos. Ni las necesidades económicas, ni el oportunismo político, ni la presión o la impaciencia popular.

Un enemigo múltiple: intentamos con todas estas medidas erradicar el virus, y aparentemente luchamos (solo) contra el virus. Sin embargo, hay otros enemigos adicionales acechándonos: el miedo, el pánico que paraliza, la incertidumbre que quema, la desconfianza del que me rodea, el sentirme culpable si contamino a alguien, el agobio por el monotema constante en nuestras conversaciones y en los medios de comunicación… Y, amigos, para combatir estos otros enemigos que aparecerán acompañando esta fase de aislamiento no tenemos panfletos con recomendaciones, ni trípticos circulando por internet, ni teléfonos de información… Os recomiendo de corazón que busquéis ese equilibrio interior y no os dejéis llevar por la situación: a mí me sirvieron mucho la oración, la lectura del Evangelio, escribir, la música relajante, la conversación serena con quien te rodea, el observar la naturaleza desde mi ventana… El aislamiento debe concluir con una curación física, pero también de la cabeza y del alma.

El aislamiento, es vida: sí, amigos. No estamos “esperando a que vuelva la vida anterior”. El periodo de aislamiento, estos días encerrados en casa, son también vida. No midamos la vida por la cantidad de cosas que podemos hacer. El poder levantarnos cada mañana ya es un maravilloso regalo.
No añores: valora. De nada vale gastar energía en lamentarse por todo lo que está prohibido o no se puede hacer. Quizá es el momento de valorar, y de dar gracias a Dios por todo aquello que parece “gratuito” y “permanente”: poder dar un paseo, reunirnos con los amigos en un restaurante, ir al cine, o al Unicaja, o a ver una procesión de Semana Santa… Y qué me decís de esos besos y abrazos que ahora no podemos dar. ¡Cuántas veces nos los hemos guardado por orgullo, egoísmo o enfados absurdos! ¡Y cómo desearíamos ahora poder abrazar a ese familiar o amigo! Regalemos más abrazos cuando esto pase.

Por otra parte, en mitad del aislamiento, quizá es momento de agradecer aquello que sí tenemos: una casa para estar, una nevera llena de alimentos, agua corriente y limpia, hospitales y personal sanitario dispuestos a darlo todo por nuestra salud… aún en estos momentos, seguimos siendo unos privilegiados.

Cada día cuenta. Tan importante es el día 1 como el último día de aislamiento. No relajemos el seguimiento de las recomendaciones conforme pasen los días. No caigamos en la tentación tras el décimo día del “pues mi amigo ha celebrado hoy su cumple con cincuenta personas y ya no les pasó nada”.

Regala paz: estar en casa con la familia encerrados provocará sin duda momentos de diversión, pero también de conflicto. Con un ambiente exterior de tensión e incertidumbre, se pondrán a prueba nuestros instintos más básicos. En esos momentos de tensión, respira hondo, y regala paz. De nada sirve gastar energía en discusiones estériles.

Amigos: siento profundamente que estemos pasando por esta situación tan similar a la que yo he tenido que vivir por mi enfermedad. Pero también os digo: en nuestra mano está transformar una situación aparentemente desagradable en una oportunidad para vencer al virus con nuestras mejores armas: la paciencia, la solidaridad, la responsabilidad y el amor. Quizá así, cuando pase todo esto, nuestro nuevo mundo “normal” será incluso un poco mejor que el de hoy.

Un abrazo (virtual) a todos. Hoy más que nunca, yo confío. ¡¡¡Vamooosss!!!

P.D: Mi solidaridad y mi cariño con todos los profesionales sanitarios que están en primera línea luchando contra esta enfermedad.

Gabriel Ramos
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Beatriz Lafuente

Licenciada en Periodismo e Historia. Casada desde 2011, es madre de un hijo.

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