«El pluriempleo puede ser un robo. El fracaso de las democracias de consumo»

Publicado: 03/08/2012: 710

III Carta a Valerio

Querido Valerio:

Acabo de recibir carta de Martínez.

Como de costumbre, me plantea problemas de su militancia obre­ra-cristiana. No quiere tanto mi respuesta, sino que conozca sus decisio­nes. Sospecho que también intenta «catequizarme». Te advierto que a veces lo consigue. Se lo agradezco. Porque no está bien haberse acostum­brado más a escribir cartas, que a recibirlas de otros y leerlas con el mis­mo cariño e interés que escribo las mías. Los cristianos no deberían olvi­dar que sus pastores deben ser pastoreados. Que los diocesanos también pueden y deben ayudar a sus obispos. Como lo hace Martínez.

Mira lo que me escribe:

«El partido ha obligado a Paco a renunciar a uno de sus dos em­pleos. Que así podrá dedicarse más a su militancia política, sin nece­sidad de ser uno de los liberados. Además, habrá un parado menos. Yo añado también que así podrá dedicar más tiempo a su familia.

Maruja me decía que Paco, sin pretenderlo, había convertido su casa en una pensión: llegaba muy tarde, cenaba, se acostaba, para le­vantarse luego muy de madrugada; las reuniones extraordinarias del partido, las visitas a otros militantes,... en domingo y días festi­vos. Así la cosa, Maruja dice que los niños apenas le conocen».

¿No crees, Valerio, que el caso de Paco es el de otros muchos obre­ros y profesionales?

El pluriempleo, los jubilados y otros...

Algunos obispos han levantado la voz (¡y con toda razón!) contra el erotismo asfixiante y demoledor, contra el peligro del totalitarismo de la enseñanza, contra... No estaría mal que también dijéramos algo sobre la injusticia del pluriempleo; los jubilados con trabajos extras; los sueldos escandalosos; los parados «aparentes» acogidos al desempleo; las bajas sin justificación; «las sanguijuelas-sociales» que, sin dar golpe, son los primeros en cobrar mensualidades y exigir revisión de convenios,... Por cierto que mi tío Marcos me dice que soy de esos últimos; no llega a comprender qué hago y para qué sirvo.

Bueno, ¿y qué decir de las familias que ingresan tres o cuatro men­sualidades completas? Me dirás que es justo, si en ella hay tres o cuatro miembros adultos que trabajen. Pero en casos extremos como a los que España está llegando ¿no deberían regularse también estos trabajos? Sé que es un problema difícil y complejo. Tu comunidad cristiana, Valerio, debería estudiarlo. El año pasado tú mismo te manifestabas en total desa­cuerdo con Juan y Conchi que ingresan pingües sueldos a costa de la abuela que carga con los niños, cuando éstos no andan sueltos.

Si la legislación civil no llegara a querer afrontar este problema (que, solucionado, podría ofrecer muchos otros puestos de trabajo) por lo me­nos los cristianos deberíamos pensar qué debemos y podemos hacer.

Yo creo que en años de «vacas flacas», cuando el paro devora tantos hogares o sitúa en vía muerta de los sin trabajo a millares de jóvenes,... tener dos empleos o más, debería estar totalmente prohibido. Aparte de lo que pueda decir la legislación, desde el punto de vista cristiano el plu­riempleo puede llegar a ser un verdadero robo a la sociedad. Alguien los llama «rateros blancos» o «atracadores sin metralleta». Porque en reali­dad son muchos los miles de pesetas que pueden acumular al cabo de un año.

Hace unos meses leía a un moralista cristiano que proponía la exco­munión para todos aquellos que de una u otra manera se enriquecen desmesuradamente (¿quién lo mediría?) en una sociedad donde el paro encontraría una solución parcial en una justa y razonada distribución de trabajos y retribuciones. Claro, todo eso sin dejar de buscar soluciones más radicales, pero siempre mucho más lentas por difíciles.

Sacar la familia adelante

Mercedes, tu mujer, decía que el pluriempleo se necesita a veces para poder sacar la familia adelante. En el diálogo recuerdo que, por esta vez, tú y yo coincidíamos. Decíamos que depende por lo que se entienda por «sacar la familia adelante». En el caso de tu primo estábamos de acuer­do. La mujer enferma y los cinco pequeños justificaban su empleo y medio. Tú mismo decías que, desde hace cuatro años, no saben lo que es ahorrar. Claro que una sociedad bien organizada, debería tener en cuen­ta estas realidades, sin necesidad de trece horas de trabajo diario.

En el caso de tu primo lo que cuenta es el pan de los hijos. Pero, en el de Aurelio el pluriempleo engendra «nuevos hijos de papá». Y eso ¡no! Porque para cambiar el televisor y el coche cada dos años; cruzar la fron­tera cada verano para ir de vacaciones; pagar las letras del nuevo piso en la primera avenida; y amortizar el préstamo para pagar las motos de gran cilindrada de sus dos hijos,... se necesitan no dos, sino tres y cuatro em­pleos. No comprendo como Aurelio puede seguir comulgando. Dice que hace obras de caridad. Pero olvida la justicia. Y aquella sin ésta no tiene sentido. No existe.

La pintada en la valla

El otro día leí en la valla de un edificio en construcción: «El obrero aburguesado es el peor enemigo de su clase». Firmaba una A dentro de un círculo. Me hizo pensar. Y me dije: si por burguesía se entienden unas mejores condiciones de vida que permitan desarrollar mejor la persona­lidad, entonces la frase era desacertada. Pero, si por burguesía se entien­de un lanzarse hacia la meta, nunca alcanzada, del tener por tener, enton­ces los A llevan razón.

El ansia de tener encandila y esclaviza de tal manera que llega a incapacitarnos para compartir. Y el compartir, el ser-para-los-demás es la única manera de llegar a ser persona y, por tanto, condición imprescindi­ble para ser cristiano.

Yo me pregunto, querido Valerio, ¿quién nos empuja al consumismo? Todos tenemos las manos manchadas. Sobre todo yo, como obispo, por mis silencios frente a aquellos que todavía me escuchan. Tam­bién comparten mi culpa los que tienen «los poderes de este mundo», la banca, el gobierno, los partidos políticos... Somos demasiados los que callamos, consentimos y hasta halagamos.

El calvario del Comité de Empresa

Tampoco tienen limpias las manos algunos sindicatos y comités de empresa. Te transcribo lo que me dice Martínez:

«Los del Comité de Empresa lo estamos pasando muy mal. A veces quisiera dejarlo todo, como hizo Pedro. Dijo que ya tenía demasia­dos quebraderos de cabeza en su casa. Estaba cansado tanto de exi­gir a la Empresa como recriminar el desinterés de sus compañeros por el trabajo. Y como se le echaban encima, se fue. Y también nos dejó Gregorio. Pero por otra razón. La Empresa le ofreció un puesto menos pesado y mejor retribuido. Y así, quedamos los «tontos». Ya me comprendes: los que por amor a la clase obrera estamos dispues­tos a decir la verdad y defenderla ante quien sea, patrón o compañe­ro».

Martínez sigue «creciendo por dentro». Los años y, sobre todo, la lucha por la justicia, potenciada por su fe cristiana, le hacen madurar en servicio.

Formación permanente de los ciudadanos

Hay una exigencia social sobre la que el Estado debería prestar mucha más atención. Me refiero a la que podríamos llamar formación permanente de los ciudadanos.

Porque la educación que el Estado está obligado a ofrecer, no se limita a una edad determinada, ni queda reducida a las escuelas, institu­tos, universidades,... El pueblo, obreros y profesionales, hombres y mu­jeres, tienen derecho a una formación permanente para desarrollar hasta el máximo su personalidad.

Para ello existe un aula abierta las veinticuatro horas del día, con capacidad tan amplia como la misma nación. En ella se mueven constan­temente, ojos y oídos atentos, todos los ciudadanos. En esta inmensa aula donde las pizarras son la pequeña y gran pantalla, los carteles callejeros, los rótulos luminosos y de vivos colores; donde los libros son los periódi­cos o revistas; la voz del profesor, la radio,... la gran mayoría de los ciuda­danos poco o nada aprenden. Se nos entretiene divirtiéndonos, menos cuando se nos embrutece.

El Estado debe procurar que los medios de comunicación social eduquen a los ciudadanos en la libertad.

Comprendo que la tarea no es fácil. Hasta diría peligrosa. Porque la línea que separa la libertad del libertinaje es muy sutil: además, su ubica­ción en el campo de la convivencia humana es discutible. Sin embargo, hay hechos evidentes. No te los voy a enumerar. Tengo la impresión que por ser tan difícil este quehacer, el Estado lo rehuye. Pero la exigencia permanece.

El fracaso de las democracias de consumo

Alguien dice que las alardeadas democracias del hemisferio norte, parecen más interesadas en ofrecer al pueblo «pan y circo», como las dictaduras más peligrosas, que en dignificar al hombre.

Una sociedad basada sobre el consumismo, sólo puede engendrar esclavos. Tiene la triste ventaja de que las cadenas son suaves y de múlti­ples colores para distraernos. Pero cadenas, al fin y al cabo, que coartan la libertad.

Una sociedad pensada y basada sobre el consumismo se convierte forzosamente en una sociedad competitiva; y ésta, a su vez, en una socie­dad agresiva, en la que la violencia prevalece.

Es una realidad que todos vemos, y frente a la cual casi todos calla­mos. Callamos por cobardía o miedo a la libertad. ¿Recuerdas, Valerio, aquel libro de Eric Fromm que te mandé hace tiempo?

Cada vez que la violencia cobra sus víctimas se levantan olas de indignación, se vierten ríos de tinta en los periódicos y emborrachan de protestas las ondas hertzianas. También lo hace tu partido, Valerio. Y la Iglesia, por supuesto. Pero, después casi todo sigue igual. Vuelve a esta­llar la bomba, suena el tecleo seco y nervioso de la metralleta. Luego si­guen las detenciones, los juicios, la cárcel. Pero, en el fondo, y a pesar de la buena voluntad de tantos, la impresión de que algo esencial falla en nuestra estructura social, nos aprieta la garganta. Y no entendemos. El desconcierto nos zarandea.

Creo que hasta que el hombre no domine el consumismo y el re­parto de las responsabilidades y beneficios, deberes y derechos, no sea más justo, irremisiblemente la agresividad no sólo permanecerá, sino que irá en aumento.

El cristiano inconforme

Martínez se pregunta en su carta: «¿Qué debe o puede hacer el cristiano en una sociedad como la nuestra?». Y se contesta: «El inconfor­mismo debe ser nuestro lema y el aliento de nuestro programa de ac­ción». Y sigue: «Recuerdo que el cura Ricardo nos lo decía hace ya un par de años: los cristianos de los tres primeros siglos adoptaron una actitud inconforme. Y llegaron a dar la vuelta al Imperio Romano. Todo a base de amor, días de cárceles y sangre derramada. Fue una lástima que después alguien, los de siempre, dándose cuenta de la nueva situación, la prote­gieron y amaestraron hasta hacerla «conforme» a sus intereses. Y de nue­vo la Iglesia tuvo que comenzar la tarea de re-hacer las cosas, siempre con la bandera del inconformismo por delante». Martínez termina la página escribiendo con rasgos más fuertes: «Los cristianos debemos ser los pri­meros y eternos revolucionarios. Jamás estaremos contentos con el pro­yecto que nos ofrezca el partido más avanzado de turno. Hasta que ma­duremos de tal manera la historia, que merezcamos se nos regale el defi­nitivo proyecto: el del Reino de Dios».

Bueno, tú ya conoces a Martínez. Siempre tuvo la pretensión de querer sintetizar, como si la cosa fuera tan fácil. Además, lo hace con apasionamiento. Dice que la pasión por la verdad la aprendió de Joaquín, cuando compartieron la celda de la cárcel.

Los últimos párrafos de la carta están cargados de exigencia. Yo creo que se pasa. Porque decir que o se está integrado de manera com­prometido en una comunidad o no se es cristiano, me parece exagerado.

Un cristiano «practicante»

Mira, casualmente anoche estuve cenando en casa de Gámez. Me parece que te lo presenté la última vez que estuviste en Málaga. Es aquel médico joven, casado, con un apretado racimo de cuatro hijos que no se llevan más de año y medio entre uno y otro. ¿Lo recuerdas?

Pues bien, Gámez es de los cristianos de misa dominical. También reza cada día. Vaya, de los «practicantes», que dirías tú despectivamente. Ya me gustaría que entre los miembros de tu comprometida comunidad se contaran muchos Gámez que, sin hacer alardes de compromisos, son de los que dan el callo en el trabajo, en el hogar, entre el vecindario, en la parroquia,...

Sólo unas pinceladas para que le conozcas un poco mejor.

Vive en un modesto piso. Los muebles... bueno te aseguro que cual­quier obrero de la construcción que tenga un trabajo fijo tiene mejor amueblada la casa que el médico Gámez. Y es que el sueldo, aunque te parezca extraño, no le da para más. Hace unos meses acabó de pagar la última letra del piso. Trabaja en la Seguridad Social; tiene algunas clases en una academia particular, más como quien hace un favor que con áni­mo de lucro. No tiene consultorio particular. Ni quiere tenerlo. Puri y él se han impuesto un estilo de vivir, donde priman la fidelidad al trabajo, la dedicación al hogar y la comunicación con los vecinos. El lujo ha sido descartado conscientemente.

Gámez se autodefine socialista de los de a pie y cristiano de parro­quia. Sobre estos dos criterios cimienta su libertad. Lo que más me admi­ró fue eso: que es un hombre libre, porque no se ha creado necesidades. Le basta las que le imponen su trabajo, su mujer, sus hijos, sus vecinos, su parroquia,...

Bueno, no sé por qué me he alargado tanto. Pero es que, a mi pare­cer, es posible ser cristiano hoy; ser inconformista frente a todas las escla­vitudes que el consumismo nos impone; ser revolucionario desde abajo, desde el lugar de cada uno, sin teorizar tanto y viviendo de una manera consecuente.

Con todo esto, no quiero restar méritos ni a ti, ni a los militantes cristianos, sindicalistas y políticos. Pero creo que debemos admitir que hay muchas maneras de militar. La de Gámez, por ejemplo.

...Y la cuaresma

Y termino diciéndote que, aunque te rías (me parece escuchar tu risa del otro día por teléfono), yo sigo con mi pequeño plan cuaresmal. Ya sé que a ti no te van estas cosas. A mí sí. Me ayudan a comprometerme gratuitamente con el Señor en pequeñas renuncias. No es gran cosa. Aun­que procuro ponerle mucho amor... Las pequeñas privaciones me ayu­dan a recordar que estamos en Cuaresma, tiempo de preparación para la Pascua. Me ayudan a morir un poco más, para que Dios me conceda vivir en Cristo. Me ayudan a mantenerme ágil para estar mejor dispuesto a servir a los demás.

Saludos a Mercedes y a Jorge.

Un abrazo,

Málaga, Marzo de 1980. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais