«Que eche la red a su aire»

Publicado: 03/08/2012: 544

VII Carta a Valerio

Querido Valerio:

Me imagino la cara avinagrada que pondrías y el ceño fruncido por la sospecha y el recelo cuando rubricaste, con la violencia que te caracte­riza, tu última carta.

Por favor, Valerio, no te tomes las cosas así. ¡Sonríe un poco, hom­bre!

El afán de ser realista, te hace retorcido. Siempre tomas las cosas por donde más queman.

Estoy convencido que lo del viaje del Papa a España es mucho más sencillo y alegre de lo que tú supones. Porque ante situaciones complica­das lo que se necesita es sencillez. Y ante un gran acontecimiento, alegría.

Bueno, mira, esto de «gran acontecimiento» lo decimos ahora. Es­toy seguro que después del año 2000, la visita del Papa a las Comunida­des cristianas del mundo, reunidas por naciones o regiones, será normal.

¿Qué dirá el Papa y cómo lo dirá?

Que la situación es muy complicada es archisabido. Lo es hacia dentro y fuera de nuestras fronteras. Lo curioso es ver la decisión de Juan Pablo II. No hay rincón conflictivo en el mundo donde él no se haya ofrecido a ir para buscar soluciones pacíficas. Y eso a pesar del peligro mortal (nunca mejor dicho) que parece acecharle. Es un hombre que molesta. Y a los que molestan, se les elimina. Así pasó con Jesús y con tantos otros que le han seguido.

Pero, vamos a lo tuyo, Valerio.

Como tantas otras veces pareces gozar «rizando el rizo». Que si los informes que el Papa ha recibido..., que si lo qué nos dirá y cómo nos lo dirá...; que si quedaremos mejor o peor...

Te pasas, Valerio, te pasas.

Pretender que cada gesto del Papa y cada una de sus palabras estén perfectamente enmarcadas dentro de las coordenadas apocalípticas que trazas en tu carta, no sólo me parece exagerado, sino ilusorio. Le pides demasiado a este hombre-sorpresa que se llama Wojtyla.

Decir que, para hablar atinadamente, el Papa debe conocer cada rincón de nuestra accidentada geografía, cada página de nuestra azorada historia o cada uno de los recovecos de la complicada psicología de los españoles..., es pedirle demasiado. ¿No te parece, Valerio?

Y, además, si después le exigimos que puntualice de una manera clara y diáfana cada uno de los pasos que la Iglesia de España debe dar en un futuro inmediato, como si todo dependiera de lo que nos va a decir en sus homilías y discursos... Bueno, mira, Valerio, entonces es como si no creyéramos en la presencia del Señor en cada una de las Iglesias locales o exigiéramos que el Papa fuera el mismísimo Espíritu Santo en persona. ¡Hay que ver! ¡Pobre Sucesor del Pescador de Galilea!

Que le sintamos cerca

Yo creo, Valerio, que relativizando el viaje del Papa a España es cuan­do mejor lo dignificamos. Me explico. Será muy importante lo que nos diga. Nuestras Iglesias locales deberán tomar buena nota de ello. Pero, para muchos millones de españoles lo que valdrá será su misma persona; es decir, ver de cerca a un hombre, escogido por Dios, que sonríe y llora; que goza y sufre; que pregunta y responde...; un Pastor que debe reco­rrer el mismo camino que sus ovejas.

Pedro, el pescador de Galilea, el primer Papa de la Iglesia, jamás cabría en esta jaula de exigencias en que metes a Juan Pablo II. Ni Pedro, ni ninguno de los que le irán sucediendo.

Mira, Valerio, yo creo que Pedro, además de ser un líder nato, de su pretendido sentido común, de su carácter impulsivo, de sus vacilaciones y determinaciones..., era, estoy convencido, un hombre de buen humor, porque era confiado y optimista. De otra manera no hubiera podido afian­zar la fe de aquellas comunidades balbucientes del primer siglo que él visitaba, y de las que desconocía lengua y costumbres.

La fuerza del testimonio

La fuerza del testimonio es más grande que la fuerza de la palabra. Aunque ésta también es necesaria.

Y para mí, Valerio, lo que mejor comprenderá nuestra gente de Juan Pablo II es saberle hijo de una familia sencilla, que supo del esfuer­zo, del estudio y del trabajo, para abrirse camino en la vida; que aprendió teología y ejerció su ministerio presbiteral primero y luego episcopal en unas circunstancias tan distintas de las nuestras, y más duras, por su­puesto.

Y nuestra gente recordará que alguien (no sabemos movido por quién) intentó asesinarle; y que estuvo entre la vida y la muerte. Y que por todas partes habla abiertamente de Dios y defiende al hombre con todos sus derechos.

Tanto creo que es así, Valerio, que aunque el Papa no nos hablara, el sólo hecho de verle sería suficiente.

No le exijamos milagros

Volviendo a lo tuyo, Valerio, a Juan Pablo II en su próximo viaje a España no podremos pedirle el mirlo blanco o que haga salir el sol por Antequera.

Es iluso pensar que con la punta de su báculo-cruz nos trazará una perfecta línea divisoria entre las luces y las sombras, el bien y el mal…, de manera que, en adelante, no será necesario el esfuerzo de discernir.

Tampoco nos evitará la equivocación entre la cal y la arena. Ni mucho menos nos leerá la lista de los castos y de los prostituidos.

Repito, Valerio, que lo importante será su cercanía física y moral. Así, como la que sienten los amigos reunidos; o mejor, la que perciben los hijos (tan diferentes unos de otros) sentados en la mesa del padre y bajo su mirada de amor y comprensión.

Le recibiremos contentos

Bueno, oye, no sigas diciendo aquello de llegar en tren de tercera, para reunirse sólo con los comprometidos y desaparecer luego como quien no vino. Realmente, Valerio, a veces tengo la impresión de que todavía no te has dado cuenta que la historia es como el agua del río que siempre corre. Exiges cambios y los niegas a la historia.

A veces te consumes en lamentos por falta de tono festivo en nues­tras celebraciones litúrgicas, y ahora que viene el Sucesor de Pedro, nos exiges que le recibamos a lo triste.

¡No seas así, hombre! Deja que se junten miles de españoles con el Papa. Y que se pongan el vestido nuevo. Deja que canten y griten. Que sea una gran fiesta donde todos quepamos, aun los pecadores apuntados en tu libreta.

Ánimos para seguir adelante

Y esto no significa evasión, Valerio. Porque lo que precisamente queremos es que el Papa, con su gesto, su sonrisa y su palabra, nos dé ánimos para seguir en la brecha. Y el ánimo se recibe más a través de la mirada comprensiva del amigo o del padre, o con un golpe cariñoso so­bre el hombro, que leyéndonos interminables listas de problemas con sus correspondientes y complicadas soluciones.

Y con el ánimo que del Papa recibamos, regresaremos a nuestras casas con la firme decisión, puesta la confianza en el Señor, de colaborar humilde, pero fielmente, en la tarea de cambiar personas (¡nosotros los primeros!) y estructuras.

Y si, casualmente, la mirada del Papa se cruza con la tuya, Valerio, no le pongas cara de inquisidor. ¡Ofrécele una sonrisa! Que también él la necesita.

Que eche la red a su aire

No puedo separar en mi mente la imagen del Papa de la del Pesca­dor de Galilea. De aquel Simón, hijo de Jonás, que casi todas las noches salía a pescar en el lago a veces manso, otras enfurecido.

Dejemos que el pescador Wojtyla eche la red a su aire. Esperará toda la noche, hasta que despunte el alba. Porque el sol saldrá de nuevo. Y acercará su barca a la orilla. Luego, él y sus compañeros tirarán del copo, donde habrá peces de todas clases. ¿No serán todos buenos?

Después del esfuerzo, desayunarán con el Señor junto al lago. Y no le preguntarán «¿Tú quién eres?» porque, a pesar del velo de la fe y a través de ella, sabrán que es Jesús.

Aceptación y rechazo

Después pasará el día con su brisa o su terral. Sentados en la orilla, mientras sus manos endurecidas cosen la red, hablarán de Jesús a quien se les acerque. Y hasta se levantarán e irán a grupos lejanos. Unos les escucharán y se apuntarán en la lista para salir a pescar aunque sea de noche. Otros moverán la cabeza y, con una sonrisa suficiente y burlona, se alejarán porque esos pescadores son vulgares galileos que no saben hablar su lenguaje.

Y caerá otra noche. Amanecerá otro día. Y así, hasta que el Señor vuelva para recogernos a todos, pescadores y peces, y conducirnos al mar infinito del amor de Dios-Padre.

¿No es acaso, Valerio, ésta la historia de la Iglesia?

Los que nos quedaremos aquí

Anda, no te preocupes tanto. ¡Confía y sonríe!

El Papa vendrá y se irá. Y el lago de la vida en España continuará abierto a nuestras barcas, débiles acaso, y acogerá nuestras redes, remen­dadas y rotas tal vez.

Pero, el decidido Polaco, que está en Roma y vino a España, nos habrá dicho que sigamos remando y echando la red. A lo mejor pesca­mos poco. No importa. Saldremos todas las noches. Lo peor sería que­darse en la orilla, tristes y con los brazos cruzados.

Tendremos que «mojarnos». Hasta es posible que algunos de noso­tros sucumban en la brega del pescar. ¡Dichosos ellos!

Sea como fuera, el Papa Wojtyla nos animará a remar. Y eso bien vale una sonrisa de gratitud, ¿verdad, Valerio?

Tu amigo,

Málaga, Agosto de 1982. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais