«¿Una Iglesia envejecida? La juventud llama a la puerta»

Publicado: 03/08/2012: 911

VI Carta a Valerio

Querido Valerio:

Por esta vez coincidimos. Yo también le temo a una «Iglesia enveje­cida». Pero, a lo mejor con la misma frase expresamos conceptos diferen­tes. Quiero escribirte lo que entiendo.

Para centrar el tema, me referiré concretamente a los sacerdotes. Como supones, les conozco un poco más que tú.

Sexagenarios

Ante todo, Valerio, debo asegurarte que los sacerdotes sexagenarios, en la medida que sepan ocupar su lugar, jamás son un lastre para la Igle­sia. Todo lo contrario. La edad avanzada acostumbra coincidir con una fe más probada, más enraizada y, por tanto, más fuerte.

Los que han entrado ya en años, si a sus días vividos corresponde una fe aquilatada, poseen aquel sentido común y aquella capacidad de síntesis propia de los buenos teólogos. Los adentrados en edad y en fe son nuestros mejores maestros.

Por lo demás, yo, como tú Valerio, temo tanto a los maduros en la edad e inmaduros en la vida interior, como a los jóvenes de corazón apá­tico y mente envejecida.

Los que simpatizan con la necrosis síquica o espiritual no tienen sitio en el cristianismo. Porque, en definitiva, la fe es vida. Vida siempre pujante hacia la plenitud. Decir fe, en cierto sentido, es decir juventud.

Lo que importa, pues, es creer y seguir creyendo. Entonces no cabe el envejecimiento en ninguna etapa de la vida cristiana.

¿Otra vez el celibato?

Volviendo al tema de los sacerdotes, es verdad que abundamos los que, como tú dices, «peinamos canas o ya ni siquiera podemos peinar­las». Lo que no me parece tan acertado, Valerio, es que reduzcas el hecho del elevado porcentaje de sexagenarios a la obligatoriedad del celibato para el presbiterado católico. ¿O es que no sabes que la iglesia luterana, la anglicana, la evangélica.., tampoco tienen candidatos para servir a sus comunidades? Y en ellas sus pastores pueden contraer matrimonio. Opi­no que la escasez de vocaciones es fruto de una complejidad de causas que no podemos reducir fácilmente. Para mí, un factor a tener muy en cuenta es la profunda alteración de valores que experimenta nuestra ac­tual civilización. Alteración positiva en unos casos; negativa, en otros. La historia y el Señor de la historia lo dirán. Mientras tanto, a nosotros nos corresponde ser muy realistas y objetivos.

Una comunidad decrépita

Pero, si antes he dicho que los sacerdotes ancianos jamás serán un lastre para la Iglesia, ahora digo que lo serían si, por su número y «po­der», prevalecieran en la comunidad. Y esto se da en la medida en que, dejando de ocupar su lugar de presidentes de la asamblea en las celebra­ciones y su misión específica de animadores de la fe, pasan a ser protago­nistas exclusivos de la comunidad cristiana en todos sus aspectos y activi­dades.

Los sociólogos, desde su ciencia, llegan a decir que un número des­mesurado de sacerdotes ancianos en la Iglesia, llegarían a desnivelar el porcentaje (¿cuál será el porcentaje?) de edad entre los miembros de la comunidad; y ésta se resentiría negativamente.

Bueno, Valerio, los sociólogos... Pero, a lo mejor llevan razón. Por­que si en teoría los sacerdotes «deben ocupar su lugar», en la práctica, sobre todo cuando son un número elevado y monopolizan la representatividad real llegan a suplantar el quehacer de los laicos cristia­nos tanto en la sociedad, como en la misma Iglesia.

Conejillos de indias

Hay un hecho que, tristemente, apoya la afirmación de los sociólo­gos. Me explico. Los traslados de párrocos suponen, casi siempre, un cambio en la marcha de la comunidad. Un cambio que a veces es brusco y radical, que puede ser mejor o peor. Se alega que los antecesores... Pero, en el fondo, hay dos razones, a mi parecer, graves: el sacerdote que, en nombre del Evangelio, impone, en lugar de educar; y, por otra parte, la inmadurez, no siempre imputable, de los laicos. En una de tus cartas, tú mismo, Valerio, me lo decías: «Parecemos conejillos de indias. Los curas experimentáis con nosotros».

Si la realidad de nuestras comunidades cristianas es más o menos así, el hecho de que los presbíteros (ancianos, no tanto en edad como en lo sicológico) oscilen en su gran mayoría entre los cincuenta y setenta y cinco años..., es síntoma de precaria salud en la Iglesia.

Ni muchos, ni pocos: los necesarios

Alguien ha dicho que la disminución de presbíteros por falta de vocaciones jóvenes es un bien histórico relativo. Afirman que, en la me­dida que falten sacerdotes, éstos, se verán obligados a dar paso a los laicos cristianos en lo que a sus servicios propios se refiere.

Esto, Valerio, es verdad hasta cierto punto. Porque si una sobreabundancia de presbíteros da pie a acaparar todas las actividades de la comunidad, también lo es que, cuando los pastores escasean o, simple­mente faltan, los creyentes, expuestos al capricho del espontáneo de tur­no, se zarandean en la desorientación. Yo creo que en estos momentos, por lo menos en algunas diócesis, se empieza a disparar la señal de alar­ma. Tenemos «ovejas sin pastor» en el sentido que lo dijo y entendió Jesús. Y esto es grave.

La juventud en la Iglesia

El hecho de la edad en la Iglesia, puede ser visto desde otro ángulo: la ausencia de juventud.

Lo nuestro, bien lo sabes tú, no puede ni debe ser ni un parvulario, ni una escuela o instituto, ni un club de matrimonios, ni una residencia de ancianos. Creo que la Iglesia debe ser, en lo que a las edades se refiere, como una familia completa, donde los niños son la alegría, los jóvenes la esperanza, los adultos la firmeza y los ancianos la experiencia maestra.

En muchas de nuestras parroquias y comunidades cristianas se da una desproporción alarmante. Sociológicamente consideradas, vienen a ser cuerpos deformes. Les falta la armonía. Hay parroquias donde preva­lecen los sexagenarios; y hay comunidades cristianas, como la tuya, Valerio, que no tienen ancianos. En ambas hay una peligrosa desproporción.

Tengo a mano una encuesta sobre la asistencia a misa dominical; y el porcentaje de juventud... Bueno, me acompleja. Puedes imaginártelo.

Y claro, una parroquia, sin juventud integrada, pierde la fuerza de la creatividad y la intuición de futuro; de la misma manera como una comunidad cristiana sin personas mayores pierde el aplomo para cam­biar con equilibrio.

Entiendo que la juventud no es parte esencial de una comunidad. Pero, sí necesaria. Como lo son los mayores y los niños.

Dejad que los jóvenes sean jóvenes

Es fácil y arriesgado a la vez, meterse a consejero de jóvenes. Sin embargo, querido Valerio, y aun exponiéndome a que otra vez me acu­ses de «carroza» o cronista de «grandes relatos», me atrevo a sugerirte alguna idea.

Conviene recordar que la juventud es siempre «joven». Me duelen esos sistemas impositivos que, a manera de invernaderos, intentan hacer madurar precipitadamente a los jóvenes. Se les tiene que dejar ser jóve­nes.

Ellos son agresivos, osados, opuestos y hasta inconstantes, como el niño travieso, la mujer presumida y el hombre arrogante. La juventud en la humanidad es como la adolescencia en el individuo. Y la adolescencia tiene su razón de ser en relación al desarrollo equilibrado de la persona. En fin, Valerio, que sería una equivocación exigir adultez en los jóvenes. Estos, como tales, cumplen una valiosa e insustituible función social.

Además, tampoco es matemáticamente exacta la relación entre jo­ven «calavera» y adulto «pervertido». ¿No recuerdas a tu hermano, Valerio? ¡Los disgustos que llegó a daros! Y ahora, todos le admiráis como trabajador, como esposo y como padre.

Lo que te escribo, no es para justificar a una juventud sistemática­mente contestataria o desordenada. Es para comprenderla, sin necesidad de rasgarse las vestiduras ante unos comportamientos que son más bien el resultado de unas realidades sicosomáticas temporales, que de una mal­dad de corazón.

Por lo demás, Valerio, la contestación, por más incómoda que re­sulte a los mayores, es normalmente fuente de renovación. El Espíritu Santo puede servirse de ella para recordarnos que a ningún cristiano le es lícito anclarse en el camino hacia Dios. La contestación de los jóvenes nos estimula a seguir adelante.

Tampoco sería correcto deducir una actitud permisiva ante los jó­venes. Se trata más bien de ser realistas y encauzar, de manera respetuosa y sin lesionar su libertad, el ímpetu de su corriente arrolladora.

Partiendo de estas ideas que, por supuesto, tienen el derecho a ser discutidas o no aceptadas, opino lo siguiente:

¿Qué hacer?

Los jóvenes deben ser prioritarios en los planes de pastoral. Unos planes de pastoral que, sin rodeos ni complejos, se apoyen en la Palabra del Señor, es decir, que anuncien descaradamente el Evangelio.

Tienen derecho a conocer todo el Mensaje de Jesús, con los presu­puestos del Antiguo Testamento y la actualización del Evangelio a través de la doctrina de la Iglesia. Digo «todo», porque a muchos se les escati­ma. No basta con eso que tanto te gusta, Valerio, el «aquí y ahora». Silen­ciáis demasiadas cosas. Mutiláis el contenido. Tampoco es lícito convertir a la juventud en sujetos autómatas de la ley, y evadirla de su responsabi­lidad eclesial y social. Así se tergiversa el Evangelio y se les vende barato, a pesar del voluntarismo.

Siempre que en la Iglesia se ha presentado toda la grandeza de Je­sús y sus exigencias, la juventud ha respondido. Mira, si no, a Francisco de Asís, a Javier o a Teresa de Lisieux. También hoy responde así. Recuer­da, Valerio, al chileno Oscar; a Virginia, la carmelita; a Manolo, el mecá­nico.

Jesús anunciado como un ser vivo y cercano, es capaz de atraer al más reacio.

Mea culpa

Estoy convencido que el pasotismo, la droga, el erotismo y la delin­cuencia entre la juventud son la respuesta a una sociedad que no tiene ofertas válidas, y a unos creyentes que hemos diluido la fuerza de la Pala­bra de Dios. Por lo general, nuestros escritos son etéreos; nuestras homilías, somníferas; nuestros planes de pastoral, irreales; los signos de nuestras celebraciones no son explicados, o son mal presentados o, simplemente, incomprensibles a la juventud de hoy.

En lo que a este último punto se refiere, quisiera que los sacerdotes explicaran con buena pedagogía muchos de los signos litúrgicos que nues­tra juventud desprecia, porque los ignora. Y a los responsables a alto ni­vel les pediría más sensibilidad para con las nuevas generaciones.

En la liturgia no podemos vivir indefinidamente de la renta de ge­neraciones pasadas; como tampoco podemos dar luz verde a tanto capri­cho, superficialidad e imposición por parte de algunos presbíteros contra el sufrido pueblo.

La oración

Creo, Valerio, que es necesario un «nuevo nacimiento» de Jesús, para que los jóvenes, sean pobres pastores o sean reyes magos, puedan comprender al ángel o a la estrella que les anuncia la salvación.

Pero, esto no será posible si los adultos, (tú, Valerio, como militante cristiano y yo, como sacerdote), no recuperamos en nuestro interior y con toda su fuerza el Mensaje de Jesús. Cuando nos ardan las entrañas de amor al Padre y a los hermanos, entonces seremos capaces de anunciar el Evangelio con palabras llameantes.

Y sólo hay un camino: la oración.

Estoy convencido, Valerio, que la «desubicación» de la Iglesia en el mundo de hoy, se debe a la falta de orantes. Porque sólo el que ora tiene el sentido de Dios y la capacidad de situarse como servidor en la historia de los hombres.

Hay algo más. Y voy terminando, Valerio.

Lugar para los jóvenes

Una vez que la juventud haya acogido la Palabra de Jesús y se hu­biera decidido a recorrer su camino, es necesario que la comunidad cris­tiana reconozca sus carismas y le ofrezca el lugar que le corresponde.

Por lo general, nuestras parroquias son poco acogedoras o, tal vez, aún incómodas para los jóvenes. Habrá que cambiar muchas cosas; me­jor dicho, cambiarnos a nosotros mismos. Esto será posible en la medida que los mayores seamos humildes. Que no es frase ñoña. Quiero decir en la medida que renunciemos a nuestras suficiencias y añoranzas, valoran­do la novedad constante del Evangelio, y aceptemos las diferentes mane­ras de comprenderlo para parte de las nuevas generaciones.

Sin endiosar

Pero, hay un peligro, Valerio. No sé si estarás de acuerdo conmigo. Es éste: no se puede endiosar a la juventud.

El joven, por el hecho de serlo, no tiene la exclusiva de la verdad y del bien. En esto hemos cometido muchos errores. Para atraerlos, se ha claudicado de las exigencias evangélicas y vendido a cualquier precio los compromisos de la fe. Así tarde o temprano, se nos van, no sin antes dejar una grieta más en la comunidad.

Y es que no podemos perder de vista, Valerio, que también nuestra juventud es propensa al pecado. También ellos fallan y caen. Deben reco­nocerlo.

Solamente podemos aceptar a los jóvenes que desde su juventud se esfuerzan en la búsqueda de la verdad y la práctica del bien.

El Reino de Dios avanza

Si los jóvenes se enfrentan contra quienes, en aras de su propio y exclusivo interés, les imponen las modas, los gestos y aun los criterios; si se dan cuenta de «quién les comió el coco» en su provecho; si crecen en personalidad, liberada del mal..., entonces, Valerio, es que sigue amane­ciendo el nuevo día para la humanidad y para la misma Iglesia.

La aurora se vislumbra. La juventud llama a la puerta.

El reino de Dios sigue avanzando por caminos desconocidos e ini­maginables. Pero, se acerca. Es lo que importa, Valerio.

Un abrazo de tu amigo,

Málaga, Enero de 1982. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais