«Sin privilegios, pero con libertad»

Publicado: 03/08/2012: 495

IX Carta a Valerio

Querido Valerio:

En tu última carta me dices que las actuales fuerzas políticas están decapitando la hegemonía de la Iglesia.

Quisiera saber qué entiendes tú por hegemonía, y dónde y en qué medida la haya podido ejercer la Iglesia. En el caso de haberse dado de una manera excluyente en el campo de la política, de la cultura y aun de la religiosidad, entonces acepto y aplaudo la decisión de quien sea. Al fin y al cabo se nos ayudaría a recuperar nuestra identidad. Pero tengo mis serias dudas en aceptar tu aseveración.

Derecho a subsistir

Mi temor, querido Valerio, está en saber si los que hoy tienen en sus manos el poder político intentan honestamente liberar a la sociedad de cualquier hegemonía opresiva o, por el contrario, de una manera in­tencionada o no, lo que buscan es situar su propia ideología sobre el pe­destal del dominio, sin compartirlo con ninguna otra. Si esto fuera cierto, lo sentiría no tanto por la Iglesia que jamás debe ejercer una hegemonía excluyente, sino por las otras alternativas políticas que, dentro de unas leyes democráticas, también tienen derecho a existir.

Me has repetido con insistencia que la Iglesia no debe tener privile­gios. Estamos de acuerdo. Ahora bien, entre el no concederle privilegios y el negarle «el pan y la sal» para subsistir y llevar a cabo su propia y específica misión, media un abismo, Valerio.

A la Iglesia se la daña tanto cuando se la viste de privilegios, como cuando se la despoja de la libertad. La perjudica tanto una alfombra de facilidades en su camino, como las zancadillas disimuladas.

¿Manipulación?

Por lo que veo, escucho y leo, tengo la impresión de que ciertos partidos políticos han recibido la consigna de facilitar a la Iglesia todo aquello que tiene de expresión religiosa popular como son las procesio­nes, las romerías, las fiestas...; pero, por otra parte, se les adiestra para «aserruchar el piso» de los principios éticos que emanan de la fe que profesan los cristianos.

Todo esto engendra una sospecha: se pretende conservar la fachada de una institución con el fin de ganarse popularidad, que es lo mismo que decir asegurarse unos votos en tiempo de elecciones; pero, al mismo tiempo, se pretende destruir la parte interior del edificio y aun socavar sus fundamentos. Quieren terminar, tarde o temprano con edificio y fa­chada. Y en caso de conservar esta última sólo sería con la intención de mantener un hecho folklórico que entretuviera a los ciudadanos, como otro cualquier elemento lúdico.

¡Fuera curas y monjas!

Lo que decía tu hermana religiosa, (tan distante de ti en plantea­mientos políticos, pero tan cercana en sinceridad y honestidad) me ha hecho pensar. Me refiero a lo que la Administración está llevando a cabo al rescindir los contratos que ciertas instituciones estatales tenían con determinadas Congregaciones Religiosas. Eso sí, conservarán a los reli­giosos o religiosas en sus puestos de trabajo, pero como individuos. Se les quita la dirección o cualquier otra responsabilidad importante y pasan dichos cargos a militantes o simpatizantes del partido. Así, en algunos años más, habrán logrado suprimir toda presencia católica «oficial» en dichas instituciones. Alguien dice que es ésta la misma filosofía que subyace en la discutida Ley de la LODE.

Mira, Valerio, la Iglesia no debe tener celos de nadie, ni creer que ella ofrece unos servicios sociales mejores que otras personas o institucio­nes.

Recuerda que más de una vez te he dicho que la Iglesia en el mun­do ha suplido aquellos servicios que la sociedad no estaba todavía prepa­rada para ofrecer o simplemente no le interesaban. Cuando ésta pueda hacerlos, la Iglesia jamás tendrá inconveniente en entregárselos. Claro, mientras los nuevos responsables lo hagan de una manera competente y sin ánimo de imponer su propia ideología.

Y en esto tengo mis razones fundadas para sospechar. Parece ser que en alguna institución educativa del Estado, después de haber despe­dido a las religiosas, se ha sustituido la catequesis cristiana por un «adoctrinamiento materialista»; con una vergonzosa desventaja: mien­tras la primera era querida y pedida por los padres, lo segundo, de ser conocido, sería rechazado enérgicamente. Pero los padres de los niños no lo saben o se les «dora la píldora».

Los votos y la realidad social

Los estados democráticos funcionan a través de partidos políticos diferentes que ofrecen a los ciudadanos diversas alternativas de servicios; alternativas distintas y opuestas, presentadas por cada partido como las mejores.

Pero cuando un determinado grupo ha escalado el poder, tiene la tentación de aprovecharse de su oportunidad, más para afianzarse que para servir. Y lo hacen apoyados en los votos que la mayoría de los ciuda­danos les concedió, es decir, en la legitimidad democrática.

No olvidemos sin embargo, querido Valerio, que lo legítimo a ve­ces no corresponde ni a lo real ni a lo justo.

Cuando, hace unos años, nuestro país estaba gobernado por otras fuerzas políticas que hacían y deshacían a su criterio, sus líderes apoya­ban las decisiones del partido diciendo que tenían el respaldo de la mayo­ría de los españoles.

Lo que los partidos dominantes parecen olvidar es que el respaldo justo del voto es muy relativo. Recuerdo que, por aquel entonces, salió un estudio que demostraba que sólo el 15% de los que habían votado a favor de aquellas fuerzas políticas conocían el programa de las mismas. El 85% restante no lo había visto ni siquiera por los forros. Ya sabes, que­rido Valerio, que por lo general el español lee poco y reflexiona menos; y que su voto es más visceral que reflexivo.

Partidos honestos

Creo que cuando un partido tiene la mayoría en las Cámaras, no debería olvidar este hecho; y, por consiguiente, sus decisiones políticas y administrativas deberían tener en cuenta la realidad social, que no siem­pre corresponde al resultado de las urnas.

Este es el precio, a veces bastante elevado, que se debe pagar por la democracia; precio que yo pagaría una y mil veces hasta que no se llegue a encontrar un mejor sistema social de convivencia. Porque prefiero te­ner las manos manchadas, a que me las corten para que no se me man­chen.

La estrategia del aprovechamiento es el pecado en el que puede caer todo partido de ayer, de hoy y de mañana, cuando llega al poder. Quizás «pasado mañana» seamos todos un poco más civilizados y enten­damos a los partidos no como un pequeño dios al que se debe mantener sobre el pedestal del poder de una manera inconmovible, cueste lo que cueste, sino como un servicio a las personas, aunque esto significara su propia erosión o desaparición.

Lo que importa, querido Valerio, es la persona. Sus deberes y sus derechos. El partido que no intente servirla, se equivoca; y tarde o tem­prano pagará el tributo de su egoísmo con el precio de su propia desinte­gración.

Seguiremos sirviendo

Por otra parte, amigo Valerio, a nosotros (y me refiero a los cristia­nos) nunca nos faltarán grupos sociales a los que ofrecer nuestros servi­cios. Porque, por una parte, jamás se dará una sociedad tan perfecta que pueda cubrir todas las necesidades reales del ser humano; y, por otra, la Iglesia deberá seguir recordando al hombre su dimensión trascendente a la que, se quiera o no, jamás podrá renunciar.

La presencia de la Iglesia en la sociedad debe realizarse donde ésta no llegue o llegue mal. Siempre habrá espacios vacíos que cubrir y es­tructuras sociales mejorables. Allí deberemos estar los cristianos.

Podrán echarnos de los hospitales, de los colegios, de los centros de educación especial, de las universidades...; pero nadie podrá arrebatar­nos jamás la posibilidad de amar y servir a los que ocupan los últimos lugares en la sociedad, o de señalar con el testimonio y la palabra las estructuras sociales que no funcionan o funcionan mal.

El Espíritu Santo es veloz como el viento y purificador como elfuego. Si los cristianos somos dóciles, decididos y arriesgados, Él conti­nuará indicándonos cuál debe ser el lugar y el talante de nuestros servi­cios.

Somos hijos de la luz

En circunstancias difíciles sobran nervios y falta paciencia; el diálo­go es mejor que la acusación.

Una simple ojeada a la historia de la Iglesia en los dos últimos milenios de la humanidad viene a confirmar que los cristianos, como Iglesia, salimos fortalecidos después de haber cruzado los páramos de dificultades; si no, tiempo al tiempo, querido Valerio.

Se trata de comprender y de aceptar la pedagogía de Dios, tan per­fectamente expresada en aquellas palabras de Jesús: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto».

Preveo un futuro primaveral para la Iglesia en España. Una Iglesia libre de privilegios inmerecidos e innecesarios, y apoyada sólo en la fuer­za moral y en la competencia de sus miembros en el servicio a los demás; unos cristianos cuya presencia actúe a manera de lubricante que facilite un mayor y mejor funcionamiento del engranaje social; una presencia que sea capaz de crear nuevas piezas para que la máquina de los servicios jamás aplaste a la persona, sino que la haga más perfecta y la sitúe en una plataforma de lanzamiento hacia un futuro que para nosotros terminará en la plenitud de la vida, es decir Dios.

La Iglesia del segundo milenio será muy diferente de la del prime­ro; pero siempre progresivamente más fiel al Señor de la historia a través de la cual, y a pesar de sus errores, continúa siendo manifestación de un Dios que, haciéndose hombre, se lo ha jugado todo a favor de los hom­bres.

Parece, querido Valerio, que en poco tiempo se han cambiado los papeles. Antes, erais vosotros los obligados a desenvolveros en los labe­rintos catacumbales. Ahora, queréis meter a los cristianos en ellos. Sólo hay una notable diferencia: mientras que algunos de nosotros os ayuda­ron a salir a la plena luz de la libertad, ahora vosotros queréis condenar­nos «elegante y democráticamente» a las tinieblas del silencio y de la inoperancia.

Pero no olvides, Valerio que, aunque quizás menos listos, nosotros somos hijos de la luz. Tendemos y llegaremos a ella.

Cordialmente,

Málaga, Enero de 1984. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais