«Cicatriz en la democracia. La libertad es siempre incómoda»

Publicado: 03/08/2012: 594

V Carta a Valerio

 

Querido Valerio:

Presentía que después de los acontecimientos del 23 de Febrero, y de la Pastoral de los Obispos ibas a escribirme.

Vives el drama español como si fueras el único protagonista, con la exclusiva en la interpretación. Valerio, no olvides que, a tu lado, tienes treinta y cinco millones de españoles más. También ellos tienen derecho a opinar. Y a cada uno de nosotros corresponde respetar, aunque no siem­pre aprobar, esas opiniones distintas, contrapuestas o convergentes de tantos españoles.

¡Libertad! ¡Libertad!...

Para exponer y defender nuestras opiniones todos recurrimos a la libertad. Tú lo hiciste apasionadamente en el régimen anterior.

La palabra libertad es como un conjuro mágico. Por ella se desen­cadenan entre nosotros los acontecimientos más opuestos: pactos y gue­rras, progreso y destrucción, perdón y odio. Las partes beligerantes siem­pre la invocan para justificar sus posturas.

En España estamos asistiendo a un fenómeno extraño. El ideal de la libertad por el que tantos han luchado y muerto, comienza a tener para algunos una connotación negativa. Dicen que es el origen de muchos males: el desorden, la inseguridad, el terrorismo, la droga, el pansexualismo…Y, por si fuera poco, con las libertades democráticas nos ha caído encima el azote de la crisis económica. Pancho me escribió el otro día: «Si eso es vivir en libertad, más vale no tenerla».

Sin llegar tan lejos, tú mismo aceptas que hoy existen grupos nu­merosos para quienes las libertades democráticas se han convertido en desengaño. Esperaban otra cosa. Y entonces adoptan una postura de re­signación fatalista, como si los males que sufrimos fueran secuela inevita­ble de la democracia.

Entonces... ¿qué? ¿Es realmente la democracia el origen de todos nuestros problemas? ¿Tiene remedio esta situación, o hemos de confor­marnos con ella, como si fuera el ineludible precio a pagar por la entrada en el llamado «mundo libre»?

Quizás todo dependa de cómo se entienda y se viva la libertad.

Intentar ser objetivos

Antes que nada, querido amigo, conviene hacer una valoración lo más serena posible de la actual situación española. Intentarlo es preten­cioso. Yo me atrevo hacerlo, consciente del riesgo que supone. Ignoro si te servirá de algo. A mí, después de muchas vueltas entre libros, apuntes, reflexiones, diálogos y también oración, me ha dado paz interior. No sé si es «fruto del Espíritu» o narcótico de mis subjetividades. Sea como fuera, (¡ojalá lo primero!), se me ha ocurrido contestar tu última carta, volcando sobre tu paciente receptividad todas mis ideas. A lo mejor así consigo que no me escribas más.

Acompáñame, pues, Valerio, por el resbaladizo campo de la objeti­vidad.

Si en el intento de valorar objetivamente nuestra actual situación, nos dejamos sugestionar únicamente por lo negativo, podemos caer en un pesimismo sin salidas o en un revisionismo a ultranza, que nos lleve a arrojar por la borda lo bueno y lo malo conjuntamente.

Por el contrario, si nos fijamos solamente en los aspectos positivos, podremos despreciar como cosas sin importancia una serie de proble­mas reales que, a la larga, y por su propia dinámica, den al traste con todo lo que ya hemos conseguido.

Sombras...

Hay que reconocer que el momento por el que atraviesa la socie­dad española es poco tranquilizador: la grave crisis económica; el alto nivel de desempleo, con tendencia a aumentar; la caída ruinosa de mu­chas empresas; el miedo a invertir; la solapada insolidaridad entre algu­nos pueblos de la Península; las amenazas crecientes contra la libertad; el desinterés por el bien común,... Aumentan la delincuencia, el terrorismo y la inseguridad ciudadana. La sexualidad se ha desembocado. La droga se generaliza. Los valores morales no se cotizan. Y la práctica religiosa parece haber descendido considerablemente.

Todos estos males, y otros muchos que no cito o desconozco, han de ser reconocidos sinceramente. Y es cierto, también, que con la recién estrenada democracia estos males aparecieron en la superficie del mar social. No sé si porque alguien los depositó en ella o porque, retenidos en el fondo, ahora emergen y flotan libremente en el exterior.

...Y luces

Pero, junto a esta avalancha incontenible de males que nos han caído encima, han florecido, como si de una primavera histórica se trata­ra, una serie de valores y realidades positivas que a ti, Valerio, y a otros muchos españoles han hecho brincar de alegría.

A pesar de lo que llamas «cicatriz a la democracia española», refi­riéndote al pasado 23 de Febrero; a pesar de la «democracia vigilada» que dicen otros; a pesar de cada vez que el terrorismo cobra una víctima, nos parece escuchar que alguien desenvaina su espada... en el último lustro los españoles estamos ensayando con no poco acierto una convivencia democrática, para la que se nos consideraba radicalmente incapaces.

Hoy, personas de ideologías distintas y aun contrarias, dialogan con más o menos seriedad, y conviven respetándose mutuamente. Los mis­mos conflictos sociales, disparados (quizás con cierta razón) en un princi­pio, presentan hoy una clara tendencia a buscar soluciones justas, sin que unos hayan pretendido «amaestrar» a otros, como dice Gustavo, nuestro amigo ácrata. Crece, no sin dificultades, la conciencia social y el sentido del bien común.

Como cristianos, por lo que a ti y a mí nos afecta, el fantasma de un ateísmo arrollador va difuminándose frente a grupos cristianos «de cali­dad», que nacen y crecen cada día.

En todos los campos aparece un pluralismo ideológico y crítico que nos enriquece a todos.

En definitiva: el pesimismo total, a pesar de negros nubarrones, está fuera de sitio en la actual sociedad española. Y esta afirmación, Valerio, tiene y tendrá razón, aunque alguien un día nos echara de nuevo encima el yugo de la esclavitud.

En lo que a la Iglesia se refiere, el pesimismo total jamás tuvo, ni tendrá espacio.

Pero esto no basta

No basta, sin embargo, quedarnos en la más o menos acertada cons­tatación objetiva de la realidad social en la que vivimos. Puede darnos, (como a mí, por ejemplo), cierta serenidad. Pero esto no basta. Es necesa­rio cuidar y potenciar ciertos aspectos de nuestra convivencia, y corregir otros. Así evitaremos que las perspectivas de avance que nos ofrecen se obscurezcan o mueran, en vez de llegar a su plenitud.

Como antes te dije, Valerio, la raíz de nuestros males y el cauce de los futuros aciertos están en la comprención y ejercicio de la libertad. Conviene, por tanto, que todos nos sigamos preguntando qué es la liber­tad; cuál es su importancia; qué elementos la favorecen y cuáles pueden destruirla; cómo podemos vivirla los españoles, a quienes alguien ha lla­mado demócratas de pantalón corto.

Y aunque, como me has dicho más de una vez, puedo parecerte pedante, permíteme meterme a aprendiz de filósofo-teólogo, y te escriba sobre la libertad.

¿Qué es la libertad?

Opino que la libertad es un concepto polivalente. Cada cultura, cada época histórica ha tenido su propia antropología y su propio con­cepto de lo que es la libertad.

Para nosotros, y en el contexto cultural en el que nos movemos, me atrevería definir la libertad individual como la capacidad que se ha dado al ser humano, para autoconstruirse, para «ser», o mejor, para seguir sien­do progresivamente. Y esto sin ser coaccionado desde dentro o desde fuera.

El hombre es responsable de sí mismo. Por ello tiene el derecho a trazarse su propio camino. De modo que si existen varias posibilidades reales, sea él mismo quien escoja, sin coacción de ninguna clase.

De tal manera esto es así, que ni siquiera se le puede obligar a elegir aquello que lo va a llevar a su plenitud, ni prohibirle lo que le va a des­truir. Dios nos ha dado la pauta. El muestra y ofrece el camino del bien y del mal. Pero jamás coacciona para que se recorra.

En la elección libre del ser humano está su gran responsabilidad.

Usando mal del don de la libertad privamos a otros de una riqueza, en cuyo acerbo no hemos querido contribuir. Usándola mal, rechazamos la posibilidad que se nos ofrece de constituirnos en elementos activos en un mundo que se va haciendo y en un reino («manera de actuar de Dios») que podemos preparar.

Nuestra conducta personal, querido Valerio, no es indiferente ni a Dios, ni a los demás seres humanos, ni a la misma creación.

Sólo es libre quien «es» y «está» con los demás

Pero, hay más todavía, Valerio. Si es verdad que el uso de mi liber­tad, a nivel de simple realización personal, tiene repercusiones fuera de mí, (por aquello de que la riqueza o pobreza de cada uno redunda en beneficio o perjuicio de todos), no se agota ahí su vertiente social.

Cuando se habla de libertad como la posibilidad de que el indivi­duo pueda actuar conforme a su voluntad, con tal que no dañe a otros individuos o a la sociedad, aún nos hallamos lejos de su concepto pleno. Porque según esta concepción, el ser humano sería, ante todo, un indivi­duo aislado. Sus relaciones sociales constituirían algo secundario. Los otros sólo serían un límite a mis posibilidades, como yo lo soy a las de ellos.

Pues bien, Valerio, opino que «los otros» juegan un papel mucho más importante con relación a mi libertad. No son un simple muro.

La sociedad no es una red formada por libertades yuxtapuestas. La sociedad es el espacio necesario para que la persona pueda desarrollar su libertad.

En este sentido, el propio «yo» no acaba en mí mismo. Aunque en mí hay algo absolutamente único, que no puede ser confundido con nin­gún otro ser, ese «algo» necesita de tal manera de los demás, que sin ellos quedaría incompleta.

¿Recuerdas, Valerio, cuántas veces en aquellas largas charlas noc­turnas intentábamos definir al hombre? Pues mira, yo, después de darle muchas vueltas, llego a la conclusión que, para definirlo, se necesitan coordinar dos elementos: su individualidad inalienable y su necesidad absoluta de apertura o solidaridad.

El individuo sólo llega a su desarrollo pleno en la medida que «es» y «está» con los demás. Y en esto el cristianismo ha dicho y tiene todavía mucho que decir. Porque en definitiva Jesús nos vino a decir que el hom­bre tiene que estar abierto a la trascendencia (Dios) y a la inmanencia (los demás). Y sólo desde esta apertura del ser, el hombre llega a comprender y vivir la paternidad de Dios y la hermandad con los demás seres.

La persona y la comunidad

Cuanto mejor funcione el grupo social (colectivo, comunidad...) en que está integrado el individuo, mayores son las posibilidades que se le ofrecen para ser libre.

Por el contrario: un grupo mal organizado, o forzadamente unifor­me... actuará de freno para la libertad; absorberá las energías del indivi­duo en luchas estériles; no proporcionará los estímulos que necesita para poner en marcha todas sus potencialidades.

Lo mismo sucede al grupo, colectivo o comunidad. Si están consti­tuidos por seres empobrecidos, sin iniciativa, de inteligencia poco desa­rrollada, cortados por el mismo patrón... su riqueza (es decir: la posibili­dad de un progresivo desarrollo) será mínima.

Tanto en la sociedad como en la misma Iglesia contamos todavía demasiados casos de dictaduras que troncan personas, y de imposiciones que mutilan cristianos. Porque hay ciertas maneras de ejercer la autori­dad que forzosamente condena a los demás a la inmadurez o subdesarro­llo personal.

El resultado acostumbra ser un grupo social o comunidad abúlica, sin empuje ni vitalidad creativa. El resultado es la «muerte».

Ni superestados, ni superhombres

La capacidad humana de buscar la propia plenitud sin coacciones, ha de tener en cuenta la dimensión individual y solidaria del hombre.

Por consiguiente, tanto las decisiones de cada individuo, como las del grupo o comunidad, han de coordinar siempre ambos elementos. El individuo no puede tomar sus decisiones como si los demás no fueran parte de sí mismo, de la misma manera como tampoco el grupo puede erigirse en valor absoluto, aplastando al individuo, o convirtiéndolo en una mera pieza del conjunto, sin más iniciativa que la que permite la totalidad.

Bien sabes, Valerio, los fracasos en los que están cayendo ciertos grupos políticos y aun ciertas comunidades cristianas, al no tener en cuenta estos dos aspectos de una misma y única libertad humana.

Los ensayos

Esta concepción de la libertad, (me refiero a la que tiene en cuenta la complejidad constitutiva del ser humano) es algo que siempre en algu­na parte, pero sobre todo a partir del cristianismo, ha funcionado, con resultados más o menos esperanzadores.

Tú, como yo, conoces algunas comunidades donde la primera preo­cupación es la de potenciar al máximo las virtualidades del individuo; y el individuo, por su parte, tiene siempre en cuenta a la comunidad al tomar sus decisiones, procurando aportarle lo que tiene de mejor.

En la medida que esto se consigue, el individuo y la comunidad progresan al mismo nivel, como si de vasos comunicantes se tratara.

Los fracasos de una familia, grupo o comunidad suelen venir de un individualismo acérrimo, o del aplastamiento de unos sujetos por parte de otros.

La inmensa mayoría de nuestros fracasos sociales y aun eclesiales (que también se puede hablar de ellos) provienen de la falta de solidari­dad. O de la anulación de unos por parte de otros. Mientras el individuo, al tomar sus decisiones libres, no sienta a la sociedad en la que vive como parte de sí mismo, y la sociedad no comprenda que su máxima riqueza consiste en estar constituida por auténticas personas libres y responsa­bles, y no por robots,… nuestro concepto de libertad será falso. Desem­bocaremos en una lucha de todos, haciendo imposible la libertad.

La perfección asumida libremente

Considerada en sí misma, la libertad es un bien humano inaliena­ble. No existe otro camino que pueda llevar a su realización, tanto al indi­viduo, como a la sociedad.

Todo perfeccionamiento conseguido al margen o contra la libre voluntad del individuo o del grupo humano, no puede decirse que sea un perfeccionamiento real. La razón está en que, cualquier imposición o dictadura, hiere el núcleo constitutivo de la persona o de la comunidad. O mejor dicho: la mutila o destruye en su misma esencia. Y mientras el perfeccionamiento o desarrollo no sea asumido libremente, constituirá una especie de envoltura externa, que no toca ni transforma lo más ínti­mo del ser. A esto los cristianos llamamos conversión.

Una comunidad auténtica no puede darse sin libertad. Porque co­munidad quiere decir comunión, entrega, apertura de unos seres a otros. Y esto no se consigue si no es a través de una actitud profunda. Y las actitudes profundas sólo se dan en los espacios libres.

De ahí que las actitudes obligadas, los lazos forzados no unen a los seres humanos. Lo mejor y más auténtico de cada uno, el «yo», ni apare­ce, ni se comunica. Entonces las relaciones que surgen son falsas, aboca­das a la superficialidad o al fracaso.

Cualquier tipo de dictadura es antihumana y, por tanto, anticristiana

Estoy perfectamente de acuerdo contigo, querido Valerio, que una sociedad asentada sobre unas bases impuestas está condenada, tarde o temprano, a su misma destrucción. Cualquier tipo de dictadura es la ne­gación de toda sociedad. Porque al no ser posible poner en común lo más propio y original de los que la forman, toda la riqueza de ideas, iniciati­vas, intuiciones, sentimientos,… toda la creatividad que cada ser lleva dentro, se pierde irremisiblemente para todos los demás; incluso puede perderse uno mismo; ya que cuando falta la ocasión o posibilidad, gran parte de las energías interiores quedan abortadas en el interior de quien las posee. Y el aborto, también el intelectual y espiritual, es un crimen.

La persona adulta, y por tanto la misma sociedad, necesita el diálo­go, la crítica o la aprobación para seguir desarrollando su fuerza creado­ra. De lo contrario, tanto a base de mandar y disponer en solitario, como de ejecutar ciegamente las órdenes recibidas, cualquier persona, por do­tada que esté, se torna estrecha de miras, con el peligro de caer en un terrible egoísmo y erigir en absolutas sus concepciones limitadas. Y es así cuando se desemboca en una desconexión cada vez mayor con la reali­dad, tomándose determinaciones equivocadas y, por tanto, perjudiciales a la sociedad.

El riesgo de mandar

En los estados o grupos totalitarios, la minoría gobernante puede terminar por confundir sus propios intereses con los de la comunidad, engendrando tensiones sociales que no solucionarán, si no es a base de fuerza represiva.

Estas situaciones, tristemente repetidas a lo largo de la historia, son la causa de los lógicos y justos levantamientos de la mayoría. Estas, a veces, por falta de sentido crítico de aquella mesura que da una educa­ción en la responsabilidad (educación que se les ha negado por regíme­nes totalitarios), son presa fácil de la demagogia y de los instintos más primarios, llegando a cometer aquellos excesos que se habían incubado en la represión anterior.

¿Maduros para la democracia?

Tú tampoco estás totalmente de acuerdo, Valerio, en aquello de que la libertad exige madurez. Habría más razón si se dijera «un mínimun de madurez». Porque ésta no aparece por generación espontánea; como tampoco se puede dar si no es en un espacio de libertad, por incipiente y reducido que sea.

Desde el primer momento, desde pequeños digo yo, hay que ir dando a la persona la libertad de la que es capaz, aumentándola confor­me esta capacidad va creciendo. La dificultad está en saber quién y cómo se da esta capacidad. Porque normalmente, quien tiene el poder (sobre todo si éste no se ejercita como servicio) tiende siempre a un paternalismo impositivo y malsano. Por apetencia de dominio, exigencia de seguridad

o temor a los abusos, les parece que nunca se da la madurez del «súbdi­to», ni siquiera en su mínima expresión.

Tú mismo recuerdas, Valerio, que tus padres, cargados de buena voluntad, te seguían arropando de manera equivocada, hasta verte obli­gado a tomarte por tu cuenta, y casi de manera violenta, la libertad que te correspondía. Hay demasiados padres a quienes, como a los tuyos, debe­ríamos levantar un monumento por su buena voluntad, pero que la his­toria (ni siquiera la familiar) recordará como buenos educadores.

Por otra parte, también es cierto que muchos hijos se independizarán sin aquel mínimun de madurez que sus padres les ofrecían y ellos jamás aceptaron.

La verdadera libertad, querido Valerio, es siempre incómoda. Por esto el cristianismo, causa e impulso de hombres libres, siempre molesta­rá a los «instalados».

Bueno, Valerio, por hoy basta. Me he desahogado a costa de tu pa­ciencia.

Me gustaría saber qué piensas de todo esto. Pero, aunque no me contestes, te prometo (y no te alarmes) seguir escribiéndote sobre la apa­sionante libertad.

Saludos a Mercedes y al pequeño Jorge.

Un abrazo,

Málaga, Julio de 1981. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais