«La agresividad electoral puede herir la democracia»

Publicado: 03/08/2012: 532

VIII Carta a Valerio

Querido Valerio:

Como tú, y tantos otros españoles, me siento zambullido en el agi­tado mar electoral. Unas veces porque quiero. Distraída o atentamente cada día leo el periódico, escucho la radio y, aunque menos, veo las noti­cias televisadas. Y el plato servido ya lo conoce uno de antemano aunque no lo haya pedido. Otras veces me zambullen entre las olas electorales, muy a pesar mío. Tengo la retina emborrachada de tantos rostros que posaron una y mil veces ante las cámaras fotográficas hasta que el enten­dido en publicidad dio el visto bueno a la expresión equilibrada del can­didato. Y el tímpano cargado de marchas y frases seguras como los teore­mas matemáticos. España entera se ha convertido en una fiesta de pro­mesas.

Y a medida que pasa el tiempo, querido Valerio, y se acerca el día epifánico de la voluntad popular, el nerviosismo de los atletas que corren veloces hacia la meta de las Cámaras legislativas, hace que se miren crispadamente unos contra otros y se lancen frases agresivas a manera de zancadillas para ganar unos segundos o minutos en la llegada.

Bien sabes, Valerio, que yo creo en la democracia en cuanto supone un sistema de convivencia en libertad; pero me da pena ver como la en­tienden y viven algunos ciudadanos. Porque una democracia donde, aun­que sólo sea durante el período electoral, la violencia de la agresividad verbal sube de tono, puede sentirse moralmente herida.

Comprendo que el período electoral anda siempre revestido de exa­geración. Lo visceral prima por encima del razonamiento. Pero esto tiene también su límite.

Nuestro período de propaganda electoral se me antoja al espectá­culo de un circo romano. Los candidatos actúan a manera de gladiadores. Lo que más parece importarles es herir mortalmente al adversario. Mien­tras tanto, una buena parte del público, sentado emotivamente en las gradas del circo de la piel de toro, tan propenso a agrietarse por los inten­tos de golpes de estado, por el paro, por la fuga de los capitales, por la incultura, por la pérdida de valores transcendentes..., vocifera ante la san­gre vertida en la palestra.

Todo un espectáculo querido Valerio.

Hay quien dice que este es el precio de la democracia, y que estas son sus normas de juego. Que el período electoral es semejante en todas las naciones libres que optaron por el sistema democrático. Pero, ¿son precios y reglas de juego invariables? ¿No se podría revisar la factura y el reglamento para rebajar la primera y mejorar el segundo?

Opino, querido Valerio, que los candidatos a las Cámaras legislati­vas deberían ser ciudadanos intachables y creativos a la vez. Deberían ser nuestros maestros en la convivencia nacional. Nuestros mejores educa­dores cívicos. Pero por el espectáculo de agresividad personal que están dando, no parece que tengamos buenos pedagogos.

La agresividad contra la persona del adversario político, querido Valerio, me parece un arma débil. Es un recurso cobarde. Además, la agresividad, aunque sea verbal, es violenta. Y la violencia siempre es mala. Por tanto no es humana, ni tampoco puede ser, consecuentemente, cris­tiana. ¡Y pensar que también la esgrimen los que dicen que su partido se basa en el humanismo cristiano! No lo entiendo, querido Valerio.

No pido a los candidatos que comiencen sus mítines con letanías piadosas. Tampoco les pido que se expresen con la dulzura de Santa Te­resa del Niño Jesús o la sobriedad de los Padres de la Iglesia. Me conten­taría que demuestren su amor a la democracia y que con su manera de hablar y actuar nos ayuden a convivir, respetándonos. Durante el perío­do electoral, alucinados por el triunfo, parecen olvidarse de todo esto.

La agresividad verbal contra el adversario (admito la crítica al siste­ma contrario) nunca facilitará la unión de los españoles.

Terminando, Valerio, yo pediría a los candidatos:

. objetividad sin demagogias . verdad sin disimulos

. claridad sin ambigüedades . esperanza sin concesiones . invitación a colaborar sin promesas fáciles.

Y a ti, Valerio, a mí y a todos pediría:

. más reflexión, que entusiasmo . más comprensión, que intransigencia . más disponibilidad, que cómoda evasión . más ilusión, que pesimismo . más interés por el bien común, que ventajas para mi grupo.

Me dirás, Valerio, que es una utopía. No importa. Dicen que la utopía es el imán que hace avanzar a la humanidad.

Un abrazo,

Málaga, Octubre de 1982. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais